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Maestro mío, Jesús,
envíame tu Espíritu Santo prometido
para que me explique las Escrituras
y me abra a la salvación que,
como al leproso de Galilea,
quieres regalarme hoy.
Marcos 1,29-39
En aquel tiempo, 40 se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
- Si quieres, puedes limpiarme.
41Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo:
- Quiero: queda limpio.
42La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
43Él lo despidió, encargándole severamente:
- 44No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.
45Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
Orientaciones para la lectura
¿Dónde situamos el pasaje de hoy en el conjunto del evangelio de Marcos?
Estamos al comienzo de la vida pública de Jesús, su ministerio, su misión
como "Mesías", la proclamación de la cercanía del reinado de Dios.
En las partes anteriores a este relato del leproso, Jesús inicia su misión a
través de la predicación de la Buena Nueva de Dios (1,14). Él proclama el
Reino de Dios, no sólo a través de palabras, en la enseñanza (1,21), sino
también a través de obras en la curación de enfermos y en la expulsión de
demonios (1,29-35). Por lo tanto, el relato sobre la curación de un leproso
forma parte de la proclamación de la cercanía del Reinado de Dios.
Para poder entender el mensaje del evangelio de este domingo, es preciso conocer
la situación que padecían los leprosos en la sociedad del tiempo de Jesús.
Según la concepción judía, el leproso era impuro por su enfermedad.
Desde el punto de vista religioso, este hecho lo excluía del acceso a Dios y,
en consecuencia, del pueblo elegido (Lv 13,45 s). Era, asimismo, transmisor
de impureza, lo mismo a personas que a objetos. La lepra se consideraba como
"la hija primogénita de la muerte" (Job 18,3). El leproso quedaba
fuera de la sociedad, temerosa ésta de verse físicamente contagiada y
religiosamente contaminada. Estaba obligado a avisar a gritos de su estado de
impureza, para que nadie se acercase a él, y tenía que vivir en descampado (Lv
13,45 s). Era, en cierto modo, un maldito, un castigado por Dios. Por eso, se
prohibía a los leprosos el acceso al templo. Sólo el poder de Dios había
podido curar la lepra (Nm 12,11-15; 2 Re 5,9-14), por medio de Moisés y Aarón
(Nm 12), o de Eliseo (2 Re 5,1-19).
Desde aquí podemos entender por qué el leproso dijo a Jesús: "puedes
limpiarme" (1,40), y no: "puedes curarme". Los judíos
consideraban a la persona afectada por una enfermedad de la piel, más o menos
repugnante, impura. Por ello el leproso pidió una limpieza y no una
curación. Además, esta impureza causaba la separación de Dios. Por eso, la súplica
del leproso significa, no solamente una petición de curación física, sino
espiritual, la recuperación de la cercanía de Dios.
Por otra parte, al ser considerados también como transmisores de impureza, los
leprosos eran rechazados y marginados. De hecho, según la doctrina oficial judía,
apoyada en las prescripciones de la Ley, no había para el leproso la
posibilidad de acceso a Dios ni a su Reino. Pero la proclamación de Jesús
en toda Galilea abre para él un horizonte de esperanza. El deseo de salir de su
miseria y marginación vence el temor a infringir la Ley, y se acerca a Jesús,
sin respetar la distancia que, según lo prescrito, debía mantener. Su postura,
"de rodillas" (1,40), expresa su propia angustia y, posiblemente,
intenta prevenir que Jesús castigue su trasgresión.
El leproso no pide a Jesús que le toque, ni siguiera directamente que le
limpie. Su actitud es humilde e insistente, "si quieres, puedes
limpiarme". Es una súplica que manifiesta únicamente su absoluta
confianza en el poder de Jesús. Desea que elimine el obstáculo que lo
priva del amor de Dios y le impide participar en el Reino que se anuncia
(1,14-15). Lo que le interesa, ante todo, es conseguir su relación con un Dios
que lo rechaza.
¿Qué hizo Jesús respecto a la súplica del leproso? Conmovido, con
compasión, extendió la mano y tocó lo intocable según la Ley. Le
dijo, "quiero, queda limpio" (1,41). La finalidad del gesto es
"tocar", procurar el contacto físico con el leproso, prohibido por la
Ley, que marcaba así la marginación religiosa y social. Jesús niega con su
gesto que Dios excluya de su favor al leproso, es decir, invalida el
fundamento teológico de la impureza. Al mismo tiempo, hace presente la acción
divina que saca de la opresión a los marginados.
