1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

Jesús llamó a los Doce.

        Al comienzo de su evangelio, hablando de la institución de los Doce, Marcos recuerda sus nombres y la misión que el Maestro les confía: estar con Jesús y predicar la buena noticia. Aquí, el evangelista recuerda ya claramente sólo el nombre del grupo: “los Doce”. Éste será el grupo de los discípulos que seguirán a Jesús, “desde el principio” hasta la cruz y hasta la ascensión al cielo.

        Los va enviando de dos en dos: El verbo en la forma de gerundivo puede indicar que Jesús no les envió a todos, con un acto puntual, sino que los “fue enviando” poco a poco. Y los envía no en solitario, sino en comunidad: de dos en dos.

        Este detalle me parece importante. Puede indicar que la misión apostólica, toda misión en la Iglesia, no es un acto individual en el que emergen las cualidades del enviado o por lo menos éstas no son el elemento prioritario; es la comunidad eclesial la que es representada, la que es enviada a evangelizar. En efecto, “no nos predicamos a nosotros mismos”, sino la buena Noticia de Jesús. Y ésta se ha confiado a la Iglesia, a la comunidad.

        El Maestro los envía “ligeros de equipaje”: bastón, sandalias y una túnica sola. Pero les comunica algo que vale mucho más que el equipaje y que ciertamente no se paga con dinero: autoridad sobre los espíritus inmundos. Este “poder” es  fundamental para realizar la misión liberadora y sanante de Jesús, el buen Samaritano, el buen Pastor que vino a dar su vida para nuestra salvación, para la salud integral de todos los hombres y de todo el hombre.

        Para acoger la buena Noticia de la salvación, es indispensable estar libres por dentro, libres de toda forma de esclavitud, sanos. 

        Los apóstoles acogen las consignas de Jesús y se ponen a predicar la conversión, echando muchos demonios. Inician su misión con el mismo contenido de la misión de Jesús; también él comienza diciendo: ¡“Convertíos”! (cf. Mc 1, 15). 

        El evangelio de Marcos, en este capítulo 6, presenta luego una característica propia: “ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”. Este pasaje servirá a los liturgistas para hablar sobre la unción de los enfermos, aunque este texto no quiere probar la existencia del sacramento de la unción, ni el rito litúrgico, sino más bien puede ser referencia al uso de los judíos y de muchos otros pueblos mediterráneos, que se valen de las cualidades fortalecedoras y curativas del aceite.

        Una vez más, se pone en evidencia cómo la salvación, la salud que produce Jesús y que también sus discípulos realizan “en el nombre de Jesús el Maestro y Señor”, se sirve de los elementos materiales, que en la historia de la salvación serán “signos” sensibles de la salud integral que Dios quiere para todo hombre y toda mujer, “para que seáis felices”, como dice a su pueblo en Dt 5,33. 

 

3. Oramos

 

Al inicio me puse ante la Palabra de Dios con el deseo de escucharle en profundidad, de que su Palabra impregne toda fibra de mi ser.

        Le he pedido y le sigo pidiendo que no sólo escuche la Palabra con los oídos, sino con el corazón. Que el encuentro de cada domingo sea no sólo con la palabra escrita, sino con Él, el Maestro, que es el Verbo del Padre, la Palabra encarnada.

 

Por eso, de nuevo ahora me digo, con el salmo responsorial de este domingo:

“Voy a escuchar lo que dice el Señor:

Dios anuncia la paz

a su pueblo y a sus amigos”

(sal 84)

 

        Y, puesta ya en actitud de oración profunda, alabo y bendigo a la Trinidad santa, poniendo de segunda persona el cántico de Pablo que hoy la Iglesia nos ofrece como segunda lectura:

 

Bendito seas, Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que nos has bendecido en la persona de Cristo

con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales.

Tú nos has elegido en la persona de Cristo – antes de crear el mundo –

para que fuésemos santos e irreprochables ante Ti por el amor.

Nos has destinado en la persona de Cristo – por pura iniciativa tuya –

a ser tus hijos,

para que la gloria de tu gracia,

que tan generosamente nos has concedido en tu querido hijo,

redunde en alabanza tuya.

Por este Hijo, por su sangre,

hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

El tesoro de tu gracia, sabiduría y prudencia

ha sido un derroche para con nosotros,

dándonos a conocer el misterio de tu voluntad.

Éste es el plan que habías proyectado realizar por Cristo,

cuando llegase el momento culminante:

recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.

(...)

Y así nosotros, los que ya esperábamos en Cristo,

seremos alabanza de tu gloria.

 

 

 

 

 

 

Concepción González, pddm (España)