Este evangelio es tan rico que podría dar pie a cientos de meditaciones diversas, tantas como espíritus orantes se acerquen a él. Pero mi mirada, necesariamente limitada, se va a detener en la sorpresa que el juicio provoca en justos e injustos.
La sorpresa viene dada porque las expectativas sobre la salvación estaban desenfocadas en aquellas personas creyentes: posiblemente ellos ponían su salvación en el amor a Dios expresado, preferentemente, a través de la observancia del culto y las formas de religiosidad de su tiempo. Y no es que Jesús rechace esto, pero declara que el amor a Dios se muestra, sobre todo, en el amor al prójimo. De lo contrario, la fe está vacía y no puede salvar.
Pero, lo más asombroso es que el prototipo de persona "justa" del que habla el evangelio bien podría ser un no creyente, porque las razones que da el hijo del hombre no hablan en absoluto de Dios, sino del ámbito mundano y secular de la convivencia diaria.
Nosotros, cristianos, gente de Iglesia, tendemos a situarnos "frente"
al mundo, "separados" de él, como si a Dios le fuera difícil estar
en lo que vive la gente corriente, en los lugares de trabajo, de diversión o de
encuentro. Pero es ahí, precisamente, en el comer, en el beber, en un vaso de
agua fresca (Mt 10,42) o en un rato de compañía, donde Dios dice estar.
Pasar por el mundo haciendo el bien, en libertad y gratuidad, será el sello con el que el Señor nos reconozca el día del encuentro con Él, el día en que nos sorprenderá con el regalo de su Reino y nos introducirá en el gozo inmenso de su banquete.
Tu Reino viene un poquito...
Si al amanecer me levanto en la esperanza,
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si venzo el instante de pereza y me encamino, alegre,
hacia el trabajo,
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si pongo en mi tarea mi entusiasmo
como si fuera lo último que haga,
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si al comer o al beber no caigo en el despilfarro,
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si alguien me ofende y no olvido contar hasta diez...
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si muerdo mi lengua cuando corre presurosa hacia la crítica,
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si no me afano por aparentar
y me presento con mi justa estatura...
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si perdono mis propios errores y me amo con todos ellos,
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si reservo espacios de alegre compañía,
en los que compartir la escucha y la palabra,
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si gozo y agradezco las hermosas diversiones de la vida,
tu Reino viene un poquito, Señor.
Si en la noche sé dar gracias
por tanto amor recibido,
tu Reino viene un poquito, Señor.
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Mª Concepción López, pddm (España)