oración
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oramos
Oración para disponer el corazón
Maestro mío, Jesús,
envíame tu Espíritu Santo prometido
para que me explique las Escrituras
y me abra a la salvación que,
como a tantos hombres y mujeres de Galilea,
quieres regalarme hoy.
Marcos 2,18-22
En aquel tiempo, 18los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús:
- Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?
19Jesús les contestó:
- ¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. 20Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán.
21Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor.
22Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.
Orientaciones para la lectura
Contexto
litúrgico
Este
domingo, VIII del Tiempo Ordinario, ya a las puertas de la Cuaresma, tiene una
característica muy particular. La liturgia de la Palabra es toda ella una
invitación a vivir en la "novedad" que nos trae Cristo Jesús.
Nos
introduce en esta "novedad", la
primera lectura tomada del profeta Oseas. Sabemos que en la reforma del
Leccionario llevada a cabo por impulso del Vaticano II, ha habido un interés
particular por buscar una relación más o menos directa y explícita entre la
primera lectura de la misa - tomada casi siempre del Antiguo Testamento - y el
pasaje evangélico. Hoy esta conexión es perfecta.
El
profeta recuerda "el tiempo de la juventud" de Israel, el
tiempo de la fidelidad, cuando "conoció" al Señor, tuvo experiencia
de su amor fiel y misericordioso, que lo acompañaba a través del desierto. Por
eso, el Señor se propone volver a llevar al desierto a su pueblo, atraerlo con
lazos de amor y ternura para hablar a su corazón, para que, abandonados todos
los "baales", los dioses extranjeros, Israel, como en los días de su
juventud, vuelva a "conocer" a su Dios y a entregarse a él en
fidelidad plena.
La
intimidad de la alianza renovada, después de las pruebas del destierro, será
como un nuevo "matrimonio": Yahvé será el único Dios de
Israel y éste será la esposa amada, el pueblo fiel. El amor del Dios fiel,
compasivo y misericordioso, producirá en su pueblo el "conocimiento",
la experiencia, la respuesta "como en los días de su juventud, como el día
en que Dios los sacó de Egipto" y los atrajo hacia sí (cf. Ex 19, 4).
Con
el salmo responsorial, (el salmo 102), la comunidad celebrante canta, en
respuesta meditativa, este amor de Dios, que es perdón, ternura y misericordia.
La
asamblea, que ha escuchado las promesas del Señor a través del profeta Oseas,
quiere ahora bendecirle con todo su ser. Se promete no olvidar los beneficios
del Dios que perdona todas las culpas y cura toda enfermedad.
Una vez más, en este texto sálmico, el Señor es definido con las cualidades de "compasivo y misericordioso", que le han caracterizado ya a lo largo del AT, comenzando con el libro del Éxodo 34, 6-7, antes de la renovación de la Alianza con Moisés.
El
relato evangélico
Nos
encontramos, como el domingo pasado, en el capítulo segundo del evangelio de
san Marcos. Después de la discusión con los escribas de los fariseos en torno
a la comida con los pecadores, el evangelista nos presenta una nueva discusión
entre Jesús, los fariseos y los discípulos de Juan el Bautista sobre el ayuno.
Sabemos
que en la Biblia estaba prescrito como obligatorio el ayuno del "gran Perdón",
el Yom Kippur (Cf. Lev 16,29). Pero, en tiempos de Jesús, el piadoso israelita
ayunaba además regularmente dos veces por semana: el lunes y el jueves. Lo
recuerda bien el fariseo de la parábola cuando cuenta a Dios sus
"fidelidades": "ayuno dos veces por semana" (Lc 18,12).
Probablemente,
el día en que los fariseos plantean la cuestión al Rabí de Nazaret coincidía
con uno de esos días de "ayuno suplementario", con el que los
fariseos y los discípulos de Juan querían disponerse a la venida del Mesías,
apresurar su venida.
La
respuesta de Jesús no creo que condene el ayuno ni a los que lo hacen.
Simplemente amplía los horizontes, con unas palabras también más comprensivas
y humanas respecto a sus discípulos. No dice si debían o no ayunar. Ofrece una
motivación más profunda, que es invitación a que "los piadosos
israelitas y los discípulos de Juan", que están cumpliendo con lo que
sienten es su deber, caigan en la cuenta de que algo "nuevo" está
sucediendo, ha sucedido ya con la venida de Cristo.
La
gran "novedad" es Cristo, es Jesús, "el novio, el esposo"
que está
con ellos, está con los discípulos, está con todo el que quiera
reconocerle. El Mesías esperado, el esposo de Israel, ya está en medio de
ellos, aunque ellos no lo reconozcan.
Me
gusta recordar aquí un texto de San Ireneo. Comentando precisamente este texto
evangélico, en el Tratado contra las herejías, se pregunta: ¿Qué
de nuevo nos ha traído el Señor con su venida? Y responde: Sabed
que trayéndose a sí mismo, nos trajo toda novedad, él que previamente había
sido anunciado. Y lo que se predicaba era esto: que la Novedad vendría a
innovar y a vivificar al hombre. ... Él con su venida lo ha plenificado todo y
aún hoy sigue plenificando en la Iglesia hasta la consumación final, la nueva
Alianza preanunciada por la ley".
Después
de su explicación, Jesús Maestro dice a sus interlocutores, refiriéndose a
quienes le están siguiendo: "Días
vendrán en que les sea arrebatado el novio; entonces ayunarán".
Con
estas palabras, el Señor Jesús está anunciando su misterio pascual: su tránsito
de este mundo al Padre.
En la espera de la segunda venida del Señor, de su venida definitiva, "los discípulos de Jesús ayunarán", ayunaremos en vigilante espera, suplicando: ¡Ven, Señor Jesús!
Pero
también en este tiempo intermedio, nosotros sabemos que Cristo Jesús cumple su
promesa de estar con nosotros (cf. Mt 28,20) "todos los días hasta el fin
del mundo". Esto es una prueba más de que el ayuno cristiano tiene una
perspectiva nueva: la de ser "profecía" de la voluntad de
conversión, de fidelidad al Señor misericordioso y fiel. De ello nos hablará
la liturgia de este tiempo de Cuaresma que estamos para iniciar.
El
ayuno cristiano quiere ser, además de llamada a la conversión continua, también
intercesión por las necesidades del mundo.
El pasaje evangélico pone luego en boca de Jesús unas palabras que bien podemos considerarlas como continuación de la respuesta dada por él a sus interlocutores: La conclusión coincide en el mismo sentido de la necesidad de adaptarnos a la "novedad" que el Señor nos trae: "el vino nuevo en pellejos nuevos".
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