1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

        Un día, estaba yo rezando en la capilla de unas monjas de clausura. De repente, un hombre se me acercó y me preguntó si podía escucharle. Junto a la natural sorpresa, lo que sentí, en principio, fue miedo, porque aquel hombre tenía la ropa sucia y sus ojos estaban rojos por el vino... Pero me quedé y dije que sí, que podía escucharle. Me contó que era un ex-presidiario y que acababa de salir de la cárcel. Quería empezar una vida nueva. Buscaba trabajo pero nadie le quería aceptar. Cada vez que decía que era un ex-presidiario, le rechazaban y decían que no había trabajo para él. Se sentía muy mal y me preguntó cuál era la causa de ese rechazo. En ese momento, no supe qué decirle. Quería ayudarle, pero no pude hacer nada más que ofrecerle un bocadillo que llevaba para merendar. No lo aceptó; me dijo que le bastaba con que le hubiera escuchado y me pidió que rezara por él. Se marchó y me dejó con un sentimiento de tristeza y de impotencia al no haber podido hacer nada por él, algo que mejorara su vida.

        El evangelio de este domingo me hizo recordar esa experiencia. Creo que los prisioneros o ex-presidiarios son unos de los colectivos sociales que, a veces, consideramos como si fueran “leprosos”. Cuando sabemos que han salido de la cárcel por un delito que han cometido, rara vez confiamos en ellos, y apenas perdemos tiempo en hablar con ellos para saber cómo se sienten y para comprender por qué les sucedió la tragedia de cometer un pecado grave contra un miembro o unos miembros de la sociedad. 

        Mientras hacía la Lectio del evangelio, no podía evitar recordar a las personas que la sociedad a veces trata como si tuvieran una “impureza” o una “enfermedad contagiosa”. Les rechazamos, les tememos, les degradamos con nuestras actuaciones desagradables e inhumanas. Hace poco, por ejemplo, salió en el periódico (un día del mes de enero de 2003) que unos jóvenes, en Barcelona, quemaron a un mendigo. Cuando lo supe, no pude evitar sentir una ira muy profunda hacia esos jóvenes aunque, por otra parte, dejé un espacio en mi interior para intentar comprender también qué les llevó a hacer algo como eso.

        ¿A tu alrededor, quiénes son los marginados, los que la sociedad considera “impuros” y poseedores de una “enfermedad contagiosa”? ¿Qué haces para liberarlos de su situación oprimida? ¿Crees que puedes hacer algo por ellos o te sientes incapaz de actuar? ¿Tienes miedo de “tocar lo intocable” porque sabes que la gente te puede marginar también como a ellos?  

        En el evangelio, Jesús nos da un ejemplo. Él TOCÓ LO INTOCABLE Y A QUIEN ERA SOCIALMENTE INTOCABLE. No tuvo miedo, aunque sabía que eso le podía acarrear rechazo por parte de muchos. Y de hecho, cargó con la consecuencia de su acción de “tocar lo intocable”: fue marginado también. Pero su marginación le ayudó a comprender mejor a los marginados, y a sentir una compasión más real hacia ellos. A través de sus enseñanzas y obras, Jesús nunca se cansaba de trabajar para poner fin a la discriminación entre puros e impuros y para afirmar el amor universal de Dios.

 

3. Oramos

Con la oración escrita por el sacerdote Santiago Alberione, fundador de la Familia Paulina (cuya beatificación será el 27 de abril de este año), vamos a rezar a Jesús, el Divino Maestro, para que podamos seguir su ejemplo, sobre todo sus actitudes liberadoras hacia los marginados de nuestra sociedad. 

Jesús, Divino Maestro,

te adoramos como al "amado" del Padre,

único "camino" para llegar a él.

Te damos gracias 

porque te has hecho nuestro modelo,

nos has dado ejemplo de santidad,

e invitado a todos

a seguir tu mismo camino.

 

Te contemplamos en los diversos momentos

de tu vida terrena; 

dócilmente nos ponemos a tu escuela,

abrazamos todas tus enseñanzas

y rechazamos toda actitud

que no sea conforme a la tuya.

 

Atráenos a ti, para que busquemos

únicamente tu voluntad,

siguiendo tus huellas

y renunciando a nosotros mismos.

 

Acrecienta en nosotros la esperanza activa

y el deseo de asemejarnos a ti,

para que, al final de la vida,

podamos poseerte

por toda la eternidad. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

Cecilia Payawal, pddm (Filipinas)