Lectura orante de 

Mateo 25,31-46

Oración inicial - leemos - meditamos - oramos

 

Dios, en los pequeños y en lo pequeño

Preguntas previas de un creyente postmoderno o de un ateo discrepante

Para un no creyente hipercrítico y litigioso, o para para un creyente postmoderno, la fiesta de Cristo Rey que hoy celebramos podría dar pie a muchas cavilaciones, a saber: llamar a Jesucristo "rey" ¿no es un poco anacrónico en el mundo en que vivimos? ¿No es un título desfasado o inapropiado para Jesús, dada la imagen de "realeza" que nos brinda la realidad sociopolítica actual (al menos, al europea)? ¿De dónde procede el aplicar el título de "rey" a Dios y a Jesucristo?

        Esas cuestiones y otras hacen que al cristiano que busca vivir su fe con coherencia y dando razón de su esperanza a todo el que se la pida (cf. 1 Pe 3,15) no le venga mal conocer el origen de esta solemnidad del Señor y el sentido que hoy puede tener.

 

        Respecto al origen, esta fiesta fue instituida por Pío XI. Es, por tanto, la fiesta más reciente de todas las "de idea" en honor del Señor Jesús. Pío XI explica el sentido de la fiesta en su encíclica "Quas Primas" (11 de diciembre de 1925). Para el Papa, los grandes males que acechaban al mundo de su tiempo estaban ocasionados por el alejamiento de Cristo por parte de la mayoría de los hombres. Por eso, el Papa no ve un medio más eficaz para restablecer la paz que restaurar el reinado de Jesucristo. Con este fin instituye la fiesta el último domingo de octubre.

 

        En la estructuración actual del año litúrgico, esta fiesta tiene un sentido más espiritual y escatológico. Su colocación en el último domingo del año litúrgico la convierte en la meta a la que se orienta el peregrinar del cristiano a lo largo de cada nuevo año y de toda su vida.

 

        Ahora bien, ¿no es "rey" un título inadecuado para hablar de Jesucristo hoy? 

        "Rey" es un título mesiánico que aparece frecuentemente en el evangelio. Ya en el A.T., Dios es considerado rey. Pasajes antiguos, como Núm 23,21, Dt 33,5, 1 Re 22,9, Is 6,5, cuentan con el poder Real de Yahveh. La afirmación "Yahveh es rey" está frecuentemente atestiguada. Esta realeza de Yahveh tiene un sentido cosmológico y teocrático: Yahveh, como Creador y Señor, es rey de todo lo creado (Sal 22,29; 103,19; Sab 10,10), y por razón de la Alianza con Israel, es rey de su pueblo (Jue 8,23; 1 Sam 8,7). De ahí que los profetas esperasen un reinado de Yahveh en sentido escatológico y mesiánico.

        En el N.T. se expresa menos esta idea de que Dios es rey (Mt 5,23; 1 Tim 1,17), aunque se habla de ello, de modo indirecto, en las parábolas del Reino, en las que Dios ejerce las funciones de rey (cf. Mt 18,23; 22,2.7.11.13). En los evangelios, esa dignidad real ha pasado al Mesías, Jesús (Mt 2,2; Mc 15,9.12.18.26; Jn 18,39; 19,3.19.21). Jesús confirmó ante Pilato que era rey (Mc 15,2; Jn 18,37), aunque se distanció de la interpretación política que los judíos daban a ese título. 

 

        Cuando Jesús dice, de sí mismo, que es Rey, matiza el sentido de esa palabra: es rey-pastor de su pueblo, y es rey-siervo que se arrodilla para lavar los pies (Jn 13) y que está en medio de sus discípulos como el que sirve (Lc 22,27).

        Las figuras de rey, hijo de hombre, siervo y pastor se funden en Jesús. De ellas surge un modelo de reinado nada convencional. Basta leer un evangelio para darse cuenta de la majestad y de la humildad de Jesús, de su señorío y de su abajamiento, de su poder y del amor que le llevó a despojarse de él.

        Sí, Jesucristo es rey y el título es más que adecuado. Pero entendamos que su modelo de realeza es alternativo y opuesto al modelo del mundo. Del mismo modo los cristianos, pueblo de "profetas, reyes y sacerdotes", estamos llamados a construir, desde el servicio, su Reino, hecho de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Rom 14,17).

 

 

Invocación al Espíritu

 

 

1. Leemos la Palabra

 

Mateo 25,31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- 31Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria 32y serán reunidas ante él todas las naciones.

         Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras.

        33Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

        34Entonces dirá el rey a los de su derecha:

        «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

        35Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, 36estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme».

        37Entonces los justos le contestarán:

        «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; 38¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; 39¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?»

        40Y el rey les dirá:

        «Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis».

