Igual que los Santos Pedro y Pablo y el resto de los apóstoles, nuestro discipulado y misión consiguiente está edificada sobre nuestra relación personal con Jesucristo. La mayoría de nosotros, cristianos de esta generación, hemos conocido a Jesús “de oídas.” Nos hemos bautizado y hecho cristianos porque literalmente otro lo ha pedido por nosotros. Hasta entonces nuestra fe es fruto de la fe de otros, de algunos miembros señalados de nuestra familia, la más cercana y la ampliada. Pero en un determinado momento de la vida, Jesús nos sale personalmente al encuentro y nos reta a responder a esta pregunta muy personal: “¿Quién soy yo para ti?” ¿Cómo respondemos a este requerimiento? Esta pregunta de fe es de primera y máxima importancia. Conocer bien cómo contestarla proporciona una visión clara y una misión en la vida, ciertamente no sin dificultades y sacrificios.
Para San Pedro (antes Simón), el encuentro con Jesús llegó tardíamente, una vez establecido. Pescador de profesión, con esposa y familia, Pedro se encontró con Jesús en la orilla de mar (ver Mc 1, 16-18; Lc 5, 1-11) y este encuentro cambió el curso de su vida.
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San
Pablo (antes Saulo) encontró a Jesús de un modo muy diferente. Era todavía
joven, y ya comprometido ardientemente con las preguntas de la fe. De hecho pudo
considerársele un líder religioso de su tiempo (ver su confesión personal en
Gál 1, 11-15). Pero Jesús resucitado le buscó hasta el final. El Señor se
manifestó a Pablo en medio de una luz cegadora, camino de Damasco, mientras
perseguía fieramente a los seguidores de Cristo (ver Hch 9, 1-9 y par. En Hch
22 y 26). En aquella encrucijada, se abrieron los ojos de Pablo a la verdadera
identidad de Jesús. Como consecuencia, fue descubriendo gradualmente su misión
en la vida y, con la fuerza del mismo Espíritu de Cristo, la cumplió hasta el
final, es decir, hasta llegar al martirio.
“¿Quién
dices tú que soy yo?”
es una pregunta personal que resuena a través de los tiempos. Lo mismo que la
hizo Jesús a Pedro y Pablo durante su vida concreta, el Señor crucificado y
resucitado continúa haciéndola a cada uno de nosotros. Nos reta y nos invita a
una vida de riesgo que, desde la fe, hace una propuesta de fe y, desde el valor,
al valor.
Un testigo del día de hoy del valor poderoso y transformador del conocimiento y seguimiento de Cristo, no es otro que el Papa Juan Pablo II. Sigue las huellas de los Santos Pedro y Pablo al practicar su ministerio de cabeza de la Iglesia Católica. Intrépido seguidor de Jesús Maestro y Pastor, da testimonio al mundo entero de cómo, incluso en la debilidad física humana, pero lleno del poder de Cristo, se puede ser fuerte para enfrentarse incluso a las superpotencias de nuestro tiempo. Hoy es una ocasión especial para orar fervorosamente por nuestro Papa, para que el Señor continúe llenándole de su sabiduría y fortaleza.
Confesión de San Pablo (Flp 3,7-14)
Pero
todo lo que para mí eran beneficios,
lo
considero pérdida por Cristo Jesús.
Más aún, todo lo considero pérdida,
a causa de lo excelso del conocimiento
de
Cristo Jesús, mi Señor.
Por él he sufrido pérdida de todo,
y
se me considera un desperdicio,
para
tener el beneficio de Cristo y encontrarme en él,
no teniendo mi propia justificación, la de la ley,
sino la que se tiene por la fe de Cristo,
la
justificación de Dios, basada en la fe,
la
de conocerle a él y el poder de su resurrección
y la participación en sus padecimientos,
asemejándome
a su muerte
por si logro alcanzar la resurrección de los muertos.
No
que la haya conseguido ya, o que sea ya perfecto;
Sino que corro detrás por si me hago con ella,
porque
también se hizo conmigo Cristo Jesús.
Hermanos, yo no creo haberme hecho con ella;
pero
sólo hago una cosa:
dando al olvido las cosas de atrás,
me
tenso hacia las de delante,
corro, según el objetivo,
hacia
el trofeo de la llamada de arriba,
la de Dios en Cristo Jesús.
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Gemma Victorino, pddm (Filipinas)
Traductor: D. Luis Chacón