Jesús sigue proponiendo parábolas para mostrar su doctrina de vida, para darnos a conocer los misterios del Reino, para que nos quede bien claro el sencillo modo de proceder del Dios Padre-Madre. Realmente es sencillo, lo es, por eso sorprende respecto al estilo humano precipitado y “juicioso”, no responde a nuestros esquemas. Su sencillez siempre nos sorprende.
“Un hombre sembró buena semilla... pero cuando produjo fruto apareció también
la cizaña” (24-26). La buena semilla está sembrada en el campo del mundo
porque así sucede en cada ser humano, en cada criatura, comunidad, realidad
social y vital... Pero también es verdad, como dice la sabiduría popular, que
“no somos trigo limpio”. La realidad humana está dañada por la presencia
del mal, como lo está nuestro mundo y no podemos ser ingenuos e ignorarlo. Lo
cual no significa dejarnos llevar por una visión negativa y desconfiada, por
sistema, hacia todo y hacia todos.
Como cristianos hemos de ser personas responsables que tienen en cuenta los efectos del mal en nuestra propia vida, así como en los dinamismos sociales y en las estructuras del mundo en que vivimos. No podemos eludir nuestra mayor o menor implicación con el mal en nosotros mismos, ni en los entornos en que nos movemos e incluso en las macroestrucuturas de pecado creadas. No podemos lavarnos las manos, porque a Dios mismo no le es indiferente toda la maldad y los numerosos efectos que ejerce sobre sus criaturas, generalmente en los más indefensos. ¿Qué formas adopta en mi existencia el mal?, ¿cómo y cuando participo yo de las estructuras injustas?,¿de qué modo colaboro injustamente con mi entorno más cercano? Hasta aquí encontramos una profunda invitación a la lucidez por parte de esta Palabra.
“Entonces fueron los criados a decirle al amo: `Señor, ¿no sembraste buena
semilla en tu campo?´” (v. 27a). Importante pregunta que estamos
invitados a responder cada uno sin dejarnos envolver por el malestar de la
presencia de la cizaña. ¿Acaso, Señor, no sembraste buena semilla en mí? ¿Y
cómo no verla en mis hermanos? ¡Y qué abundante es el trigo de mi comunidad!
¡No cerremos los ojos al que hay
enormemente plantado en esta sociedad de hoy en la que me corresponde vivir! ¡Cuantísimas
hermosas espigas en la humanidad! Sé que se esconde y a veces me cuesta
verlo.
Es preciso descubrir el propio trigo, el que hay en mi persona, mi vida, mi historia, mi familia, la humanidad entera. ¡Es urgente disfrutar de la bondad y la riqueza de mi propia existencia!
Pero también me corresponde descifrar el trigo de los que a simple vista me parecen cizaña porque o los considero adversarios o simplemente no me dan la razón.
¡Arriba
el trigo! ¡Cuidadlo, mimadlo! ¡Que todos disfruten de nuestras hermosas
espigas! ¡Que crezca la semilla sembrada y dé el cuarenta, el noventa, el
doscientos por cien!
“Los criados le preguntaron:`¿Quieres que vayamos a arrancar la cizaña?´”.
Ellos preguntaron. ¡Qué fácil es y qué lógico nos parece querer acabar con
lo que no se adecua a nuestro parecer o no concuerda con el modo de entender
nosotros la vida. Juzgamos que lo distinto no vale, no sirve... Nuestra ira y
las prisas nos pierden tantas veces...
“Pero él les respondió: `No, que podríais arrancar también el trigo.
Dejadlos crecer juntos hasta la siega´” (vv. 29-30) Dios lo tiene muy
claro. Me gusta su “No” rotundo, convencido. Porque nos conoce, porque sabe
realmente cómo somos y lo que ha depositado en nuestro campo, prefiere esperar.
¿Cuándo asimilaremos el modo de proceder de Dios? Ya nos dijo San Pedro que la
paciencia de Dios nos salva (cf. 2 Pe
3,15). Y antes nos advirtió Jesús: “No juzguéis para que no seáis
juzgados” (Mt 7,1), enseñanza que recoge el apóstol más detalladamente:
“No juzguéis antes de tiempo. Dejad que venga el Señor. El iluminará lo
que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón:
entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios” (I Cor 4,5), “porque
nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue
a saberse. No tengáis miedo.” (Mt 10,26).
¿Quién soy yo para juzgar al prójimo? (cfr. St 4,12).
Dios que confía en todo lo bueno de sus criaturas porque nos ha creado y “vio que todo estaba muy bien” (Gn 1,31) es “misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en piedad” (cfr. Sl 85,15). ¿Porqué no acoger la exhortación de Santiago a imitar el estilo de Dios: “Sed todos prontos para escuchar, lentos para hablar y tardos para la ira. Porque la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere” (St 1, 19-20)?
“Dejadlos crecer juntos” (v. 30). ¡Cuánto confía Dios en el ser
humano y cuántas son las posibilidades
de éste! Nunca tiene prisa con sus criaturas y siempre podemos volver a
empezar. “El poder y la soberanía de Dios le hacen perdonar a todos. Tú,
poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran
indulgencia” (cfr. Sab 12,16-18), dice la primera lectura de hoy.
Con su modo de obrar, Dios nos enseña a ser justos, a ser humanos, a tener siempre en cuenta su bondad a la hora de juzgar y a esperar en su misericordia al ser juzgados. El poder de Dios se manifiesta en su perdón y su infinita misericordia, que no deja de derramar incesantemente sobre nuestras existencias. “El Señor que siempre espera para apiadarse y aguanta para compadecerse porque es un Dios recto” (Is. 30,18) alberga la esperanza de nuestra conversión a una verdadera caridad, hacia un corazón compasivo como el suyo. Esta es la perfección en Mateo, tener un corazón como el de Dios Padre-Madre que hace llover sobre el trigo y la cizaña permitiendo que crezcan juntos sin dejarse llevar por arrebatos de cólera.
