1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

El Maestro continúa enseñando a sus discípulos de ayer y de hoy. En esta ocasión nos explica lo que acontecerá al final, “cuando venga en su gloria... y sean reunidos ante él todas las naciones” (vv 31-32), todas las criaturas, cuando juzgue “entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío” (1ª lectura, Ez 34,17). Al finalizar el año litúrgico, la Iglesia nos presenta una Palabra que nos recuerda que el Hijo del hombre “separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de los cabritos” (v.32). Lo de separar nos deja un poco de mal sabor, quizás incluso queramos pasar por ello rápida y fugazmente o ni siquiera lo pensemos. Pero ahí está la Palabra, en la lectura de Ezequiel: el Señor dirigiéndose a sus ovejas, afirma que juzgará. Lo hará Dios “mismo en persona buscando a sus ovejas, siguiendo su rastro”. Dios de bondad y misericordia, pero Dios al que no le es indiferente el mal, el pecado y la injusticia con ninguna de sus criaturas. Conviene no olvidar que es Dios celoso de todos sus hijos e hijas sin excepción. Sin embargo, no podemos perder de vista esta hermosa y alentadora lectura del A.T., que enmarca e ilumina la perícopa de Mateo.

Nuestro Maestro, el único Maestro y Rey, se sentará en su trono y estaremos en su presencia todos; una a una, todas sus ovejas, pasaremos todos ante él y nos pondrá a su derecha o a su izquierda. Pero no porque él lo diga sino según lo que yo haya decidido ser y hacer en esta vida presente.

Entonces, el rey invitará a los de su derecha a acercarse más y los llamará por su nombre y les dirá “benditos de mi Padre”. Qué alegría poder escuchar de labios de Jesús, el Maestro, el Rey: “Ven” y además ser reconocida mi pertenencia al Padre, al Padre de Jesús y Padre mío. Después de toda una vida, escucharemos de la boca del Hijo la más hermosa bendición y recibiremos el reino que Dios preparó para mí “desde la creación del mundo” (v. 34), cuando me eligió “para ser santo e irreprochable por el amor” (Ef. 1,4). Sí, porque la perfección para el Dios de Jesús sólo se alcanza por el amor,  la misericordia, la compasión, la comprensión, el perdón... no por un sinfín de normas y cumplimientos que incluso llegan a separarnos del corazón de Dios y de los seres humanos. ¿No estaremos, tal vez confundiendo, a veces, los preceptos humanos y desvirtuando el único mandamiento: el del amor?

Para amar me creó el Creador y ahora me entrega lo que me prometió: el reino del amor preparado desde siempre, el banquete sin fin, el gozo que no acaba... “Heredad el reino preparado para vosotros y vosotras”, para mí, para ti, para nosotros. El Amor lo ha preparado para que participemos de él, para que entremos y gocemos de su reino sin fin, de su presencia, de Dios mismo. Es el momento de entrar a “habitar en la casa del Señor por años sin término” (Sl 22, 6b). Para ello hemos ido creados, para ello planificó desde la eternidad la creación de este hermoso universo, para algunos un continuo dolor.

Porque me diste de comer y de beber, me hospedaste, me vestiste y viniste a verme en la enfermedad y en la prisión” (cf vv. 35-36), me dirá el Señor y Rey, y tal vez sorprendido tenga que preguntarle. O tal vez no, porque habré nutrido mi corazón de esta Palabra tantas veces... ¡Ojalá haya sido así! ¡Ojalá entonces sea uno de los justos que admirados contesten al Señor con una pregunta o sólo con una mirada! Por si acaso, hoy si cuestionaré al Señor y le pediré que me indique dónde habita. ¿Dónde estás Señor? ¿En quién quieres que te alimente o apague tu sed? ¿Acaso algún forastero necesita mi hospedaje o mi corazón o mi sonrisa o mi acogida hoy, ahora...? ¿Qué desnudez quieres que yo cubra, Señor ? ¿Quién espera y necesita mi visita y mi cercanía en estos momentos? Puede que ellos estén muy cerca, seguro que los hay. ¡Que el Samaritano de Nazaret abra mis ojos y mi corazón! 

Os aseguro” (v. 40), dice también el Rey. Su autoridad y convicción confirman mi fe y mi vida toda. Es Jesús quien me asegura que todo lo que haga a mis humildes hermanos y hermanas a él se lo hago. ¿A qué espero? ¿Por qué sigo buscando? Tal vez aspiro a grandes cosas pero las oportunidades para amar siempre están a mi puerta, a mis pies, rozando mi cuerpo cada instante... aunque me niegue a reconocerlas.

Mis humildes hermanos” y hermanas, son todos los hombres y mujeres, porque son hijos e hijas del mismo Padre-Madre. Sólo en ellos y en cada uno puedo servir al Señor y Rey a quien tantas veces afirmo querer seguir y servir. Pero son pequeños, no tan “grandes” como Dios y por eso me cuesta amarlos. Lo de amar y servir a Dios me parece más fácil porque Dios se lo merece, Dios es Dios, además es Amor... pero lo de mis hermanas y hermanos no me resulta tan claro. Sí, así es, a los demás no es tan evidente que se les pueda y deba amar, dejan tanto que desear. A los que conozco, por eso mismo, se me hace más cuesta arriba, porque sé cómo son y pensándolo bien no se lo merecen tanto; a los que pasan hambre en mis calles porque quién sabe qué harán con mi tranquilizadora limosna; a los que están en la cárcel, vete tú a saber lo que habrán hecho para estar ahí; a los que piden es que “es más cómodo hacerlo”, pienso yo...

