Lee
y relee otra vez el evangelio. Con la ayuda de los detalles y explicaciones de
la lectio, intenta asimilar más el mensaje del evangelio. Un momento de silencio
te puede ayudar. Imagina el escenario del evangelio.
Lo mejor sería que pudieras imaginarte dentro del escenario. ¿Qué sentirías
o pensarías si estuvieras allí, cuando y donde sucedió el relato del
evangelio?
¿Qué palabra, frase o personaje te atrae más? ¿Por qué? ¿Qué
mensaje te quiere decir? ¿Qué mensaje te puede servir aquí y ahora? ¿Qué
mensaje te hace recordar una experiencia del pasado, que te sirve como luz o
guía en tu vida de hoy? Escucha..., déjate llevar por el Espíritu
que te quiere revelar algo a través de la PALABRA...
Por mi parte, me atrae más la respuesta de Jesús: «Pues, lo del César,
devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios.» Ciertamente, tenemos que dar lo
que debemos a las autoridades: la autoridad del césar en
nuestra vida y la autoridad de Dios. Pero, a veces, nos encontramos en
unas encrucijadas y no sabemos qué voz tenemos que seguir. Esto me hace
recordar el día en que estaba hablando con mi padre, antes de entrar en la vida
religiosa. Él me dijo: «¿Por qué quieres ser monja? ¿No nos quieres? Acuérdate:
si te vas ahora, no esperes encontrar a un padre cuando vuelvas». Fue muy
doloroso para mí este momento, sobre todo cuando vi que mi padre lloraba por el
dolor que sentía. Yo no podía responderle nada. Le amo tanto que me dolía
mucho que no pudiera comprenderme.
¿Qué autoridad debo seguir? ¿La autoridad de mi
padre que me cuida desde mi nacimiento, o la autoridad de Aquel Padre que
me ama y me llama a compartir este amor con los demás?
Este ejemplo tiene un contexto distinto al contexto del evangelio para
este domingo. Pero creo que es parecido también en el sentido de que cualquier
decisión que tomara traería unas consecuencias con las que no podía complacer
a todos. Como Jesús, es necesario tener una convicción, un principio, una fe
que nos pueda guiar e inspirar a seguir lo que creemos que es lo mejor, según
la revelación que recibimos de la autoridad de Dios.
A pesar de los conflictos que Jesús tenía con los fariseos, Él tuvo el
coraje de confrontarse con ellos, de decir y hacer lo que le parecía mejor.
Aunque sabía que le podían perseguir por contradecir los principios y enseñanzas
de los fariseos, Jesús se mantuvo fiel a la autoridad del Padre, que le
llamaba a proclamar su LEY DE AMOR contra las leyes rigoristas de los fariseos.
En nuestra vida, aquí y ahora, habrá fariseos y herodianos que nos persiguen. (O quizás, somos fariseos o herodianos para los demás, sin darnos cuenta.) ¡Que Jesús sea nuestra inspiración para que podamos ser fuertes, con la convicción enraizada en la autoridad del amor de Dios, que nunca se puede ser vencido por nadie, y permanecerá para siempre!
Con la oración aconsejada por San Ignacio de Loyola, vamos a dar a Dios lo que debemos: todo lo que tenemos y somos. Entreguémonos a Él, que nos lo ha dado todo.
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Cecilia Payawal, pddm (Filipinas)