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Oración para disponer el corazón
Reza esta oración despacio, dándote cuenta de lo que dices y de lo que pides.
Me
hago consciente, Señor, de que estoy en tu Presencia.
Creo
que me amas, me miras y escuchas mi oración.
Vengo
ante ti con sed de vivir más plenamente,
con
sed de despertar a la vida que sólo Tú puedes dar.
Vengo
con el ardiente deseo de dar un nuevo paso hacia Ti,
y
de que tu amor me alcance y me transforme.
Derrama
sobre mí tu Espíritu Santo,
torrente
inagotable,
manantial
de aguas vivas,
lluvia
que empapa mi tierra,
rocío
de la mañana,
mar
inmenso en el que nazco a la vida,
río
que fecunda mis campos yermos.
Derrama
sobre mí tu Espíritu:
que
Él guíe mis pasos a la fuente de tu Palabra viva.
Que
mi fe se sacie en ella.
Que
mis fuerzas se renueven en ella.
Que
mi amor se encienda en ella.
Que mi esperanza se apoye y se sostenga en ella. Amén.
Éxodo 17,3-7
En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:
-
¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a
nuestros hijos y a nuestros ganados?
Clamó
Moisés al Señor y dijo:
-
¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.
Respondió
el Señor a Moisés:
-
Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva
también en tu mano el cayado con que golpeaste el río y vete, que allí estaré
yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá de ella agua
para que beba el pueblo.
Moisés
lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel.
Y
puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los hijos de
Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: “¿Está o no está el Señor
en medio de nosotros?”
Juan 4,5-42
5En
aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del
campo que dio Jacob a su hijo José: 6allí
estaba el pozo de Jacob.
Jesús,
cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor de la
hora sexta.
7Llega
una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
- Dame de beber.
(8
Sus discípulos se habían
ido al pueblo a comprar comida).
La
samaritana le dice:
-
9 ¿Cómo tú, siendo
judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?
(Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
10Jesús
le contestó :
-
Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú,
y él te daría agua viva.
11La
mujer le dice:
-
Señor, si no tienes cubo y le pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; 12¿eres
tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y
sus hijos y sus ganados?
13Jesús
le contesta:
-
El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; 14pero el que beba del
agua que yo le daré nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se
convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
15La
mujer le dice:
-
Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a
sacarla.
16Él
le dice:
-Anda,
llama a tu marido y vuelve.
17La
mujer le contesta:
-
No tengo marido.
Jesús
le dice:
-
Tienes razón, que no tienes marido: 18has tenido ya cinco y el de
ahora no es tu marido. En eso has dicho verdad.
19La
mujer le dice:
-Señor,
veo que tú eres un profeta. 20Nuestros padres dieron culto en este
monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.
21Jesús
le dice:
-
Créeme mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis
culto al Padre. 22Vosotros dais culto a uno que no conocéis;
nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
23Pero
se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero
adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto
así. 24Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en
espíritu y verdad.
25La
mujer le dice:
-
Sé que va a venir el Mesías, el Cristo, cuando venga él nos lo dirá todo.
26Jesús
le dice:
- Soy yo: el que habla contigo.
27En
esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una
mujer, aunque ninguno le dijo: “¿qué le preguntas o de qué le hablas?”.
28La
mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
-
29Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será
éste el Mesías?
30Salieron
del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
31Mientras
tanto sus discípulos le insistían:
-
Maestro, come.
32Él
les dijo:
-
Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.
33Los
discípulos comentaban entre ellos:
-
¿Le habrá traído alguien de comer?
34Jesús
les dijo:
-
Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra
(...).
39En
aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había
dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”.
40Así,
cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y
se quedó dos días. 41Todavía creyeron muchos más por su predicación,
43y decían a la mujer:
- Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.
Orientaciones para la lectura
A)
Primera lectura: Éxodo 17,3-7
El
tema de la sed y del agua aparece numerosas veces en las tradiciones del
desierto. Imagina al pueblo de Israel atravesando el desierto. Imagina que vas
entre aquella gente y que eres testigo y participas de lo siguiente:
1.
Éx 15,22-27: Es el
episodio de las aguas de Mará. El pueblo lleva tres días caminando por
el desierto de Sur sin encontrar agua. Al fin, llegan a Mará y, cuando van a
beber el agua de un manantial... resulta que esa agua es amarga. El pueblo murmura
contra Moisés, Moisés invoca al Señor y el Señor le da el poder de convertir
aquellas aguas contaminadas en aguas capaces de saciar la sed. Dios demuestra,
con ello, que está con su pueblo, que su pueblo no tiene que tener miedo,
porque Dios lo acompaña y lo protege. Dios se revela así: “Yo soy Yahveh,
el que te sana”.
Y
no sólo les da el agua de Mará, sino que a continuación les lleva a Elim, un
oasis donde había doce fuentes de agua (una por cada tribu de Israel), como
diciendo: “Si escucháis mi voz, si me seguís, tendréis de sobra. Nada os
faltará”.
2.
Éx 17,1-7: Pero el
pueblo tiene el corazón rebelde y veleta. No aprende de la experiencia ni se fía
del Dios que le promete la vida. Por eso, cuando tiene sed de nuevo, murmura
contra Moisés sin esperar en Dios. Es el episodio de Massá y Meribá. Allí
“me pusieron a prueba, aunque habían visto mis obras”, dice el Señor
en el Salmo 95,9.
En
el desierto de Sur, el pueblo desconfió de Dios diciendo: “¿Qué vamos a
beber?”. En el desierto de Sin la desconfianza es aún mayor y el pueblo
llega incluso a pensar que Dios quiere su muerte. Dios, entonces, hace brotar
agua de una roca para demostrarles su amor y su poder. En primer lugar, su amor,
pues el pueblo murmuró diciendo: “¿Está Dios entre nosotros o no?”.
