1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

“Yo soy el pan bajado del cielo”, hermosa afirmación de Jesús que abre y cierra el texto evangélico de hoy.

        Jesús se ha presentado, ha dicho quién es, una vez más nos habla de él, nos revela uno de sus muchos nombres. Y Jesús no utiliza títulos humanos para deslumbrar a sus oyentes y seguidores, simplemente manifiesta quién es; quiere ser conocido, desea que sepan quién es Aquel a quien buscan y acompañan. Por eso, una vez más se da a conocer. Y también, de nuevo, los judíos no cesan de criticarlo. ¡Cuánto les molesta que Jesús se proclame nada menos que procedente del cielo! Ya han visto sus obras, han oído sus palabras y sus confesiones y no lo soportan; les fastidia que les supere de un modo tan admirable, les supera tanta maravilla y sólo saben responder aferrándose a argumentos meramente humanos.

 

        “Yo soy el pan bajado del cielo”

¿Cómo aceptar algo tan grande con una mirada corta y superficial?,

¿cómo asumir una verdad tan deslumbrante con una mente tan estrecha?,

¿cómo dejarse interpelar por la Palabra con un corazón tan esclerotizado y cerrado?

 

        Yo soy”, dice Jesús; realmente Él es, El sí que es, es el que permanece, es el que Vive; es un hombre de firme personalidad y carácter, un hombre entero y pleno, y es también el Dios que se ha acercado a sus criaturas para mostrarnos cómo ser, cómo crecer, cómo madurar, cómo caminar para llegar a ser.

         Yo soy”, ¡qué bueno poder decirlo y mejor aún sentirlo y vivirlo! ¡Qué gran gozo sentir un Yo que es y no se pierde! Jesús es, Jesús tiene un yo y es, sabe que es y sabe quién es.

 

         Yo soy el pan”. Jesús se hace y es lo más cotidiano para el hombre. Jesús se ha hecho lo más cercano, lo más entrañable e incluso lo más corriente para el hombre, lo que el hombre a veces ni aprecia. Jesús se hace pan para el ser humano. Sí, se hace pan para poder llegar a nosotros. No sería necesario si no fuera por nosotros, pero continúa su dinámica encarnatoria, se sigue abajando para que podamos acercarnos y llenarnos de Él.

         Y no es un pan, Él es el pan, el único pan que alimenta saciando. Sólo Cristo es el Pan. Nada ni nadie puede satisfacer las ansias del ser humano, nada ni nadie podrán llenar el corazón del hombre en su continua búsqueda. Por más que acudamos aquí o allá e intentemos acallar nuestra hambre, sólo Cristo, “el bajado del cielo”, podrá responder plenamente con el amor y la gracia del Padre a nuestra honda finitud .

 

         Pero los judíos están empeñados en reducirlo a mero hijo de dos conocidos de Nazaret y sólo ven en él al Jesús humano, nacido de la carne, nacido de la ley. Los judíos conocen bien a su padre y a su madre, no necesitan abrirse al Espíritu, como nosotros cuando nos aferramos a nuestros cálculos y no permitimos que el Espíritu se salga con la suya y nos lleve de aquí para allá como el viento, “que no sabes de dónde viene ni a dónde va, como todo lo que nace del Espíritu” (Jn 3,8).

         "¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” No pueden creer lo que oyen, el hijo del carpintero se proclama ahora venido del cielo. No le basta cualquier título, el hijo de José dice ser divino y además pretende que lo crean, lo anuncia abiertamente. Pero si lo han visto crecer, ¿cómo dice ahora estas cosas? Los judíos no salen de su asombro y no pueden comprenderlo porque no han nacido de lo alto, no han recibido el Espíritu. Ya se lo dijo aquella noche Jesús a Nicodemo “el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3,3). Aquel fariseo que buscaba a Jesús, aunque de noche, había comprendido en su corazón que “nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él” (Jn 3,2). Pero estos no, para ellos Jesús es sólo el hijo de José y de María, no pueden ver más allá. La ceguera impide contemplar el Reino de Dios en medio de nosotros.

