1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

        "Nosotros tenemos la mente de Cristo" (1 Cor 2,16). ¡Quién pudiera decir lo que decía Pablo a la comunidad de Corinto! Pues no hay mayor honra y dicha para un discípulo que la de llegar a ser como su Maestro.

        En el Evangelio de hoy, Pedro está también muy lejos de esa dicha. Tan lejos, que incluso recibe de Jesús el calificativo de Satanás (v.23). Sorprende que precisamente el elegido por el Señor para ser la "piedra" sobre la que edificar su Iglesia resulte ser, ahora, una piedra de tropiezo para Jesús y para el proyecto del Padre. Y es que todos somos muy ambiguos cuando no nos dejamos conducir por el Espíritu. 

 

        En el episodio inmediatamente anterior, Pedro reconoció en el Hijo del hombre al Cristo e Hijo de Dios. Algo que escapaba, al parecer, a una mirada meramente humana. De hecho, la gente tenía a Jesús por profeta (cf. Mt 16,14;21,46). Ni la carne ni la sangre podían reconocer, en la humildad de la carne de Jesús, al Hijo. Sólo el Padre conoce bien al Hijo, y aquel a quien el Padre se lo quiera revelar (cf. Mt 16,17; 11,29). 

        Pero la revelación sobre quién es Jesús no había terminado en el conocido episodio de Cesarea, y por eso Jesús pide silencio a los discípulos sobre su mesianismo. Aún no había madurado el tiempo para que ellos pudieran comprender toda la verdad de Jesús. La condición de siervo sufriente formaba también parte de esa verdad, y Jesús comenzó a declararlo "desde entonces": desde que los discípulos empezaron a intuir su realeza... y a malentenderla.

 

        En el episodio de este domingo, Pedro demuestra que aún no tiene la mente de Cristo. Por eso se apresura a reprenderlo y corregir los pasos de su Maestro, erigiéndose él mismo en su guía, cuando el Maestro anuncia un proyecto contrario a sus expectativas y a su comprensión del mesianismo de Jesús: ¿Cómo va a sufrir y morir el Hijo de Dios? ¿Qué clase de Hijo de hombre es éste que, en lugar de irrumpir entre los hombres como juez poderoso, será un títere vencido en manos de sus enemigos? ¿Dónde está su fuerza y poder?

        Es razonable la reprensión de Pedro a Jesús. Quizá nosotros hubiéramos reaccionado del mismo modo. Pero Jesús responde con energía y autoridad a esa pretensión de Pedro de hacer de guía al único Maestro y Director (cf. Mt 23,8.10):"¡Vete! ¡detrás de mí, Satanás!". Esta frase es traducida generalmente por "¡quítate de mi vista!". Sin embargo, su traducción literal encierra un significado más profundo ya que, a continuación, Jesús se dirige a todos aquellos que quieren seguirle con esa misma expresión: "Si alguno quiere venir detrás de mí. Lo que Jesús le dice a Pedro es que el Maestro es él. Ningún discípulo es mayor que su Maestro. En todo caso, cuando haya terminado su aprendizaje, será como su Maestro. Pero Pedro está aún en el comienzo del camino. Su fe es pequeña y su mentalidad está lejos de la de Dios. Por eso, si quiere seguir a su Señor, ha de ponerse detrás de él, aprender de sus pisadas.

 

        "Si alguno quiere". Seguir a Jesús no es el cumplimiento de un mandato u obligación, sino el abandono en una seducción y la persecución de un deseo.

 

        Un término importante que se repite cuatro veces en el texto es el término "vida". Jesús sabe que el ser humano ansía vivir plenamente, entrar en la vida (cf. Mt 19,16). Por eso, un maestro que pone como premisa para su seguimiento la negación de sí mismo puede resultar muy impopular. Sin embargo, hay una gran paradoja en el estilo de vida que propone Jesús, y es que quien pierda su vida la encontrará. La fidelidad de Dios es la garantía de esa promesa (cf. v.27).

 

        ¿Es este evangelio la justificación de una vida cristiana centrada en la cruz y en el viernes santo? Lo central del evangelio de hoy no es la abnegación y la cruz, sino el seguimiento de Cristo para realizar la voluntad del Padre, cueste lo que cueste. Aunque cueste la cruz. 

        No seguimos a un Maestro que vino a sufrir y a morir en la cruz, sino a un Maestro que vino a salvar lo que estaba perdido y cuya fidelidad a Dios y su amor a los hombres le llevó a someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

 

        "¡Ponte detrás de mí!". Esa es la Palabra que Jesús nos dirige hoy. 

        Podemos tener la certeza de que sus pasos no conducen a la muerte aunque, de momento, no sea nada evidente que es preciso perder para encontrar, morir para resucitar.

 

 

  3. Oramos

 

Objeción de una discípula desconcertada

 

- Señor mío, Maestro mío,

estoy un poco confundida: ¿no es tu Padre un Dios de vivos y no de muertos? ¿No has venido Tú para que tengamos vida y vida abundante? 

        Pues entonces, ¿cómo nos pides ahora, a quienes queremos seguirte, que nos neguemos a nosotros mismos y que perdamos la vida? ¿No es eso descuidar tus dones, Señor, el primero de los cuales es el precioso regalo de la vida? ¿No es ir contra tu mandato de amarnos a nosotros mismos? Realmente no puedo entender tus pensamientos, Señor. ¡No me extraña que tengas tan pocos amigos! 

        Cuando la discípula terminó de verter sus quejas, al fin, quedó en silencio. Entonces llegaron a ella estas palabras: 

- Hermana mía, tienes razón cuando dices que mi Padre y vuestro Padre es un Dios amigo de la Vida. Yo mismo soy un apasionado del mundo y de los hombres y mujeres que Dios ha creado. Muchas veces has oído de mis labios que soy la Vida y la Luz del mundo, y en verdad no deseo otra cosa que vuestra felicidad. 

        Precisamente, por eso, os digo: si queréis seguirme y entrar en la vida, negaos a vosotros mismos cuando algo en vosotros niegue vuestra verdad. Porque en la realización de vuestra verdad más profunda se halla vuestra dicha. No os pido que os neguéis a vosotros, sino que neguéis lo que niega vuestra verdad. 

- ¿Y cuál es esa verdad, Señor? -se apresuró a preguntar la discípula, intrigada y más contrariada aún que al principio a causa de esas enigmáticas palabras. Pero esta vez no llegó respuesta alguna. Sólo, un largo y denso silencio tras el cual, en medio de la noche, la discípula oró así:

 

 

 

 

 

 

 

 

Señor, te he expuesto mis caminos

y tú me has respondido.

Hazme entender, Señor, 

tus caminos,

inclina mi corazón a tus deseos

y dame la gracia de tu voluntad.

 

Que cada día yo ponga mis pies

sobre tus pisadas.

Que se pueda decir de nosotros,

los que queremos seguirte,

que nuestros pensamientos 

son los tuyos,

que tenemos tu mente, Señor,

y que nuestro corazón no alberga

más sentires que los que tú mismo

infundes en él, por don de tu Espíritu. 

Amén.

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)