Y si para Mateo la aspiración es a ser perfectos como el Padre, Lucas invita a ser compasivos, lo que indica que la perfección del Padre- Madre, su autoridad y soberanía son su compasión, y sólo un corazón compasivo y entrañable puede asemejarnos con nuestro Dios.
Si
nos dejamos inundar y contagiar por la mirada de Dios sobre nosotros nos
resultará más fácil tener paciencia con nuestra propia cizaña para continuar
desarrollando entrañas de misericordia ante toda miseria. A veces, como Pablo,
quisiéramos que nuestras espinas y malas hierbas desaparecieran, que Dios las
arrancara... pero, como a él, también nos susurra
al corazón: “Te basta mi gracia” (2 Cor 12,9). Sin duda, se
acrecentará nuestra comprensión hacia los otros si dejamos que Dios nos mire,
quien nos ve siempre “recién resucitados, plenos en la plenitud del
Hijo” como proclama el himno litúrgico.
¡Esforcémonos
por descubrir la buena semilla que el Creador ha depositado en toda su obra!
Contemplemos y aprendamos del corazón de nuestro Dios que “se
compadece de todos porque todo lo puede, cierra
los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan, ama a todos los
seres y
no odia nada de lo que ha hecho” (cfr.
Sb 11,23-24a).
Sin duda que toda la bondad y belleza de nuestras vidas son grano de mostaza que el Señor ha escondido en el jardín de su creación y levadura que haga crecer y fermentar la humanidad. No se cansaba Jesús de anunciar que el Reino estaba cerca (cfr. Mt 10,7) pero nosotros, sus discípulos, no podemos sino gritar que ya está presente. Sí, el Reino “está cerca de ti, lo tienes en tus labios y en tu corazón” (cfr. Rm 10,18b). Dios habita en nuestro mundo por su Espíritu. Dios impregna de su presencia la creación. La encarnación continúa en nuestra historia actual, personal, comunitaria, familiar... de la creación entera.
Quizás sintamos, e incluso nos pese (tentados porque todo ha de ser vistoso en nuestro mundo), que la levadura está muy escondida pero el Reino de Dios estalla ya en nuestro mundo; está presente en numerosos gestos de vida, de entrega, de verdad, de lucha por la justicia, de búsqueda de honestidad y lealtad, de relaciones más fraternas... No esperemos que el Reino deslumbre a nuestra sociedad, no lo hará. Ni el grano de mostaza ni la pizca de levadura son aparentemente sorprendentes pero la fuerza de la Vida, Dios, los hace fecundos. No busquemos que el mundo nos aplauda. Anhelemos sólo que Dios nos siga concediendo la fuerza del Resucitado para hacer presente su Reino, y en nuestro corazón anidará la verdadera alegría.
No tengamos miedo, el Señor está en medio de nosotros, en nosotros, haciendo crecer su Reino. “El se goza y se complace, nos ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta” (Sof 3, 17-18) pues, como decía Juliana de Norwich:
“
a pesar de nuestra vida insensata
y
de nuestra ceguera en esta tierra,
nuestro
Señor nos mira siempre regocijándose en su obra”
Una mirada lúcida y paciente

Señor de la siembra abundante,
Señor de las ricas y variadas semillas
escondidas en el terreno
de nuestra frágil humanidad,
tú has sido felizmente generoso
con cada criatura,
has esparcido tus granos
en los más recónditos rincones de tu obra.
Y nada se libra de tu calor
para que puedan granar las espigas.
Pero en nuestros campos,
Señor de la buena semilla,
ha germinado también la cizaña,
el mal ha despuntado con sus brotes
y ha oscurecido la belleza de la cosecha.
Sin embargo, tú, con tu infinita paciencia, nos salvas.
Tu mirar, Señor, es Amor.
Por ello te pido la gracia de una mirada gozosa
y misericordiosa sobre mi existencia
y sobre las vidas ajenas;
en particular una mirada serena
hacia aquellos que más me cuesta disculpar y comprender.
Dame vivir en paz con mi trigo y mi cizaña.
Dame el precioso don del discernimiento
para que distinga las malas hierbas de mi vida,
para que mire de frente el mal que habita en mí
y lo rechace sin desesperarme;
y cultive las simientes que sembraste en mí
y despunten a borbotones
las espigas de lo bueno, lo bello, lo verdadero, lo honesto.
Sí, concédeme una mirada lúcida y paciente,
como la tuya, Dios Padre y Madre.
Si tú, oh Dios, no condenas,
¿cómo voy a perder yo la calma?
Si tú esperas siempre,
¿no voy a confiar yo en mis hermanos?
Danos observar más allá,
y que la cizaña no nos impida contemplar
el trigo presente en los hermanos y en cada realidad.
He aprendido también que el Reino
no brilla como los letreros luminosos
ni atrae como los ídolos,
ni destaca por el lujo o la excentricidad.
El Reino crece silencioso,
pero desbordante y sorprendentemente.
Por eso, anhelo captar lo más hondo,
lo que se esconde en lo más cotidiano,
allí donde estás tú.
Danos ojos de fe para percibir los numerosos signos
de la presencia de tu Reino,
pues aunque no deslumbran
yo sé que el dedo de Dios ya está aquí.
Señor de la siembra y la cosecha,
Señor de la historia y del verdadero Reino,
concédenos que con nuestra mirada fija en ti
seamos semilla, mostaza, levadura...
Y que gozando de tu hermoso rostro
podamos danzar y cantar el día de la definitiva recolección. AMÉN.
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Mª del Pilar Casarrubios Lucas, pddm (España)