1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

Dios me habla hoy. Su Palabra está viva y tiene la fuerza de iluminar y de transformar mi tiniebla.

        En mi corazón resuenan fuertemente estas palabras de Jesús: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo". Me siento invitada a caminar, cada vez más, como una hija del Padre del cielo, como una hija de la luz. Dios ya me ha preparado todo, aquí en la tierra y para la eternidad. No debo preocuparme demasiado por las cosas de la vida cotidiana, porque Dios me cuida (cf. Mt 6,25; Lc 10,41). Dios me invita a madurar en la actitud de confianza en Él, como un niño se fía de su madre y se siente seguro junto a ella (cf. Sal 131). Dios guía mi vida y se ocupa de cada pequeño detalle. Por mi parte, necesito sólo una auténtica preocupación por su Reino. Para ello, en primer lugar el Reino de Dios debe echar raíces en mi modo de pensar, de juzgar, de hablar, de actuar. Como hija del Padre, soy llamada a parecerme cada vez más a Él. La experiencia de ser una hija amada del Padre (cf. Lc 15,31) cambia la cualidad de mi relación conmigo misma y con cada persona. La experiencia del amor gratuito de Dios me apremia a amar a mis hermanas y hermanos como son, sin exigir que tengan que cambiar primero para poder amarles. Dios, que es amor, me capacita para amar a mis enemigos, para bendecir a los que me maldicen, para orar por aquellos que me hacen mal (Lc 6,27s).

 

  3. Oramos

 

Hazme misericordiosa

 

Señor, que conoces lo profundo de mi corazón

y me amas entera,

te pido la gracia de la disponibilidad

a la acción del Espíritu en mí. 

Haz que cada día me deje purificar 

de todo lo que me encierra en mi egoísmo,

y obstaculiza mi camino hacia la libertad de hija de Dios.

Quiero orar, con santa Faustyna Kowalska:

 

«Ayúdame, Señor, para que mis ojos se hagan misericordiosos

y no sospechen ni juzguen a nadie por su apariencia, 

sino que aprendan a ver la belleza del corazón del hermano. 

Ayúdame, Señor, para que mi oído se haga misericordioso... 

Ayúdame, Señor, para que mi lengua se haga misericordiosa, 

y no hable mal de los cercanos, 

sino que tenga palabras de consuelo y perdón. 

Ayúdame, Señor, para que mis manos se hagan misericordiosas 

y llenas de obras buenas... 

Ayúdame, Señor, para que mi corazón se haga misericordioso, 

y pueda sentir los sufrimientos de los hermanos».

 

 

 

 

 

Úrszula Szymanska, pddm (Polonia)