Al "tocar" lo intocable (la Ley) y al intocable (el leproso), ¿qué
mensaje nos comunica el evangelio y qué consecuencias para nuestra vida? El
leproso, al acercarse a Jesús, viola la Ley. Jesús completa la violación cometiendo
él mismo una trasgresión (Lv 5,3; Nm 5,2). Con esto, le hace ver que la Ley,
al imponer la marginación, no expresa el ser ni la voluntad de Dios. El
obstáculo que impedía al leproso conocer el amor de Dios era la Ley misma, que
inculcaba la idea de un Dios discriminador. Pero la acción de Jesús
manifiesta que la distinción entre puro e impuro consagrada por la Ley no tiene
vigencia para Dios.
¿Por qué Jesús
le encarga al leproso que se presente a un sacerdote «para que les sirva de
testimonio» (v.44) y, sin embargo, le prohíbe severamente que hable de ello a
nadie? ¿No es una contradicción? La prohibición de hablar de ello puede
deberse a varios motivos según dicen los diversos autores. Un motivo es el
llamado «secreto mesiánico», es decir, el propósito de Jesús de mantener
oculta su mesianidad. Jesús quiere ocultar su dignidad y divinidad y
realizar su empresa misionera únicamente como siervo obediente de Dios, aunque
irradia de él una fuerza poderosa que arrastra hacia él a las multitudes. Según
otros autores, Jesús manda guardar silencio al leproso porque antes de hablar,
“tiene que tomar plena conciencia de la total oposición que existe entre
el proceder de Dios y el de la institución religiosa.” Al percibirla,
tendrá que concluir que ésta no representa a Dios ni habla en su nombre,
y se emancipará de ella para siempre. Por eso debe comparar la aceptación
gratuita de Dios que ha experimentado en Jesús con los penosos ritos de
aceptación que impone el sistema religioso. Para ello, debe ir a presentarse al
sacerdote, representante y mediador de Dios según la religión judía, quien lo
sometería a un minucioso examen y ofrecería los sacrificios.
Por lo tanto, la
orden de “silencio” de Jesús al leproso tiene una razón muy
importante. Jesús quiere liberarle de su marginación, pero quiere primero
liberarle de sí mismo. El leproso es el tipo de marginado que acepta su
marginación, considerándola justa y querida por Dios. La lepra/marginación
estaba causada por el sistema, pero era real, porque el individuo la creía
justa. Por eso, no bastaba una liberación exterior ni arreglar su situación
dentro del sistema, que podría marginarlo de nuevo. Tiene que comprender que el
sistema es injusto e independizarse de él, liberarse interiormente negando toda
credibilidad a la institución judía y a la Ley marginadora.
Para Jesús, el
leproso tiene que saber que toda la legislación sobre lo puro y lo impuro son
preceptos humanos, no divinos. No es Dios el autor de la discriminación ni se
puede marginar a nadie en su nombre. Al promulgar estas prescripciones, Moisés
no reflejó la voluntad de Dios, sino que cedió a la dureza del pueblo y
denunció su falta de misericordia (cf. 10,5).
Después de
experimentar su liberación, ¿qué hizo el leproso?
La experiencia del amor de Dios, del que pensaba estar excluido, y la libertad
definitivamente adquirida causan en el hombre una alegría incontenible. Es la
alegría de la liberación. Por eso, el leproso «se puso a proclamar y a
divulgar el mensaje». Se convierte en anunciador no del mero
hecho sucedido, sino del mensaje contenido en él: Dios no es como se lo
habían presentado; Él no discrimina entre los hombres sino que ofrece a
todos su amor y llama a todos a su Reino. Comienza el mensaje de la
universalidad, por el momento en el interior de Israel. Se perfila la
apertura a los paganos, considerados impuros por la institución judía.
¿Qué
consecuencias tuvo para Jesús el anuncio del mensaje por parte del leproso? «...Jesús
no podía ya entrar manifiestamente en ninguna ciudad sino que se quedaba fuera,
en despoblado...» (v.45b). El mensaje anunciado por el antes leproso acarrea como
consecuencia la marginación de Jesús mismo. El que elimina la lepra, es
decir, saca de la marginación, se ha convertido en un impuro para la Ley, en un
marginado para la religión y la sociedad. Por eso, Jesús no puede entrar
abiertamente en ninguna población importante. Se queda fuera, en despoblado,
como un leproso.
Sin embargo, se
produce una consecuencia inesperada: acude a Jesús gente de todas
partes (v.45b). No se indica que sean leprosos. Pero el uso del mismo
verbo griego empleado para el leproso y para la gente (v.40: «acudió a él un
leproso»; v.45b: «acudían a él») hace ver que también estos innominados
son marginados por la sociedad judía. Por lo tanto, los que acuden no piden
curaciones ni enseñanza, sino muestran su adhesión a Jesús, al que pone
fin a la discriminación entre puros e impuros y afirma el amor universal
de Dios. La marginación que sufre Jesús les asegura que está con ellos.
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