invocación
inicial - leemos - meditamos -
oramos
Actitudes antes de comenzar:
- Nos ponemos en la presencia de Dios, que quiere hablarnos al corazón (cf. Os 2,16).
- Ponemos en las manos de Dios todo lo que todavía nos impide escuchar con plena apertura y disponibilidad.
- Renovamos nuestra confianza en el poder del Espíritu de la verdad y del amor, que es más fuerte que nuestra debilidad.
Marcos 1,14-20
14 Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía:
- 15Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed la Buena Noticia.
16Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
17 Jesús les dijo:
- Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.
18 Inmediatamente dejaron la redes y lo siguieron.
19 Un poco más adelante, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes.
20 Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.
Orientaciones para la lectura
Nos encontramos aún en el inicio del Tiempo Ordinario del año litúrgico. Todo el camino que la Iglesia nos propone durante las varias etapas del año litúrgico nos debe ayudar a enraizar nuestra vida cada vez más profundamente en el misterio de Jesucristo.
Los domingos anteriores nos han acercado al misterio de Jesús, que es Hijo
predilecto del Padre (cf. Mc 1,6b-11). Y Jesús, enviado por el Padre, se revela
progresivamente a sus discípulos, invitados a una relación más cercana con el
Maestro (cf. Jn 1,35-42).
El evangelio de este domingo nos sitúa en los inicios del ministerio de Jesús
en Galilea. Tras el arresto de Juan Bautista, Jesús viene a predicar la Buena
Noticia del Reino de Dios (cf. Mc 1,14). Así se cumple la misión que Dios ha
confiado a Juan. Él ha preparado el camino para la venida del Señor. Como el
siervo del evangelio, ha hecho todo lo que tenía que hacer (cf. Lc 17,10) y
ahora puede desaparecer para que Jesús pueda revelarse. Toda la predicación y
la actividad de Juan estaban estrechamente vinculadas a la persona de Jesús.
Juan, conscientemente, se hacía cada vez más pequeño para dejar paso a Jesús:
“Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él
crezca y que yo disminuya” (cf. Jn 3, 29-30).
Según la predicación de Juan, el que tenía que venir después de él nos bautizaría con Espíritu Santo (Mc 1,8). Y realmente Jesús, tras el tiempo pasado en el desierto, volvió a Galilea con el poder del Espíritu (Lc 4,14). Por ello no enseñaba como los escribas, sino como quien tiene autoridad (cf. Mc 1,22). Con su presencia y su predicación, Jesús proclamaba el cumplimiento del tiempo y la cercanía del Reino de Dios (cf. Mc 1,15). En efecto, Dios envió a su Hijo, cuando llegó la plenitud del tiempo (cf. Gál 4,4) y, en la persona de Jesús, todas las promesas del Antiguo Testamento encontraron cumplimiento y plenitud (cf. Lc 4,21). En Jesús, Dios se ha acercado tanto al hombre que se ha hecho uno de nosotros. En Él ha llegado, verdaderamente, el Reino de Dios, porque Dios ha querido habitar entre nosotros (cf. Jn 1,14), y esta morada de Dios en medio de su pueblo no es algo externo, porque Dios no se contenta con habitar en templos bien construidos. Él quiere habitar en el santuario de nuestro cuerpo para que nosotros seamos su casa (cf. Heb 3,6).
Dios nos invita a establecer una relación personal con Él y, por esto, Él se
acerca a nosotros tomando la iniciativa y, con humildad, nos pide abrir la
puerta de nuestro corazón y quitar todo lo que impide que él pueda entrar:
“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta,
entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3, 20).
Por esto, Jesús, desde el principio de su ministerio público, llama a cada
hombre a tomar una actitud de apertura y de colaboración con la obra de la
salvación: “Convertios y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Para realizar su
designio hacia nosotros, Dios necesita nuestra colaboración. Él no puede
salvarnos sin la continua conversión de nuestros caminos equivocados: “Si no
os convertís, moriréis todos” (Lc 13,3.5).
Pero
no basta sólo una actitud negativa de conversión (abandonar los caminos
errados), sino una actitud positiva, es decir, la adhesión a la Palabra de Dios
para poder ser transformados desde nuestro interior.
Dios se dirige a cada hombre y cada mujer de un modo muy personal y espera nuestra respuesta. Veamos esto en la escena de la llamada de los primeros discípulos (Mc 1,16-20). Ellos dejan que Jesús entre en su vida cotidiana de pescadores y, con disponibilidad, acogen la propuesta divina. La invitación de Jesús: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” cae en la tierra buena de sus corazones. Los discípulos están dispuestos a abandonar, en las manos de Jesús, su propia vida. Desde este momento de encuentro con Jesús, sus vidas personales y la vida de la comunidad de los discípulos se desenvolverá en torno a la persona del Maestro. Caminando con Él, los discípulos madurarán en la escuela de Jesús para poder realizar, en el futuro, la misión recibida.
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