En la parte de la meditatio, puedo mirarme a mí misma a la luz de esta Palabra de Dios. Esto debería ser el objetivo de mi continuo esfuerzo espiritual, para que la Palabra pueda influir realmente sobre mi vida. De no ser así, podría sucederme como a aquel terreno pedregoso en el que la Palabra calló y fue infecunda (Mt 13,20). Quizá escucho la Palabra y la acojo con alegría, pero cuando llego a las consecuencias prácticas, dejo de esforzarme para no reconocer mi verdad y trabajar sobre mí misma.
Así pues, me pregunto qué quiere Dios hacer de mi vida a través de su Palabra (cf. Is 55,11). Mi atención se centra en la relación entre Jesús y sus discípulos. Veo que Jesús, cumpliendo su misión de proclamar la cercanía del Reino de Dios, al mismo tiempo no descuida la obra de la formación de sus discípulos. Él podría multiplicar los panes sin implicar en ello a sus discípulos. Pero los implica en el cumplimiento de su propia misión. Así resulta claro que Dios, en el cumplimiento de su designio, espera y, en cierto sentido, tiene necesidad, de mi disponibilidad a colaborar con Él. Con el poco tiempo que poseo, con mis límites y con mis miserias, puedo contribuir al cumplimiento de su obra de salvación. Por esto me siento invitada a la confianza más grande en el poder de su gracia, que se revela especialmente en mi debilidad (cf. 2 Co 12,9). Porque sin Jesús no puedo hacer nada (cf. Jn 15,5). Y esta colaboración no puede ser adaptar a Dios a mi modo de ver la realidad, a mis proyectos o a mis expectativas. Sólo el proyecto de Dios es justo. Por eso reconozco que tengo necesidad de una continua purificación para poder colaborar con Dios aún más eficazmente. Y Él me purifica a través de las pruebas, pequeñas y grandes, que encuentro en mi vida. Las pruebas constituyen una parte de mi camino formativo como discípula de Jesús. Descubro que estas pruebas pueden ser también ciertas personas y situaciones cotidianas difíciles para mí, que pueden aquilatar mi fe, mi esperanza o mi caridad. Dios me invita a aprender continuamente a acoger estas dificultades cotidianas como lugar en el que Él cumple la obra de mi santificación y también la de los otros. Es entonces cuando estas situaciones pueden llegar a ser posibilidades de enraizarme más en Jesús (cf. Col 2,7).
¡Que
te alaben, Señor, tus criaturas,
que
te bendigan tus fieles!
Los
ojos de todos te miran esperando;
tú
les das a su tiempo el alimento.
Tú
abres la mano
y sacias de bienes a todo viviente (Sal 145, 10.15-17)

¡Oh
abismo de riqueza, de sabiduría
y
de ciencia el de Dios!
¡Cuán
insondables son sus designios
e
inescrutables sus caminos!
(…)
Porque de Él, por Él y para Él
son
todas las cosas.
¡A Él la gloria por los siglos! Amén (Rom 11,33.35)
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Oh
Dios, Padre bueno,
te
adoro y glorifico, porque en tu sabiduría llena de amor,
me
das todo lo que necesito para vivir y crecer
a
nivel humano y espiritual.
Incluso
cuando algo me falta,
tú
no dejas de cuidarme.
Te
doy gracias por las personas que me rodean
y
que siempre son Tu Don para mí.
Te
doy gracias por los momentos alegres y dolorosos,
que,
día tras días, conforman mi historia personal.
Te
pido el don de la disponibilidad
hacia
tu proyecto de amor, siguiendo el ejemplo de María,
la
sierva del Señor,
que
colaboró plenamente en la obra de tu Hijo.
Amén.
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Úrszula Szymanska, pddm (Polonia)