“Dijo Jesús a sus discípulos...”. ¡Qué alegría encontrar de nuevo al Maestro que quiere seguir enseñando a sus discípulos, a todos sus discípulas y discípulos, y a mí también!
Esta
vez el Reino se parece a un propietario; así es, todo pertenece a
nuestro Padre-Madre Dios, todo es suyo. Somos suyos. Somos su viña, su
campo, su propiedad y somos los jornaleros que en la plaza esperan que alguien
les dé trabajo. Estos jornaleros son los más pobres, los que ni siquiera
tienen una pequeña parcela para cosechar y poder mantener a su familia. Así
somos nosotros, pobres, mendigos de Dios que sólo de Él podemos anhelar que
nos invite a trabajar en su viña. Tal vez otros no se fiarían, pero Él sí
que confía, nos hace capaces y nos encarga un ministerio. (cf.
I Tim 1,12)
Ha salido a buscarme, ha venido a encontrarme y se ha cruzado en mi camino. Mi Creador, al que pertenezco, tiene un plan para mí. Como diría Sta. Teresa: “Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?” En su corazón hay un lugar para cada criatura, en su mente, un proyecto, hasta para los que nosotros consideramos perdidos.
El mayor propietario, Dios, tiene un lugar especialmente para los pecadores, los más pobres y los empobrecidos. En su Reino, ellos siempre serán los primeros aunque nos siga costando asimilarlo.
Pero,
además, no se cansa de buscar; sus pasos se cruzan una y otra vez con los de
los jornaleros, su Reino nunca está completo, sale siempre de nuevo a los
caminos del mundo para hallar labriegos que acepten cuidar su viña, o acudir al
banquete de bodas (Mt 22, 2-10).
“Al amanecer salió...
salió otra vez a media mañana...
salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados”
Cualquier
momento es bueno para Dios y mucho más para el jornalero. Siempre es
tiempo de gracia porque siempre es un regalo dejarse encontrar por Dios y
entrar a formar parte de los que gozan de su presencia, de su existencia, de su
amor, de que Dios sea Dios. Su llegada es un don incalculable e impagable. Su
invitación hace estremecer y es el mayor motor para la tarea.
Oscurece, es hora de recibir el jornal; y se empieza por los últimos. Y serán los que han trabajado más tiempo los que deban esperar más para cobrar su estipendio. De nuevo el Dios sorprendente da la vuelta a “lo normal”, a “lo correcto”, a lo que parecería más razonable. Llegaron más tarde pero la jornada se acaba a la misma hora para todos. El propietario no los contrató por horas; oscurece y finalizó el trabajo para los últimos en llegar y para los que han trabajado más. La tarea ha concluido para unos y otros en el plan del propietario, nosotros tal vez hubiéramos deseado o programado que algunos siguieran “echando unas horas más”, ¿o no? La lógica me dice que sí, mi corazón ya no lo ve tan claro.
Y llega el turno de aquellos que se fatigaron desde el amanecer y muy convencidos esperan recibir una hermosísima recompensa después de observar lo pagado a los de la tarde. “Pero también ellos recibieron” un denario; exactamente lo mismo que el resto. Y protestan, y levantan la voz contra el amo como si estuviera equivocado, como si no entendiera de negocios, de jornales, de peones y horas largas de bochorno, de cansancio, del polvo y el sudor de las labores del campo. No les salen igual las cuentas al capataz y a los obreros. “Amigo, no te hago ninguna injusticia”, responde firme. ¿Acaso ha habido engaños? ¿Qué es lo que no te parece bien? ¿No estoy cumpliendo mi palabra contigo?
¡Cómo voy a enfadarme porque Dios sea bueno con todas las criaturas! ¿Cuáles son mis quejas contra Dios?
El salario es el mismo para todos, pero es que “la paga” que de Dios recibimos, el gozo, la paz, su vida corriendo por nuestras venas es tan grande que no hay ni más ni menos. Si Dios nos regala sus dones, si todo es gracia en nuestra vida (otra cosa es que no lo percibamos porque nuestros ojos están cegados a causa de otros intereses que nos distraen), si percibimos la existencia como un regalo de su amor, ¿cómo podremos tener envidia de que Dios sea bueno también con los otros?
Cuando Dios sale al encuentro de una persona y realmente toma posesión de su corazón, ya no se calcula por cantidades, por horas, por días... No importa el pasado ni el futuro, sólo cuenta la labor presente por el Reino, por la viña de Dios que es este hermoso mundo, sólo se busca una cosa: amar por encima de todo y a pesar de todo porque es inmenso el amor recibido.
¡Cuánto nos cuesta entrar en los esquemas de Dios! ¡Qué difícil nos resulta comprender su justicia! ¡Qué fácil sentirnos privilegiados de Dios y ver a los otros muy distintos!
Hoy,
Señor, quiero darte las gracias
porque
tu justicia no es como la nuestra:
la tuya es verdadera justicia,
la nuestra suele ser mezquina.
¡Gracias porque tus caminos no son nuestros caminos!
¡Gracias porque tus planes no sólo distan de los
nuestros,
sino que además son más altos, mejores, mucho
mejores...,
aunque cuando los nuestros se parecen torcer
nos turbamos e incluso nos enfadamos!
¡Gracias por la grandeza de tus planes sobre mi
vida,
por lo inapreciable de tus designios
y por la maravilla de tus proyectos sobre toda
criatura!
¡Gracias porque para ti, Dios justo,
no son más los primeros que los últimos en llegar
“a tus filas”!
Tu amor es igual con todos.
Tu mirada, misericordiosa y tierna con todos.
Tu sonrisa, alegre y viva con cada uno.
Tú, en persona, sales a mi encuentro,
me invitas a gozar de tu amor cada día,
cada instante desde que amanece,
al mediodía, a media tarde, al caer el sol...
Ayúdame, Dios de bondad,
a asimilar que Tú
amas a todos, sin excepción alguna,
incluso a los que no entiendo cómo puedes amarlos,
“siendo como son”.
Tú los amas, Tú me amas, Tú nos amas.
¡Qué grande eres, Dios mío!
¡Concédeme la gracia de ir viviendo una justicia
como la tuya!
¡Gracias porque no te cansas de buscarme,
gracias porque tu bondad conmigo no tiene fin!
¡Derrochas tu gracia sobre mí
y me encargas el cuidado de tu viña!
Sí, iremos a la viña
y con gozo se desgastarán nuestras fuerzas,
se cansarán nuestras piernas,
encallecerán nuestras manos,
y haremos nuestra tu viña
y tu Reino se irá construyendo también
con nuestras vidas de jornaleros agradecidos.
¡Cuánta tu confianza en mí!
¡DIOS MÍO, QUÉ GRANDE ERES!
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Mª del Pilar Casarrubios, pddm (España)