1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

El texto de Marcos 2,1-12 nos plantea dos interrogantes:

  ¿Cómo comprendo y acojo el perdón de Dios que Jesús me ofrece? ¿Siento necesidad de él? ¿Cuál es la parálisis más grande que no me permite vivir la vida con plenitud? También a mí, Jesús me dirige su mirada y dice: "hijo, hija, tus pecados te son perdonados". La Palabra de Jesús está llena de la fuerza de Dios. Escuchándola con fe podemos experimentar su perdón lleno de amor.

  ¿Cuáles son mis relaciones con mi familia y mi comunidad? ¿Soy indiferente a los otros, como la multitud, o quizá cerrado y duro, como los escribas? Pero podría intentar adoptar la actitud de los cuatro hombres que llevaban la camilla, que se sienten responsables de quien sufre una parálisis. Ayudando a los otros, nosotros mismos recibimos la bendición en abundancia y nos convertimos en colaboradores de Dios. 

El paralítico, signo de la humanidad nueva resucitada

        Lo central del evangelio de hoy es el dicho de Jesús sobre el Hijo del hombre, que tiene poder para perdonar pecados: "Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados..." (2,10). Jesús, en cuanto Hijo del hombre, habla y actúa con una autoridad que obra novedad de vida en aquellos a quienes sana-salva. La sanación que él obra en quienes se acercan a él con fe es, a la vez, salvación, porque renueva a toda la persona en su raíz. El cuerpo y el espíritu, o mejor, el "espíritu encarnado" que somos, queda habilitado para una nueva vida, transformada, "levantada", en cierto modo "resucitada", capaz de "cargar con" y de "hacerse cargo" de sus propias postraciones.

        La vida transformada de aquel que se encuentra con Jesús, Salvador del hombre entero, es testimonio eficaz del Dios, Amigo de la vida, y provoca, en quienes lo ven, asombro y alabanza.

        Hay una novedad desconcertante en Jesús, manifestada en palabras y obras a lo largo de todo el evangelio y, especialmente, en los pasajes que presentan un fuerte contraste entre las expectativas de los diversos grupos de personas sobre él (gente, discípulos, fariseos...) y el desajuste de su persona y actuación a esas expectativas. En la sección de Mc 2,1-3,6, ese desajuste y las tensiones que origina desemboca en la decisión de acabar con Jesús. Y es que él es un "hombre" que dice perdonar pecados (2,10), que come con publicanos y pecadores, rescatando al centro de la vida social y religiosa, la periferia marginada y rechazada (2,15), que se dice "vino nuevo", incapaz de ser contenido por estructuras caducas e incapaces de salvar (2,22), que se autoproclama "señor del sábado" (2,27-28), que subraya la primacía absoluta del hombre sobre la ley (3,1-6).

        En todos estos pasajes, Jesús revela implícitamente su cercanía y relación única con Dios, al que llama Abbá (Mc 14,36) y su amor al hombre. Revela que es "algo más" que un hombre. Implícitamente está diciendo que es el "Mesías de Dios", un Mesías distinto a todo lo posiblemente esperado. La Buena Nueva de Dios (1,14), que Jesús proclama y actúa, es la salvación integral para la creación de una humanidad nueva, uno de cuyos exponentes, dentro de la limitación y la fragilidad de lo inmanente e histórico, es el paralítico perdonado y curado.

 

3. Oramos

 

a) Oración personal

 

Jesús, verdadero Hijo del hombre,

ayúdame a acoger tu perdón.

Abre mi corazón,

para que pueda experimentar

la fuerza de tu Palabra

que hace florecer la vida en el desierto.

Hazme sentir tu voz, que dice:

"hijo, hija, tus pecados están perdonados".

Dame tu fuerza para el camino

hacia el Padre.

 

b) Salmo 32 (31)

 

Dichoso el que está absuelto de su culpa,

a quien le han sepultado su pecado;

dichoso el hombre a quien el Señor

no le apunta el delito.

 

Mientras callé se consumían mis huesos,

rugiendo todo el día,

porque día y noche tu mano

pesaba sobre mí;

mi savia se había vuelto un fruto seco.

 

Había pecado, lo reconocí,

no te encubrí mi delito;

propuse: "Confesaré al Señor mi culpa",

y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

 

Por eso, que todo fiel te suplique

en el momento de la desgracia:

la crecida de las aguas caudalosas

no lo alcanzará.

 

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,

me rodeas de cantos de liberación.

 

 

 

 

 

Judyta Pudelko, pddm (Polonia)