         Y Jesús lo deja bien claro: “Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre”. Es preciso que el Padre nos regale su Espíritu para que las escamas de nuestros ojos, los tapones de nuestros oídos y la esclerosis de nuestro corazón no nos impidan acercarnos a Jesús y proclamar “Es el Señor” (Jn 21,7) como hicieron los discípulos en el lago.

         Ninguno de nosotros pude arrogarse el título de ser hija o hijo de Dios, de haber conocido a Cristo, de haber experimentado el amor entrañable del Padre porque sólo por obra del Espíritu podemos confesar sencillamente “Jesús es Señor” (I Cor 12,3b). Todo es puro don en nuestra vida y el mismo que envió a Jesucristo a tomar nuestra carne es Aquel que nos atrae hacia él para que nuestra vida adquiera sentido en su luz, bajo su mirada y en torno a su Palabra.

        

         Y yo lo resucitaré en el último día” Porque nos atrae hacia sí, nos convoca y nos alimenta con su mismo cuerpo podrá concedernos la vida al final de los tiempos. El que desciende y toma forma de pan nos asegura la Vida para siempre, su presencia en nosotros no tiene límites, él es el que permanece y entonces lo será todo en todos.

         Ya lo anunciaron los profetas, no será necesario que los padres enseñen a los hijos, los unos a los otros; porque el Espíritu del Señor habitará en toda carne, sellará todo corazón y su Palabra guiará los pasos de todo el que quiera dejarse conducir por el Espíritu del Padre. Seremos, entonces, discípulos del Dios de la Vida, sólo uno será nuestro Maestro, Cristo (cf. Mt 23,8) y nadie más podrá gloriarse de ser maestro, porque nosotros sólo somos hermanos, nada más y nada menos.

         Todo el que desee escuchar al Padre debe seguir las huellas de Jesús, porque sólo él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle” (Lc 9,35) dirá el Padre invitando a los discípulos presentes en aquel momento tan privilegiado. Padre e Hijo trabajan por un mismo proyecto, el del Reino, y nuestro seguimiento no puede dirigirse por otros derroteros.

         Porque es el pan bajado del cielo Jesús ha visto al Padre, porque procede de él lo conoce y puede hablarnos de él. Sólo Jesús es el camino y “nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6b), dice Jesús.

         Esta comunión entre ellos puede ser también nuestra. No estamos abandonados porque ellos quieren hacer morada en nosotros (Cf. Jn 14,23), y es precisamente lo que acontece cuando aceptamos acoger el Pan que ha bajado del cielo y nos hacemos uno con el Dios de la Vida. Por eso tenemos vida eterna, porque él es el que Vive, el que no pasa, el que es.

 

         Él es el Pan de la Vida,

El Pan que da Vida a nuestra vida pequeña y rutinaria,

El Pan que vivifica y renueva nuestras fuerzas,

El Pan vivo que ha vencido nuestras muertes,

El Pan vivo que nos colma de Vida.

 

3. Oramos

 

PAN VIVO PARA LA VIDA DEL MUNDO

 

Pan Vivo, sólo Tú eres el Pan vivo

y nosotros buscando saciarnos en tantos rincones, 

lejos de Ti.

 

Pan Vivo, Tú el bajado del cielo para nosotros,

y yo tratando de “ascender” 

de tantos momentos extraños.

 

Pan Vivo, Tú sales a mi encuentro en los hermanos

y yo, recorriendo otros caminos que me cuestan menos.

 

Pan Vivo, Tú has visto al Padre

y nosotros preferimos encontrarlo 

ignorando tus senderos.

 

Pan Vivo, Tú eres la Vida del mundo

y nosotros sufrimos hambrientos 

mientras nuestras muertes nos ahogan.

 

Pan Vivo, atráenos a Ti para que nos saciemos de la Vida

y, convertidos en panes para la Vida del mundo,

todos los hombres y mujeres se vean colmados

de tu “Vida en abundancia” (Jn 10,10)

 

 

 

 

 

 

Mª del Pilar Casarrubios, pddm (España)