¡Qué difícil amar de verdad y sin excusas ni justificaciones a los de presencia pobre y humilde, al hermano de carne y hueso como yo! Sin embargo, es en mis humildes hermanos en quien amo al hermano mayor, al Hijo, al Padre, al Dios Amor fuente de mi amor. No tengo otro camino que el sacramento del hermano y de la hermana, de mi esposo o de mi esposa, de mi hijo o de mi suegra, de mi vecino o mi cuñado, de mi jefe o de mi compañera de trabajo... para unirme cada día más al Señor que me ha creado por amor y para amar. Sólo la caridad me abre las puertas para que al  presentar mis oraciones lleguen directamente a oídos del Dios de la Vida, de justicia y de la reconciliación. No hay más sendero que el no cerrarse a la propia carne para que la nuestra recobre la salud, brille y Dios se haga el más claro rostro que me acompaña día y noche. 

Apartaos de mí, malditos” (v. 41). Espero no oír estas palabras y además espero que nadie tenga que hacerlo. Creo en la responsabilidad de cada persona sobre su vida pero también creo firmemente en la responsabilidad de mi amor, precisamente hacia los que parece que menos se lo merecen o menos lo agradecen. Creo con fuerza que, como dice San Juan de la Cruz, donde no hay amor hay que poner amor para sacar amor. Creo en el Padre-Madre que me pregunta cada día por mi hermano y mi hermana y no me invita justamente a amar a los que más cariño y aprecio me tienen, sino que me exhorta una y otra vez a fijar mis ojos en Aquel que murió perdonando, sin llevar cuentas del mal (I Cor 13, 1-13).

 

 

3. Oramos

 

Podemos rezar la siguiente oración, inspirada en la Palabra de Dios del Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Cristo Rey.

 

REY, QUE SIGUES MI RASTRO

 

Señor Dios, Tú mismo en persona me buscas,

sigues mi rastro día tras día, a cada instante,

mis huellas, incluso cuando intento perderme de tu vista.

Precisamente, cuando me alejo

es cuando más te interesas por mí

y me atraes con cuerdas de amor

y me seduces para que vuelva

y experimente nuevamente el gozo de tu bondad y tu misericordia

y el calor entrañable de tu hogar, Rey de amor.

 

Pastor bueno, tú sigues a cada una de tus ovejas y cabras

y las liberas de la oscuridad y los nubarrones;

tú quieres apacentarnos en el gozo y en el dolor,

vendar mis heridas y curar mis dolencias,

llevarme en brazos y acariciarme con ternura.

Sólo tú sabes cuidarme bien, como es debido.

Sólo tú eres el Pastor que da la vida por mí.

Sólo en tus prados verdes puedo recostarme tranquilo.

Sólo en tus fuentes de agua viva puedo calmar mi sed

y reparar las fuerzas perdidas en otros pastos que no sacian.

 

Rey y Señor de todo lo creado,

anhelo participar un día de tu banquete,

de esa mesa en la que me sentarás muy cerca de ti, junto a ti, contigo;

con tantos hombres y mujeres...

¡Ojalá que entonces no tengas que separarme

y pueda heredar tu reino, preparado también para mí!

Por eso, mientras espero el hermoso encuentro

quiero recorrer los senderos de cada jornada

con ojos que contemplen tu presencia en mis hermanos más pobres,

con oídos que sepan escuchar el clamor de tu pueblo,

con manos abiertas y tendidas hacia los otros,

con un corazón que perdone,

con unos labios que reconcilien y promuevan esperanza,

con un cuerpo que dance la aventura gozosa de vivir de fe.

 

Rey de la Creación,

sé poco a poco también el rey de mi vida.

Que yo te vaya entregando todos mis reinos día a día

y seas tú el único que me habite.

 

Concédeme tu gracia abundante

para que no huya de los muchos hambrientos y sedientos de este mundo,

ni desnude de respeto y dignidad a nadie,

ni abandone en la cuneta a ningún herido de la vida,

ni me cierre a la soledad de tantos corazones, incluso los muy cercanos...

Que no me cieguen mis problemas, preocupaciones ni proyectos,

que yo reparta el inmenso amor que cada día recibo de ti

y derroche tu misericordia y ternura

como tú las derramas sobre mí cada mañana.

 

Rey de los que sirven y aman,

Rey del amor hasta el extremo y de la entrega sin límites,

Rey y Pastor, guíame por tus senderos de vida

por el honor de tu nombre;

así nada me faltará ahora

y Aquel día reinaré contigo, a tu derecha,

y ungirás mi cabeza con el perfume precioso de tu presencia sin fin

y nuestras copas rebosarán de gozo y plenitud

cuando Tú lo seas todo para mí y para todos,

Rey de amor y por amor.

Amén

 

 

 

 

 

 

Mª del Pilar Casarrubios Lucas, pddm (España)