1. Contempla a Jesús, a Pedro y a los otros discípulos y pregúntate:
a) Cuando la gente que me rodea me adula o pretende "ensalzarme" por un trabajo bien hecho, ¿me instalo en la autosatisfacción y el orgullo o reconozco con verdad que he hecho lo que tenía que hacer, únicamente lo que el Padre quiere que haga? ¿Soy consciente de que no actúo yo, sino la gracia de Dios conmigo?
b) ¿Cómo es mi relación con Dios? ¿Cómo es la calidad de mi oración? ¿Qué espacios reservo para Él diariamente?
c) Ante las experiencias que amenazan mi vida, ¿respondo con miedo, rabia o resentimiento, o creo que Dios está conmigo para tenderme la mano y sacarme de cualquier abismo?
d) ¿Has experimentado en algún momento de tu vida cómo la fe vence el miedo?
2. Te propongo que leas y medites el precioso comentario de Karl Barth al evangelio de hoy:
Pedro se hunde, pero no por ello se hunde Jesucristo. Y mientras Jesús no se hunda, tampoco podrá Pedro hundirse del todo, siempre y cuando no olvide esta única cosa: que en ese momento debe confiar total y absolutamente en Jesús. Sí, aun cuando los cristianos, los elegidos de Dios, fracasen, a pesar de ello seguirán siendo los «llamados», y su servicio sigue en pie, lo mismo que sigue en pie su misión. Los mayores siervos de Dios han sido la vergüenza de Dios. Pero no por ello los ha abandonado Dios ni a ellos ni a los suyos. Si somos infieles, el permanece fiel; sólo es necesaria una cosa: que pensemos en ello y que, cuando seamos ya incapaces de salir del paso, gritemos y le digamos de corazón: «¡Señor, ayúdame!». La existencia misma de esta posibilidad, de esta llamada desde lo hondo del apuro -llamada que en realidad no denota más que la misericordia de Dios-, nos lleva a tener que hacer uso de ella. Pues hay que regresar de la prisa a la espera para allí ser fortalecidos para nuevos hechos. Porque, sin duda, para eso permite Jesucristo que los suyos flaqueen, para que se fortalezcan aún más.
«Lo asió de la mano». Este acto de asir es el fortalecimiento más espléndido que cabe pensar. Así lo considera siempre el débil. Y este débil es entonces más fuerte que el más fuerte de este mundo. ¡Ojalá estemos dispuestos a aprender a dirigir toda nuestra confianza a esto: “Ciertamente, tú eres el Hijo de Dios, tú y sólo tú eres nuestro salvador!”.
1. Repite suave y lentamente, como una jaculatoria, la oración de Jesús. Hazte consciente de tu petición: "Señor Jesucristo, Hijo de David, ten misericordia de mí".
Ora por ti y por los tuyos, y acuérdate de la barca "zarandeada" y "torturada" de nuestro mundo: asesinatos sin fin, violencia en las familias, falta de respeto en la convivencia, catástrofes ecológicas provocadas...: "Señor Jesucristo, Hijo de David, ten misericordia de nosotros".
2. Oración de un corazón confiado (Tomas Merton)
Dios, Señor mío, no tengo idea de adónde voy.
No veo el camino ante mí.
No puedo saber con certeza dónde terminará.
Tampoco me conozco realmente,
y el hecho de pensar que estoy siguiendo tu voluntad
no significa que en realidad lo esté haciendo.
Pero creo que el deseo de agradarte, de hecho, te agrada.
Y espero tener ese deseo en todo lo que hago.
Espero que nunca haré algo apartado de ese deseo.
Y sé que, si hago eso, me llevarás por el camino correcto,
aunque yo no lo sepa.
Por lo tanto, siempre confiaré en ti,
aunque parezca estar perdido y a la sombra de la muerte.
No tendré temor, pues estás siempre conmigo
y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros.
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Mª Concepción López, pddm (España)