1. Lee otra vez el relato de
la curación de la hija de una cananea. Fíjate en las personas de Jesús,
de los discípulos, de la mujer cananea. Apunta las palabras o frases que te
pueden atraer: mujer, cananea, paganos, “enviados a las ovejas perdidas de la
casa de Israel”, “vino a postrarse ante él”, “Señor”, pan,
migajas... ¿Qué te pueden decir esas palabras o frases? Quédate en silencio y
mientras saboreas los sentidos que tienen para ti, en este momento, estos
personajes, palabras o frases, di en tu interior con la mujer cananea: “¡Ten
piedad de mí, Señor, hijo de David!”
2. Te pueden ayudar a reflexionar más profundamente
las siguientes preguntas:
¿Quiénes
son los “paganos” que rechazo hoy o son rechazados por la comunidad a la que
pertenezco? Si no son rechazados, ¿quiénes son los que necesitan más mi
atención o cuidado? ¿Cuántas veces pido por ellos a Dios, de la misma manera
que la mujer cananea pidió por la curación de su hija?
Jesús
sabía que tenía que atender primero a la comunidad de los judíos. Pero ofreció
también el “pan” de su reino a los paganos, a los que son rechazados por
los judíos. ¿Cómo realizo la misión que creo que Dios me ha encomendado? ¿Me
limito a los que creo que soy enviado? ¿O también veo las necesidades de los
demás, sobre todo de los que son rechazados, débiles e incapacitados?
¿Cómo
está mi fe en Dios? ¿Cuánto confío en Aquel que me puede “curar” todo
tipo de “enfermedad”? ¿Cuánto confío en El que me ha enviado a curar
también a los demás y a hacer llegar la presencia de su Reino?
La
mujer cananea pidió por la curación de su hija. ¿Para quién o quiénes pedirías
en este momento? ¿Quiénes son las personas a quienes de verdad amas y cuya
“curación” sentirías como propia?
3. Ponte otra vez en silencio y di continuamente: “¡Señor, misericordia de mí!”. Espera en silencio, con fe, con confianza en el Maestro que cura, que perdona, que ama, que hace llegar la presencia del Reino de Dios a todos los pueblos y a cada rincón de nuestro mundo.
¡Señor, ten piedad de mí!
Perdona mi falta de fe,
mi incomprensión e insensibilidad
hacia los signos de la llegada de tu Reino.
Perdóname por las ocasiones
en que no he sido capaz de echar una mano,
de “curar” a los necesitados,
de dar “pan” a los “hambrientos”,
ni “migajas” a los que están a mi lado.
Aumenta mi fe, Señor.
En medio de las dificultades, que te busque sólo a
Ti, Señor.
En medio de los sufrimientos, que anhele sólo tu
presencia.
En medio de mis debilidades y limitaciones,
que seas mi fuerza, mi luz y consuelo.
Envíame, Señor,
a los que necesitan tu “curación”,
a quienes carecen del “pan” de la vida,
a quienes están heridos
de rechazo, de fracaso o de muerte.
Te lo ofrezco todo, Señor.
Crea en mí un corazón nuevo
para que pueda realizar tus obras
con mis manos sucias e impuras,
con mi persona, frágil como el barro,
pero llena del amor y el gozo
que vienen de tu infinita misericordia.
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Cecilia Payawal, pddm (Filipinas)