oración
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oramos
Oración para disponer el corazón
Antes de leer el evangelio, tómate un tiempo para caer en la cuenta de cómo estás, cómo te sientes:
¿Tienes preocupaciones recientes que reclamen tu atención? ¿Te sientes, más
bien, satisfecho/-a o alegre por algo que te ha pasado? ¿Sientes paz, o
intranquilidad? ¿Qué pensamiento o emoción dominante te ocupa?
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Maestro mío, Jesús,
envíame tu Espíritu Santo prometido
para que me explique las Escrituras
y me abra a la salvación que,
como a tantos hombres y mujeres de Galilea,
quieres regalarme hoy.
Marcos 1,29-39
En aquel tiempo, 29al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 30La suegra de Simón estaba con fiebre, y se lo dijeron. 31Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. 32Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. 33La población entera se agolpaba a la puerta. 34Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
35Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. 36Simón y sus compañeros fueron y, 37al encontrarlo, le dijeron:
- Todo el mundo te busca.
38Él les respondió:
- Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí, que para eso he salido.
39Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.
Orientaciones para la lectura
Para leer con atención:
¿En qué región, ciudad y lugares concretos de esa ciudad se desarrolla la
narración?
¿En qué intervalo de tiempo sucede todo?
¿Qué personajes aparecen y cuáles son sus nombres? ¿Cuál es su relación
con Jesús?
¿Qué verbos definen la actividad de Jesús? ¿Qué hace Jesús en el relato?
Pon atención en la reacción de la gente que se encuentra con Jesús. ¿Qué te
parece? ¿Qué crees que buscan en Jesús?
Una posible lectura del evangelio:
Si comenzamos a leer el evangelio de Marcos desde el principio, nos daremos
cuenta de que, desde 1,21 a 1,39, el evangelista hace una pequeña crónica
de un día cualquiera de la vida de Jesús.
El día transcurre en Cafarnaúm, ciudad en la que se habían establecido Simón
y Andrés, Santiago y Juan, los primeros discípulos del Señor. Decimos que allí
vivían porque, al menos Simón y Andrés, tenían allí su casa, como atestigua
el evangelio de hoy. Sin embargo, el evangelista Juan nos informa de que Simón
y Andrés eran de Betsaida, como veíamos hace pocos domingos (cf. Jn 1,44).
Ese día de la vida del Señor que nos cuenta Marcos es un sábado (Mc 1,21), y
la primera actividad que realiza Jesús es ir a la sinagoga a enseñar. Para
Marcos, Jesús es, ante todo, un didaskalos, un Maestro que
enseña con autoridad. ¿En qué se manifiesta esa autoridad? En que la
palabra de Jesús se cumple, realiza lo que dice. La primera experiencia que
nos confirma este poder de la palabra de Jesús es la expulsión de un espíritu
inmundo en la sinagoga. Ésta es la primera intervención pública de Jesús,
según Marcos (cf. Mc 1,23-27).
La reacción de la gente fue de asombro generalizado ante esta manifestación del poder de la palabra: "Todos quedaron pasmados..." (1,27) y "su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea".
Es importante caer en la cuenta de la insistencia de Marcos en subrayar el éxito inicial de la misión de Jesús. Jesús era admirado por todos, en todas partes. Esa especie de revolución entusiasta en torno a su persona se prolongará a los primeros capítulos del evangelio.
Tras el episodio de la sinagoga, que nos revela a Jesús como Maestro, el
evangelio de este domingo nos revela a Jesús como médico o taumaturgo. Jesús
va a casa de Simón y Andrés, junto con Santiago y Juan. Éstos son los
primeros cuatro discípulos de cuya vocación nos ha hablado Marcos poco antes (cf.
1,16-20). En casa de Simón, entra en escena la primera mujer del evangelio
de Marcos, cuyo nombre no se nos dice. Esa mujer nos es presentada en relación
a Simón: es su suegra y está enferma. Jesús se acerca, la toma de la mano
y la levanta. El contacto de Jesús es un contacto vivificante y sanador.
Ante Jesús, que es la Vida, todo signo de muerte retrocede, como si fuera un
enemigo derrotado: "la fiebre la dejó". Entonces ella se puso a
servirles (1,31).
Es significativo este verbo, servir (diakoneo), referido a una mujer. En Mc 15,41 se habla de un grupo de mujeres que "seguían y servían [a Jesús] cuando estaba en Galilea". Ellas eran, por tanto, discípulas y "diaconisas" en la primera comunidad de seguidores de Jesús. Sólo de ellas se dice que realizaron esa "diaconía" en el grupo de discípulos. Esta actitud de servicio, adoptada en primera lugar por las mujeres, contrasta con la actitud equivocada de los discípulos, que discuten por los primeros puestos y ansían el poder en el grupo (cf. Mc 9,33-34; 10, 35-37). A ellos, Jesús tiene que enseñarles que quien quiera ser el más grande y el primero tiene que ser el servidor [diakonos] de todos. Así se parecerán al Maestro, que no vino a ser servido sino a servir (Mc 10,45). Quizá la suegra de Pedro, tras la experiencia de ser "levantada" (= resucitada) de su postración, se transformó en una de esas discípulas y servidoras de Jesús que fueron con él hasta la cruz.
Pero estábamos en Cafarnaúm, y, al atardecer, toda la ciudad estaba
agolpada a la puerta. Le habían traído a todos los enfermos y
endemoniados, y él curó a muchos.
En este momento, ya hay unos personajes que comienzan a proclamar el mesianismo de Jesús: los demonios, a los que Jesús no deja hablar porque le conocían (cf. 1,34). De este versículo nos interesa caer en la cuenta del empeño de Jesús por mantener en secreto su identidad de Mesías de Dios. En semanas posteriores veremos por qué.
Por fin, en la noche, también secretamente, Jesús fue "a un lugar
solitario" para hacer oración (1,35). Asistimos, como testigos
privilegiados, al encuentro de Jesús con su Padre. Aquí no se nos dice cómo
ora Jesús, ni cómo era su relación con el Padre. Eso nos lo contarán con más
detalle Mateo, Lucas y Juan. Mateo y Lucas nos han transmitido la oración de
Jesús: el Padrenuestro (cf. Mt 6,9-13; Lc 11,2-4). Marcos simplemente nos dice
que Jesús, de madrugada, oraba.
"Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti,
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua"
Jesús madrugaba para orar, y estas palabras del salmo 63 pueden ser un reflejo hermoso de los sentires de Jesús al acudir a un "lugar desierto" para encontrarse con el Padre. Recordemos que, aunque Marcos no nos transmite el Padrenuestro, es el único evangelista que nos comunica ese modo particularísimo de dirigirse Jesús a Dios, llamándole "papá", "abbá" (cf. Mc 15,36).
Jesús busca a su Padre, y los hombres buscan a Jesús. Pedro, inoportunamente, va en su busca y, casi con exigencia, reclama: "Todos te buscan". Pero Jesús es un hombre libre, que no quiere anclarse en ningún puerto seguro donde ya es conocido y admirado, sino que tiene clara la voluntad de Padre: no ha venido para eso sino para que el Reino llegue a todos. Por eso recorrió toda Galilea predicando y expulsando demonios, sembrando el Reino por todos los caminos, con palabras y con obras.
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