La palabra de Dios es viva (Heb 4,12), y a través de ella, Dios quiere hacer
algo en mi vida. Él no quiere que su Palabra se quede sin efecto (Is 55,11).
Acogiendo esta continua novedad de Dios, deseo abrirme a la llamada que me
dirige en esta Palabra.
De un modo nuevo resuena en mí la siguiente llamada de Jesús: “Seguidme y
os haré pescadores de hombres” (Mc 1,17). A medida que pasan los años de
mi vida, veo cada vez más claramente que tengo necesidad del fundamento seguro
sobre el que apoyar serenamente mi propia vida. En medio de tantas posibilidades
que se abren ante mí, la única que resulta verdaderamente segura y justa es la
propuesta por Jesús. Cada día Él me invita a caminar sobre este único
camino, según el designio del Padre. Nunca puedo decir que ya he respondido
plenamente a su llamada. La propuesta de Jesús es siempre nueva. Cada nuevo día,
cada nueva situación, dentro o fuera de mí, cada persona, son espacios en los
que Jesús me llama a seguirle. Siempre puedo progresar y entrar más en lo
profundo, para entender y realizar mi llamada personal más plenamente.
Mirando la historia de Pedro, podemos ver el proceso de maduración de este discípulo.
Jesús le llama muchas veces a su seguimiento. Incluso después de la resurrección,
se dirige a él como al comienzo: “sígueme” (Jn 21,19). Pedro, que
ya experimentó la amargura de su propia caída y de la negación del Maestro,
es más consciente de que, para seguir a Jesús, no basta sólo el esfuerzo de
la buena voluntad. Ahora no es el mismo Pedro del principio, demasiado seguro de
sí (cf. Jn 13,37). Ahora él sabe que dejar todo para seguir a Jesús es, ante
todo, un don de la gracia de Dios y un fruto de nuestra apertura y colaboración
con este don.
Jesús no nos deja solos en este camino. Él se hace, realmente, compañero de camino (cf. Lc 24,15). Siguiendo a Jesús, no camino en las tinieblas, porque Él me da la luz de la vida en abundancia (cf. Jn 8,12). El seguimiento de Jesús puede convertirse en una maravillosa aventura, incluso cuando requiera de mí la negación de mí misma y la necesidad de tomar la cruz cotidiana (cf. Mc 8,34). Sólo permaneciendo en Él mi vida dará mucho fruto (cf. Jn 15,5).

“Muéstrame,
Señor, tus caminos,
instrúyeme
en tus sendas” (Sal 25,4)
Señor,
tu llamada es siempre nueva.
Yo
experimento dolorosamente que, a menudo,
mis
caminos no son los tuyos,
y
que mis pensamientos no son
según
la mentalidad de Dios.
Te
pido, Señor, un corazón pobre y humilde
que
se deje guiar y enseñar.
Haz
que cada día retome, con nuevo impulso,
el
camino de discipulado en tu escuela
y,
con gratitud, sepa acoger
la
medida de la luz que viene de Ti.
Señor,
abre mi oído,
para
que aprenda a escuchar
como una verdadera discípula (Is 50,4).
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Úrszula Szymanska, pddm (Polonia)