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Oración para disponer el corazón
Con
corazón dócil, quiero ponerme a la escucha de la Palabra de Dios de este
domingo XV del Tiempo ordinario.
Me digo a mí misma las palabras del salmista: “Voy a escuchar lo que dice
el Señor”.
Para conseguir escuchar, necesito un corazón libre, abierto, y sólo el Espíritu
lo puede crear.
Con la aclamación del versículo antes del Evangelio, invoco también,
para mí y para cuantos en este día escucharemos esta Palabra de salvación,
cuanto san Pablo pide para los cristianos de la comunidad de Éfeso:
“
... el Dios de nuestro Señor
Jesucristo, el Padre de la gloria,
os
conceda espíritu de sabiduría y de revelación
para
conocerle perfectamente;
ilumine
los ojos de vuestro corazón
para
que conozcáis la esperanza
a
la que habéis sido llamados por Él” (Ef
1, 17-18).
Marcos 6,7-13
7 En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. 8 Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; 9que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
10Y añadió:
- Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. 11Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos, sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.
12 Ellos salieron a predicar la conversión, 13echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Orientaciones para la lectura
La mesa de la Palabra de este domingo se presenta especialmente rica.
Una Palabra que tiene todo el sabor de llamada, vocación, envío, misión.
La misión de los Doce aparece en este texto evangélico en la versión de
Marcos con unas pinceladas características.
Ya en el capítulo 3, 13-18 Marcos había hablado de la “llamada” y de la
“institución de los Doce” subrayando, con expresiones que no encontramos en
los otros Sinópticos, que Jesús “llamó a los que él quiso (...) para
que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar”.
En esta primera llamada, el evangelista menciona también el poder de “expulsar
los demonios”, que en el evangelio de este domingo XV del T.O. será más
explícito.
La primera lectura (Am
7,
12-15), prepara a la proclamación del evangelio, presentando la vocación profética
de Amós. A los discípulos, Cristo Maestro les anuncia la posibilidad de que
alguien no les acoja y reciba mientras van anunciando la buena noticia,
expulsando demonios y curando a muchos enfermos.
En el profeta veterotestamentario, ya no se trata de una posibilidad, sino de la
realidad cruda del rechazo expresado nada menos que por “Amasías, sacerdote
de Casa-de-Dios”: “Vidente, vete al país de Judá (...) profetiza allí.
Pero en Betel no sigas profetizando, porque es el santuario real y la Casa del
Reino”.
Amasías teme las palabras de Amós, las consecuencias desastrosas para el
pueblo. Los oídos que no quieren escuchar la llamada a la conversión prefieren
siempre sacudir el yugo y tapar sus oídos para evitar complicaciones.
La segunda lectura
(cf. Ef 1, 3-14) nos eleva a otro
nivel, siempre, de todas formas, en sintonía con lo que considero la palabra
clave de la liturgia de la Palabra de este domingo: llamada, elección.
Aquí la elección se convierte en “bendición”: damos gracias a Dios Padre en la persona de Cristo, porque nos ha elegido por pura iniciativa suya, nos ha destinado a ser sus hijos, ha derrochado con nosotros/as la obra de su redención y el perdón de los pecados. En Cristo, nos ha marcado con el Espíritu Santo de la promesa.
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