1.
La Palabra nos ha planteado unos desafíos nada fáciles: trabajar para que
llegue el Reino, usar nuestros “talentos” para que el Señor nos encuentre
preparados a entrar en su Reino en el “tiempo final”. Por eso, vamos a
ponernos en las manos del Padre, el Abba de nuestro Señor Jesucristo,
para que nos dirija, para que nos guíe, a fin de que venga a nosotros su
Reino. Vamos a entregarnos a Él con las palabras de Charles de Foucould.
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Padre, me
pongo en tus manos. Haz
de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te
doy las gracias. Estoy
dispuesto a todo. Lo
acepto todo, con tal que tu voluntad se
cumpla en mí y
en todas las criaturas. No
deseo más, Padre. Te
confío mi vida, te
la doy con
todo el amor de
que soy capaz. Porque
te amo y
quiero darme a ti, ponerme
en tus manos, enteramente, sin
reservas, con
una confianza absoluta, porque Tú eres mi Padre.
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1. Quien ama al Señor es bendecido por Él y ve multiplicada su dicha. Oramos inspirándonos en el salmo 127.
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¡Dichosos
quienes aman al Señor y
siguen sus caminos! Comeréis
del fruto de vuestro trabajo, seréis
dichosos, os irá bien. Vuestros
campos multiplicarán sus trigos. Vuestros
rebaños parirán sus crías. Vuestros
hogares se llenarán de dicha. Tu
mujer, como parra fecunda, en
medio de tu casa; tus
hijos, como renuevos de olivo alrededor
de tu mesa. Tu
marido, como árbol frondoso, una
ayuda adecuada para ti; tus
hijos, el encanto de tus ojos, día
tras día. Ésta
es la bendición del
hombre y de la mujer que
aman al Señor. Que
el Señor os bendiga y os dé su paz, que
veáis la prosperidad de
todos los pueblos de la tierra, todos los días de vuestra vida. |
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Cecilia Payawal, pddm (Filipinas)