
Oración inicial - leemos - meditamos - oramos
Mateo 22,15-21
"Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros".
9 Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
10 Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. 11 Entonces se pusieron a protestar contra el amo:
"12 Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno".
13 Él replicó a uno de ellos:
"Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. 15 ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos.
Orientaciones para la lectura
Después de leer el evangelio, podemos hacernos las siguientes preguntas:
¿Quiénes son los fariseos? ¿Por qué quieren eliminar a Jesús?
¿Quiénes son los herodianos?
¿Quién es el César?
¿Cómo se entendía la autoridad en el Nuevo Testamento?
¿Para qué son los tributos? ¿Por qué le preguntaron a Jesús sobre el
tributo?
Para poder entender mejor el evangelio de este domingo, conviene intentar darles
una respuesta.
Fariseos: Los fariseos eran una secta rigurosa, de carácter religioso,
que tuvo sus comienzos probablemente en el siglo II a. de Cristo (a.C.). La
mayoría de sus miembros eran personas corrientes, no sacerdotes, que observaban
muy rigurosamente la ley judía. Ampliaban a menudo el alcance de las leyes
hasta tal punto que éstas resultaban difíciles de observar. Además, la
rigurosa observancia de estas reglas hacía que las personas se obsesionaran
tanto con el cumplimiento de todos los detalles de la ley, que a menudo perdían
de vista su "espíritu". Pero el motivo era bueno. Los fariseos creían
que sus reglas "creaban un muro de defensa en torno a la ley". Según
ellos, si se observaran todas esas reglas, la gente correría menos peligro de
desobedecer la ley de Dios.
Muchos fariseos eran personas piadosas, pero se inclinaban a despreciar a los que no observaban, o no podían observar, sus onerosas prescripciones. Y los llamaban "pecadores". Jesús tuvo frecuentes polémicas con los fariseos. Condenó su legalismo y el sentimiento de creerse justos por sus propios actos. Jesús se identificó con las personas corrientes del pueblo, a quienes los fariseos, como dirigentes religiosos, declaraban marginadas. Sin embargo, es importante notar que, a pesar de las polémicas que Jesús tuvo con los fariseos, algunos de ellos llegaron a ser sus seguidores o discípulos, como Nicodemo y Pablo.
Para conocer más detalles sobre los fariseos, véase: Mt 12,1-42; 22,34-23,36; Mc 7,1-23; Lc 18, 9-14; Hch 23,6-10.
Herodianos: Son partidarios de
la dinastía reinante impuesta por la autoridad romana (Mc. 3,6),
seguidores de Herodes el Grande y de sus sucesores. Herodes es el hijo de
Antipater, que fue nombrado gobernador de Judea por Julio César en el año 47
a.C. Antipater nombró a Herodes gobernador de Galilea. Después de la muerte de
su padre y de su hermano José, que era gobernador de Jerusalén, los romanos
concedieron a Herodes el título de «rey de los judíos». Herodes fue
aborrecido por los judíos, aunque había dedicado al templo grandes sumas.
Asesinó a varios miembros de la familia judía de los asmoneos, a los que
consideraba una amenaza para su trono. Cuando los sabios de oriente (los «magos»)
vinieron a adorar al niño Jesús, él volvió a sentirse amenazado y ordenó la
matanza de todos los niños varones de Belén, de menos de dos años. (cf. Mt 2)
Así, podemos entender por qué los herodianos (seguidores de Herodes) querían
colaborar con los fariseos para eliminar a Jesús. Por las enseñanzas y obras
de Jesús, mucha gente le seguía. Por eso, le consideraban como una amenaza al
reinado de su gobernador Herodes. En el momento de la vida pública de Jesús,
los hijos de Herodes el grande eran los gobernantes. Después de la muerte de
Herodes, el reino se dividió entre sus hijos (Arquelao, Antipas y Filipo) que
fueron aborrecidos también por los judíos. Arquelao trató con mucha crueldad
a los judíos y a los samaritanos. Herodes Antipas encarceló a Juan bautista y,
como consecuencia de una promesa imprudente, accedió a los deseos de su mujer
de decapitarlo.
César:
Título de los emperadores romanos en tiempos del Nuevo Testamento.
