
Oración inicial - leemos - meditamos - oramos
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"En la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando su Evangelio" (SC 33) Ante la Palabra de Dios, como ante los dones eucarísticos, sentimos la necesidad de invocar al Espíritu. Es lo que podríamos llamar, siguiendo el Espíritu del Vaticano II, la "epíclesis sobre la Palabra de Dios". Invoco al Padre para que envíe su Espíritu sobre mí, y éste abra mis oídos, mi corazón, a la inteligencia de la Palabra de su Hijo, mi Maestro y Señor. |
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Mateo 22,1-14
En aquel tiempo, 1volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo:
- 2El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. 3Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. 4Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda».
5Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, 6los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. 7El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. 8Luego dijo a sus criados:
«La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. 9Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda».
10Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. 11Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta 12y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?».
El otro no abrió la boca. 13Entonces el rey dijo a los camareros:
«Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. 14Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos».
Orientaciones para la lectura
Jesús toma "de nuevo la palabra". El adverbio indica la relación
o continuación con la parábola anterior: la parábola de los viñadores
homicidas (Mt 21,33-45).
El Maestro sigue comunicando su buena noticia "en parábolas".
A la pregunta de los discípulos, en Mt 13,10, Jesús había explicado y
justificado su lenguaje de esta forma: "aunque miran no ven, y aunque oyen
no escuchan ni entienden" (versión de la Casa de la Biblia). No se trata
de un castigo, sino de una expresión más de la bondad del Maestro, que quiere
hacer más accesible su mensaje.
La parábola de este domingo nos habla del banquete de bodas del hijo,
tema recurrente en la Biblia y en el mismo evangelio. Dios padre, el rey, invita
a participar en la celebración de las bodas de su Hijo con la humanidad, con la
Iglesia, con cada un@ de nosotr@s.
La primera lectura de este domingo (Is 25), texto paralelo al de Mateo que estamos meditando, habla precisamente del banquete mesiánico, banquete que es la expresión de la plenitud de felicidad que Dios promete a su pueblo y que constituye la meta de todo buen judío.
El Padre, el rey, invita a las bodas precisamente a su pueblo elegido. Éste no responde: "no hicieron caso, y se fueron unos a su campo y otros a su negocio. Los demás, echando mano a los criados, los maltrataron y los mataron".
Esta parábola repite la misma idea de las dos anteriores, que hemos ido leyendo en los dos domingos pasados: la de los dos hijos (Mt 21,28-32) y la ya citada de los viñadores homicidas: el rechazo de Israel a la oferta de salvación (la invitación al banquete de bodas hecha por Dios).
Las puertas del banquete quedan, sin embargo, abiertas a todos los pueblos: a los que pasan por los cruces de los caminos..., todos los que encontréis. La sentencia que concluye esta parábola hace pensar que entre "los pocos elegidos" se pueda seguir contando el "resto de Israel", según la doctrina consoladora de Pablo en la carta a los Romanos (cf. 11,5 ss) y de otros textos paralelos como Is 4,3; Ab 11,17 etc.
Porque Dios es el Padre clemente y compasivo, quiere nuestra felicidad por encima de todo. Por eso, envía a sus mensajeros a llamar, a invitar, una y otra vez, a la participación en el banquete. No se amedrenta ante al negativa de los hombres; sigue llamando. Es significativo el verbo que usa Lucas en el texto paralelo 14,15-24: "Le dijo al siervo: sal a los caminos y veredas y haz entrar a la gente, aunque sea a la fuerza, para que se llene mi casa (compelle intrare)" (v.22). Casi parece que Dios "no soporta" que renunciemos a nuestra felicidad y casi "nos obliga" a aceptar su oferta.
Escuchando esta Palabra, me siento invitada yo también, yo personalmente, con mi comunidad, con toda la Iglesia y con toda la humanidad, al banquete de bodas: la Eucaristía, los bienes de la vida destinados a todos los hombres, la realización del banquete mesiánico en el hoy de nuestra historia.
El Padre me invita, quiere que sea feliz. Su llamada e invitación son del todo gratuitas, no tienen otro interés que mi bien, mi felicidad: "puro don de su liberalidad", de su amor misericordioso y fiel.
Mientras, por una parte, siento la necesidad de vivir en acción de gracias por este amor, por esta ternura que se ha manifestado y se manifiesta conmigo de tantas formas, por otra pienso en las veces que tampoco yo hago caso a las llamadas del Padre, a su invitación al banquete: llamadas que me llegan por muchos conductos: los profetas reconocidos o no, las circunstancias de mi historia, de nuestras historia, las personas...
No me veo reflejada en quienes maltratan a los enviados hasta matarlos, pero sí en los que no hacen caso, a veces, y hacen oídos sordos a esas llamadas que podrían hacerme plenamente feliz, en la solidaridad de la participación en el "gran banquete" destinado a todos los hijos e hijas de Dios.
El rechazo, la negativa de los hijos del pueblo elegido me hace reflexionar, cuestionarme, aunque en el hondón del alma sigo sintiendo que, por la gran misericordia y fidelidad del Padre, también yo haré parte de aquel "resto" que al final a lo mejor se decidirá a participar en el banquete. Es más, me convertiré, con su gracia, en un@ de l@s invitad@s a invitar a otr@s, a hacer que "la casa se llene": para satisfacción y alegría del Padre y del Hijo, para gozo y felicidad de todos los comensales.
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Concepción González, pddm (España)
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