        41Y entonces dirá a los de su izquierda:

        «Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. 42Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, 43fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis».

        44Entonces, también éstos contestarán:

        «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos?»

        45Y él replicará:

        «Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo».

        46Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.

 

  Orientaciones para la lectura y la meditación

 

El famoso texto del juicio final de Mateo se sitúa precisamente al final del discurso escatológico (Mt 24-25), tras las parábolas de la vigilancia que nos han acompañado en los domingos precedentes (la de las vírgenes necias y prudentes, Mt 25,1-13, y la de los talentos, Mt 25,14-30). Todos estos textos tienen como protagonistas a Dios y a nosotros, nuestras obras y su juicio para vida o para perdición. Fijémonos en el siguiente esquema:

Nosotros Dios Obras Juicio

Parábola de las vírgenes 

(Mt 25,1-13)

¿Vírgenes prudentes o necias?

Es el novio, Jesucristo

¿Esperanza previsora o descuido?

- "Entra al banquete..."

- "No os conozco"

Parábola de los talentos 

(Mt 25,14--30)

¿Siervos fieles o siervos perezosos?

Es el propietario de la hacienda

¿Negociar o enterrar el talento?

- "Entra en el gozo de tu Señor"

- "Quitadle el talento... Echadle a las tinieblas de fuera"

Juicio final 

(Mt 25,31-46)

¿Justos o injustos?

Es el Hijo del hombre

¿Dar de comer, de beber, acoger, vestir, visitar... o dejar de hacerlo?

- "Venid a mí, benditos de mi Padre"

- "Apartaos de mí, malditos"

        El esquema es el mismo en las tres narraciones, y su mensaje se centra en que, al final de nuestra vida, seremos juzgados según el amor: no un amor platónico, hecho de fervorosos y "espirituales" sentimientos, sino un amor que toma cuerpo en gestos concretos hacia los pequeños.

        El evangelio de hoy nos sitúa en un momento futuro en el que, según la fe judía, vendría el Hijo del hombre de forma extraordinaria, sobre las nubes del cielo, para juzgar con poder a todas las naciones (cf. v. 31).

        Es indudable que Jesús se identificó con esa figura veterotestamentaria del Hijo del hombre, quizá más que con ninguna otra. Sin embargo, él la entendía de una forma un poco distinta a como la entendían los judíos de su tiempo (cf. Hijo del hombre). Nuestro pasaje habla de esta figura como un pastor (v.32) y como un rey, sentado en su trono de gloria (v. 31 y 34). Sí, Jesús es el buen Pastor que conoce a sus ovejas, las llama por el nombre y las ama hasta el extremo de dar su vida por ellas (Jn 10). También es Rey, no al estilo de los reyes y jefes del mundo, que oprimen a su pueblo, sino según su personal estilo: sirviendo a los pies de los suyos.

        Pues bien, este rey y pastor se dispone a juzgar, y los criterios de su juicio están en la línea de las palabras de los grandes profetas antiguos, como Isaías (58,6-7):

«6¿No será éste el ayuno que yo quiero:

deshacer los nudos de la maldad,

soltar las coyundas del yugo,

dejar libres a los maltratados

y arrancar todo yugo?

7¿No será partir al hambriento tu pan

y a los pobres sin hogar recibir en casa?

¿Que cuando veas a un desnudo le cubras

y no te cierres a tu propia carne?»

        Dar de comer, dar de beber, no cerrarse al prójimo que, según Isaías, es carne de mi carne, son los criterios de juicio de Jesús.

        Es sorprendente, en el texto, que los criterios del juicio son totalmente seculares. No se dice: "Porque has orado día y noche, has ayunado, has ofrecido sacrificios y votos a tu Dios, has hecho peregrinaciones a lugares santos...". No. El "justo" de Mateo no sabía cuándo había obrado la misericordia con Dios, porque lo hizo en la persona de "los pequeños" y en el ámbito de lo "mundano".

        Del mismo modo, los injustos no cayeron en la cuenta de las ofensas a Dios porque, probablemente, ellos ponían más su amor en las palabras que en las obras: "¡Señor, Señor!" (cf. v. 44; Mt 7,21; 25,11).

        El mensaje de Mateo coincide con el de Juan: no podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano a quien vemos (1 Jn 4,12.20).

        De manera que el juicio está en nuestras manos, en el presente: nosotros mismos nos salvamos desde la libertad que Dios nos ha regalado para poder elegir vida o muerte, bendición o maldición. Es verdad que no podemos estar seguros de quién se condenará o quién se salvará, pero sí podemos estar seguros de la fidelidad de Dios, que no falta a sus palabras y que ha prometido su Reino a los bienaventurados que se entregan a la tarea de amar. 

 

        

 

meditamos - oramos

 

 

 

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