Recuerda que Judea fue colonizado por los romanos en este tiempo. Por tanto, los
judíos estaban bajo del poder romano. Por eso, Roma tenía representantes para
administrar y asegurar que se cumplían sus leyes y mandatos en esta tierra.
Este representante era el gobernador, como Herodes y sus hijos. Sin embargo, en
Roma estaba el emperador, el César. Cuando nació Jesús, el César que reinaba
era Augusto. Según los relatos del evangelio, Jesús empleó algunas veces este
término para referirse a la «autoridad que gobierna».
Autoridad:
En la carta a los Romanos, Pablo dice que las autoridades constituidas provienen
de Dios. Por eso, el que se opone a la autoridad, se resiste al orden divino, y
los que resisten se atraerán sobre sí mismos la condenación. Por ello, hay
que pagar los impuestos, porque los recaudadores son funcionarios de Dios. El
buen judío tiene que dar a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos,
impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor,
honor (cf. Rom 13,1-7)
Y ¿qué dice Jesús sobre la autoridad? Como Pablo, Jesús reconoce la
competencia propia o autoridad del César (Mt 22,21). Pero esto no le cierra los
ojos para ver la injusticia de los representantes de la autoridad (Mt 20,25; Lc
13,32). Además, la obediencia y el
tributo romano, no restan nada a la autoridad superior de Dios. Jesús dice: «Nadie
puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien
se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al
Dinero.» (Mt 6,24)
Tributos:
Eran
los impuestos que los judíos pagaban al imperio romano, signo del
reconocimiento de su autoridad. Estos impuestos eran cargas para los judíos
porque no sólo los gobernantes lo exigían. Los recaudadores aumentaban la
cantidad que los ciudadanos tenían que pagar para obtener ganancias de esos
pagos. Por eso, a los judíos les llamaban pecadores.
A
través de estas informaciones, podemos aclarar mejor unos puntos. Por ejemplo,
hemos sabido por qué los fariseos y los herodianos querían eliminar a Jesús.
Él fue una amenaza para sus intereses. Los fariseos iban perdiendo la autoridad
de sus enseñanzas por la mayor autoridad de las enseñanzas de Jesús (cf. Mc
1,21-28). Y los herodianos, iban perdiendo el reconocimiento de su autoridad
como gobernantes (o seguidores de los gobernantes).
Sobre
la pregunta del tributo, hemos entendido que la formularon con mala intención:
buscando un pretexto para eliminar a Jesús. Porque si Jesús respondía
afirmativamente, le acusarían de colaboración con el poder romano (al que los
judíos odiaban por los impuestos pesados que tenían que pagar y por la
crueldad de los gobernantes romanos). Por el contrario, si respondía
negativamente, le acusarían de deslealtad al poder constituido (que para ellos
provenía de Dios y había sido constituido por Dios).
Jesús
sale airoso y declara un principio básico: el poder humano y el poder
divino (Dios) tienen sus exigencias. Por lo tanto, el cristiano tiene
que ser un buen cumplidor de las leyes civiles y sociales, y un ejemplar
cumplidor de los deberes religiosos.
Otros
puntos en los que podemos fijarnos para profundizar más nuestra meditación:
Los
fariseos no preguntaron a Jesús personalmente. Mandaron a sus discípulos (de
los fariseos) y a los herodianos. ¿Por qué no pueden preguntar a Jesús
personalmente? A lo mejor, son cobardes, y tienen miedo de descubrir que Jesús
es más sabio que ellos. O quizás querían esconderse para no tener conflictos
con Jesús y, por consiguiente, con la gente (en el contexto inmediato de este
evangelio se dice que los fariseos "trataban de detenerle, pero tuvieron
miedo a la gente porque le tenía por profeta" (cf. Mt 21,46).
No
le preguntaron en seguida. Primero le alabaron diciendo: «...sabemos que eres
veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por
nadie, porque no miras la condición de las personas.» Reconocieron su
prestigio, el bien de su persona (como si le aceptaran de veras). Pero luego, le
preguntaron con la intención de captarle para que perdiera su prestigio y la
confianza de la gente.
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