Y Dios mostró que, efectivamente, acompañaba a Israel en su desierto. En
segundo lugar, su poder pues hizo brotar agua de una roca mostrando que para Él
nada hay imposible (cf. Gn 18,14; Lc 1,37). El Dios que abrió el mar para que
pasara su pueblo y marchara de la esclavitud a la libertad abrió ahora la roca
para darle de beber.
3.
Nm 20,1-13: Se trata de
una relectura del episodio anterior, en la que se pone en evidencia no sólo la
rebeldía de los israelitas sino también la desconfianza de Moisés y Aarón.
B)
Evangelio: Juan 4,5-41
Entra
ahora en la escena del evangelio. Imagina el lugar y los personajes. Siente como
si estuvieras dentro de la escena.
El episodio sucede en una ciudad de Samaría llamada Sicar, junto a un pozo. Samaría
sugiere, en tiempos de Jesús, un lugar hostil. Los judíos y los
samaritanos no se trataban, como pone en evidencia la samaritana cuando se
sorprende de que Jesús le dirija la Palabra. Tenemos un ejemplo de esa
hostilidad entre judíos y samaritanos en el evangelio de Lucas. Allí se cuenta
que cuando Jesús pasó por Samaría camino de Jerusalén, los samaritanos no
quisieron recibirle, por lo que Santiago y Juan tuvieron la “fraternal” idea
de hacer bajar fuego del cielo para abrasarlos a todos, lo cual les valió la
regañina del Señor... (cf. Lc 9,51-56).
El
caso es que ahí, en un lugar de lo menos indicado, Jesús se va a sentar junto
a un pozo, obligado por el cansancio y por la sed.
¿Qué te sugiere la imagen de un hombre junto al pozo de Jacob? Si
fueras judío, seguramente que te vendrían a la memoria los relatos
patriarcales de los encuentros amorosos entre los patriarcas y las matriarcas:
Eliezer, siervo de Abrahán, encuentra a Rebeca, futura esposa de Isaac, junto a
un pozo (Gn 24,11ss); Jacob se enamora de Raquel junto a un pozo (Gn 29), y Moisés
conoce a Séfora junto a un pozo (Éx 2,15).
Jesús,
sentado junto a un pozo, se va a encontrar con una mujer sin nombre, personaje
que representa al pueblo de Dios idólatra y representa a cada uno de los discípulos
y discípulas con los que Jesús se hace el encontradizo aprovechando nuestra
situación de carencia y necesidad.
Fíjate en los personajes principales y secundarios de la escena:
Jesús: Aparentemente es un
hombre normal, un hombre que experimenta el cansancio y la sed tras largas horas
de caminata. Es judío, pero se trata de un judío muy “extraño”, pues le
dirige la palabra a una mujer y, para colmo, samaritana. Fíjate lo que dice un
tratado rabínico sobre el trato con las mujeres: “Un hombre se procura
tanto mal cuanto más tiempo pasa hablando con la mujer, se aleja de la palabra
de la ley y su destino es la gehenna” (Abot 15). Pero Jesús no hace ningún
caso de principios y normas que marginen y excluyan a los débiles. Mujeres,
extranjeros, pobres y enfermos eran poco menos que “gentuza” de la que un
buen israelita debía procurar apartarse para mantener intacta su “pureza”.
Jesús hace de esos “lugares de abajo” un lugar privilegiado para manifestar
su salvación.
La mujer samaritana: La vida
de esta mujer está marcada por la carencia y la rutina infecunda. Diariamente
debía ir a buscar el agua, pues carecía de ella. Tampoco tenía marido. Había
tenido cinco, y su compañero actual no era su marido. Esta mujer representa el
pueblo idólatra, incapaz de saciar su sed de vida con los numerosos dioses
paganos a los que se había ido aferrando sin encontrar lo que pedía su corazón.
Recordemos que muchos profetas utilizan la imagen de una esposa que se
prostituye para representar al pueblo infiel a Dios (cf. Oseas 1-2; Ez
16,15ss; Jr 3...). La referencia a los cinco maridos es una clara alusión a las
cinco ermitas de los dioses paganos que se mencionan en 2 Re 17,24-41. El sexto
marido se refiere a Yahveh.
Los samaritanos de Sicar: Creen
en Jesús por el anuncio de la mujer. Pero no se conforman con una fe
“recibida”, “heredada”, “externa”. La hacen suya cuando ellos mismos
conocen a Jesús y le oyen (vv. 39-41). Fíjate en el proceso que sigue
su fe: el testimonio de alguien à
la fe desde lo escuchado à
la personalización de la fe à
la confesión. Es un itinerario catecumenal.
Los discípulos entran en
escena en los vv. 27-38. Tienen en común con la samaritana que no entienden
el lenguaje de Jesús ni entran en su modo de pensar. Ellos están empeñados en
que coma y Jesús les está hablando de “otro alimento”, como la samaritana
estaba obstinada en hablar del agua H2O, del cubo y de cómo se las arreglaría
Jesús para sacarla del pozo... mientras que Jesús estaba hablando del agua
viva del Espíritu.
Fíjate en el proceso que va haciendo esta mujer: pasa de sus búsquedas
más superficiales a las más profundas; del agua material al agua viva; de la
percepción de Jesús como un “judío”, un simple “hombre”, al
reconocimiento de Jesús Profeta y Mesías-Cristo.
Su fe sorprendida la arrastra a dejar el cántaro (“cisternas agrietadas que no retienen el agua”, diría Jeremías), y a ir corriendo a anunciar lo que ha visto y oído. Su fe contagia de fe a sus paisanos, quienes terminan confesando: “Éste es verdaderamente el Salvador del mundo”.
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