Oración inicial - Leemos - Meditamos - Oramos

Espíritu de Dios,
Padre amoroso del pobre,
ven a mí y fecunda mi vida,
¡enriquécela con tu presencia!
Una vez más acudo a ti,
un día más suplico tu venida
que renueve mi existencia
y
la haga fértil, rica de tus hermosos frutos.
Dador inmenso y espléndido
que con tus dones desbordas a los que acuden a ti.
¡No ceses de derramarte en mi corazón
para que viva
y no me instale en la mediocridad!
¡Ilumina mi mente
para que acoja como nueva
tu Palabra de vida abundante!
¡Mueve mis entrañas
para que me levante
y en pie, corra tras tus huellas vivificadoras!
¡Entra y sedúceme, espíritu unificador!
¡Ven en ayuda de mi debilidad
para que con tu gracia
sólo
construya Reino de Dios!
Espíritu de Dios,
Espíritu de Jesús,
Espíritu del único y verdadero Reino,
que yo te conozca un poco más
a través de la Palabra
y se renueven,
como gacela que camina por las alturas,
mis fuerzas de discípul@ enamorad@.
Mateo 13,24-43
24
En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente:
-El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su
campo; pero, mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en
medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga
apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
-Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?
El les dijo:
-Un enemigo lo ha hecho.
Los criados le preguntaron:
-¿Quieres que vayamos a arrancarla?
Pero
él les respondió:
-No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la
siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores:
-Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.
Les
propuso esta otra parábola:
El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su
huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta
que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los
pájaros a anidar en sus ramas.
Les
dijo otra parábola:
El Reino de los Cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres
medidas de harina y basta para que todo fermente.
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía
nada. Así se cumplió el oráculo del profeta:«Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a
decirle:
-Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.
El les contestó:
-El
que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la
buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del
Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del
tiempo, y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el
Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los
corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el
llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en
el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.
Orientaciones para la lectura
vv.24-30
La parábola del trigo y la cizaña pone de manifiesto que el Reino está ya presente con la germinación de la semilla caída en tierra buena, que el reino está abierto a todos, lo mismo que Dios envía la lluvia y el sol sobre buenos y malos (5,45), de manera que todos tienen la oportunidad de germinar y dar fruto bueno.
El dueño simboliza a Dios, y los siervos a los fieles. La coexistencia de la mala hierba y el trigo representa a veces en parábolas judías la vecindad de las naciones e Israel. La siega es símil frecuente del juicio; el “arrancar” también lo es en la tradición.
El
mensaje de Jesús suscitó animosidad en Israel. Pero no hay que precipitar la
eliminación de la parte de Israel adversaria de Jesús; eso lo hará el juicio
de Dios. Pero Mateo probablemente se está refiriendo también a la comunidad
cristiana y está habando de la aparición
del mal en ella. Aquí residiría la intención última de Mateo.
vv. 31-32
La
semilla de mostaza tiene una proverbial pequeñez: la de la mostaza negra no
supera el milímetro de diámetro. La planta, en cambio, llega a medir los tres
metros de altura y, sin ser un árbol grande, se encuentra entre las mayores
hortalizas (v. 32). Es un tanto extraño que alguien siembre “un” grano de
mostaza en su campo; Mateo señala expresamente, como Marcos, la diferencia de
tamaño entre la semilla y la planta desarrollada. He aquí la peculiaridad
“del” grano de mostaza que es comparado con el reino de Dios. La elección
de la imagen no es caprichosa; no puede servir cualquier semilla en su lugar. El
final de la parábola es hiperbólico: las aves del cielo vienen a posarse en
sus ramas. Ello simboliza la apertura del reino a todos, al tiempo que ofrece
seguridad y protección.
v. 33
La
parábola de la levadura también describe cómo se hará grande el reino, pero
añade a la imagen la naturaleza callada y sin pretensiones de su crecimiento.
El símil de la levadura procede del arte culinario; era utilizada por judíos y
griegos para cocer el pan. Sorprende especialmente la cantidad de harina. Se
trata de la cantidad suficiente para una comida de más de 150 personas o para
un pan de 50 Kg. Lo que importa es que la levadura está oculta en la harina,
pero hace fermentar calladamente una ingente cantidad de harina. Así ocurre con
el reino de Dios: una vez “escondida la levadura”, un proceso incesante
lleva a la plenitud. En esta parábola, la idea de “crecimiento” es más
central que en la del grano de mostaza.
vv. 34-35
Cuando
Jesús acaba de dirigirse a la gente, Mateo reitera que Jesús utiliza las parábolas
para que su mensaje se revele sólo a quienes lo buscan.
v. 36
Jesús
deja la multitud y vuelve con los discípulos a la casa de la que había salido
(13,1). La comprensión ahora no es por revelación sobrenatural sino por la
enseñanza de Jesús, el “único maestro” (cf 23,8). Discipulado significa
“escuela” continuada junto a Jesús: instrucción y escuela de vida.
vv. 37-39
El
sembrador es el Hijo del Hombre. El Jesús terreno es juez del mundo, y tiene en
su mano, no sólo la siembra sino también la recolección, y toda la historia
universal. El Hijo del Hombre es, en Mateo, el Señor del juicio que acompaña a
la comunidad en todo su camino por el abajamiento, la pasión y la resurrección.
El campo de cultivo es el mundo, no la Iglesia. La semilla son aquí los hijos
del Reino, las semillas de cizaña son los “hijos del Malo”. El enemigo es
el diablo, al que Mateo ve actuando en el presente, como en 13,19 desde el
momento de la siembra. Los segadores son los ángeles del juicio, que en el judaísmo
son importantes precisamente en el ámbito de la espera del Hijo del Hombre.
“El fin del mundo”, expresión común en Mateo (13,39.40.49; 24, 3; 28,20)
hace referencia al juicio final del período de crecimiento antes de la
consumación definitiva del Reino.
vv.40-41
Al final de los tiempos el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, como en 24,31. Pero si aquí lo decisivo es la reunión de los elegidos en nuestra perícopa lo importante es la aniquilación de los malos, que son los que no perseveran en la ley bíblica, que culmina en el mandamiento del amor. Como en 7,15-23, la praxis y no la recta doctrina es, para Mateo, el punto que lo decide todo en el juicio.
El
“reino del Hijo del hombre” es el mundo. A diferencia de 16,28; 20,20 ese
Reino no es aquí algo que sólo llegue con la parusía, sino que existe ya en
el mundo. Es la soberanía que el Exaltado ejerce sobre cielo y tierra, y que él
hace visible ahora, principalmente con la predicación y la vida de sus discípulos
(28,16-20). Lo importante para Mateo es que la Iglesia que vive y actúa ahora
en el reino del Hijo del hombre, en el mundo llegue a ser lo que debe ser: una
comunidad de justos que un día brillen en el reino del Padre.
v.42
La promesa a los justos es sucinta. El “reino del Padre” hay que distinguirlo del reino del Hijo del hombre; después de la aniquilación de todos los malos, el reino del Hijo del hombre se trasforma en reino del Padre. Mateo finaliza la explicación con su conocida frase de advertencia: ¡Lo que Jesús declara, afecta directamente a la vida de los discípulos!
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