Mateo 25,1-13: El óleo de la esperanza previsora

 

       La esperanza que inunda el corazón de las jóvenes prudentes es una esperanza motivadora, previsora, resistente, pacificadora y amante.

        Esa esperanza las pone en pie y las mueve, las saca de sí para llevarlas al encuentro del Otro amado. Su esperanza sabe amar y por eso es previsora: tiene el cuidado y el detalle de la previsión. Quien ama poco, se entusiasma poco por preparar con cuidado los encuentros con la persona amada. De eso adolecían, al parecer, las vírgenes necias: de falta de pasión y entusiasmo en su búsqueda. Por eso, descuidadamente, no se esforzaron en asegurar que, fuera como fuera, ellas se encontrarían esa noche con el Novio. ¿Pereza? ¿Descuido? ¿Amor adormecido? De todo un poco pudo haber en esa ausencia de interés por mantener sus lámparas encendidas.

        Las jóvenes prudentes cargaron con el aceite. Obras, esfuerzo, amor que trabaja y al que nada le resulta difícil... El amor se adelanta a prever y proveer. Aquellas jóvenes podían haber pensado que quizá no iban a necesitar aquel aceite. ¿Para qué cargar, entonces, con pesos inútiles y molestos? Pero no. El amor apremia. El amor no quiere dejar el más mínimo resquicio a la posibilidad de perder al amado.

        La alcuza de aceite garantizaba que esa espera podría ser larga, muy larga, tanto como necesitase el Novio para llegar y, por lo mismo, perseverante, resistente... Y eso, sin ansiedad, sin preocupación, con la paz que dan la fe y la esperanza que actúan por la caridad. Todo, con la paz de un corazón que se sabe amigo. Por ello las jóvenes prudentes podían descansar y dormir serenas. Sus lámparas cargadas de aceite velaban: "yo duermo, pero mi corazón vela...", dice la esposa del Cantar (cf. Cant 5,2).

        La actitud de las jóvenes necias es la de quien no ha personalizado su fe y quiere vivir "de rentas", de experiencias pasadas y caducas ya, o incluso de la fe de otros. El amor, la fe y la esperanza que no se alimentan mueren irremediablemente: "tengo contra ti que has dejado enfriar el amor primero" (Ap 2,4).

        Puede parecernos insolidaria la negativa de las jóvenes prudentes a compartir su aceite con las necias. Con ello el evangelio nos quiere decir que nadie puede suplirnos en nuestra tarea de amar. No podemos delegar en otros. La relación con el Señor es comunitaria, pero también personal y única. Puede verse alentada por la convicción de otros, pero no puede prescindir del propio asentimiento personal.

        Cuando las que estaban preparadas entraron, "se cerró la puerta" (v.10). No se puede estar jugando con uno mismo y con Dios. La gracia de Dios, su amor y la vida de su Reino no son dones "baratos". Hay que "hacer algo" para poder "entrar": al menos hay que disponerse a esperar y a recibir.

        Las palabras del Novio pueden parecernos excesivamente duras: "No os conozco" (v.12). ¿Cómo pueden ser pronunciadas palabras tan definitivas sólo por un olvido, por un pequeño descuido, involuntario quizá? El mensaje y el significado de la parábola trascienden y desbordan lo anecdótico: Jesús es el Novio, y no conoce a quienes viven una fe vacía, hecha de palabras muy religiosas ("¡Señor, Señor!" v. 11; cf. Mt 7,21), pero huecas y desprovistas de una verdadera experiencia de fe y compromiso, con "enjundia", con "aceite" que arde e ilumina, con amor y fervor, construida cuidadosamente en frecuentes encuentros en los que la espera y el deseo constituyen el ámbito en el que el amor fiel se expresa y se re-crea.

        Por eso, en el encuentro último, conoceremos al Señor Jesús y Él nos conocerá en la medida en que hayamos esperado otros encuentros en el aquí y el ahora, y consentido a entrar en los banquetes cotidianos que Él nos prepara.

        La tensión narrativa de la parábola descansa en la en la invitación a "velar": "Así pues, velad, porque no sabéis el día ni la hora" (v.13). El final del año litúrgico nos pone en contacto con la futura realidad (más o menos lejana) del final de nuestra vida y del final de los tiempos. ¿Tendremos el amor suficiente para mantener el ardor de la fe y la esperanza activas hasta que Él vuelva?

 

 

Concepción López, pddm (España)