Oración inicial - Leemos - Meditamos - Oramos

Espíritu Santo,
tú que sembraste la esperanza
en el corazón de María de Nazaret
y alumbraste en su seno
al Salvador del mundo,
abre nuestro corazón al gozo de la escucha
y haz que acojamos, con esperanza y amor,
al Señor que viene
a hacer nuevas todas las cosas.
Amén.
Marcos 13,33-37
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- 33Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
34Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
35Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: 36no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
37Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!
Orientaciones para la lectura
El contexto:
El evangelio de hoy es el final del discurso escatológico de Marcos, que
abarca todo el capítulo 13 de su evangelio. Este discurso tiene la finalidad de
responder a los interrogantes de los discípulos sobre el fin de los tiempos.
Es un discurso que pronuncia Jesús "sentado en el monte de los Olivos,
frente al templo" (Mc 13,3). Sus interlocutores son Pedro, Santiago, Juan y
Andrés, que le preguntan "en privado" (13,3). Pero la
respuesta de Jesús no se dirige sólo a ellos, sino a "todos":
"Lo que a vosotros digo, a todos lo digo".
Si leemos el capítulo 13 por entero, nos daremos cuenta de que hay una
gran inclusión que le da unidad literaria y temática. Esta
inclusión está formada por el término "cuándo", que se
repite tres veces: en el versículo 4 y en el 33 y 35.
Estas repeticiones nos indican que ésa era una preocupación importante para la primera comunidad: cuándo sobrevendría el fin de los tiempos. No hay que olvidar que las primeras comunidades cristianas vivían una vibrante tensión escatológica, como reflejan, entre otros escritos, las cartas de Pablo.
Otra inclusión, no literaria pero sí de sentido, viene dada por las indicaciones del público al que Jesús dirige su mensaje: en 13,3 se dice que la conversación se estaba desenvolviendo "en privado", mientras que en 13,37 Jesús alude a que son palabras dirigidas "a todos". Estas alusiones encierran todo el capítulo, dándole unidad.
A la pregunta de los discípulos sobre el "cuándo", Jesús responde
que "de aquel día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles en el
cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre" (v. 32).
El texto:
Al leer el breve pasaje de hoy, podemos tener en cuenta dos datos relevantes
para su comprensión:
1) Contiene una parábola de Jesús que sirve de base a la elaboración del discurso: la parábola del portero.
2) El pasaje tiene carácter exhortativo o parenético, como evidencian los numerosos imperativos y las llamadas de atención de Jesús. Por ejemplo, el verbo "mirad" (= estad atentos, caed en la cuenta; en griego, blépete; Mc 13,5.9.23.33) pone de relieve que Jesús está enseñando como un sabio o un rabbí. No por nada Marcos indica que está "sentado", como un maestro o un sabio cuando enseñan, y que pronuncia su discurso en un monte, como Moisés.
Es muy probable que los destinatarios históricos de la parábola del
portero fueran los dirigentes judíos, a quienes Jesús denuncia, en
varias ocasiones, por no estar preparados para el final inminente y por no haber
cumplido su misión de preparar al pueblo para ese final (Mt 21, 33-46). Marcos
adapta esta parábola de Jesús y la convierte en una parábola de la parusía:
el hombre que se va de viaje es el Señor Jesús, y los criados son los discípulos
a quienes él encomienda una tarea.
En este contexto, ¿cuál es el mensaje que el evangelio quiere transmitir?
Al leer atentamente el pasaje de Marcos, encontramos tres elementos que nos dan la clave de su mensaje:
1) La repetición del imperativo "velad" y su sinónimo "vigilad". Cuatro veces aparece este verbo en el breve evangelio de hoy, lo cual es indicio de que se trata del mensaje fundamental que Jesús quiere comunicar a sus discípulos y "a todos", incluidos nosotros (cf. v. 37). Esa última frase: "Lo que a vosotros digo, a todos lo digo" hace que el texto salte las coordenadas de tiempo y lugar y se haga contemporáneo nuestro: es una palabra dirigida a nosotr@s hoy.
2) La ausencia del dueño de la casa (v. 34).
3) Su venida (v. 35) y la condición sorpresiva de la misma: ninguno de nosotros sabe el momento (vv. 33.35). El regreso acontecerá "de improviso" y puede encontrarnos en vela o dormidos. ¿Qué significado pueden tener estos dos términos en este pasaje?
El "velar" o el "dormir" tienen que ver con el encargo que hace el hombre a sus siervos: a cada uno le encomendó su trabajo. Si recordamos la parábola de los talentos de Mateo, paralela en cierto modo a la del portero de Marcos, unos siervos buenos y fieles negociaron y otro escondió el talento (Mt 25,14 ss). "Velar" equivaldría, por tanto, a hacer cada uno responsablemente su tarea, según su capacidad, mientras que "dormir" equivaldría a esconder el talento, a dejar de hacer aquello que está en nuestras manos hacer.
En Lc 12,40-46 encontramos un pasaje más similar aún al de Marcos: un señor pone al frente de sus criados y criadas a un administrador para que, en su ausencia, les dé la comida a su tiempo. En esta parábola el "velar" de Marcos equivale a hacer bien y con justicia la propia tarea. El "dormir" equivale a traicionar la confianza que el Señor ha depositado en nosotros, obrando, con ello, injustamente.
Vayamos ahora a Pablo. El pasaje de Rom 13, 11-14 puede iluminar el significado de "velar" y "dormir":
"Ya es hora de despertaros del sueño (...). La noche está avanzada, el día se echa encima. Despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Comportémonos como en pleno día, con dignidad: nada de comilonas y borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias. Revestios, más bien, del Señor Jesucristo" (cf. también 1 Tes 5,4-11).
"Velar", pues, es tener ojos para la luz, vivir con frutos de amor, de fe, de esperanza, cada uno en su tarea, mientras que "dormir" es vivir en la oscuridad, obrando el mal u omitiendo aquello que podamos hacer de bueno.
"Todo Adviento es como una trompeta que despierta el corazón dormido y perezoso del cristiano para que se levante y salga al encuentro del Señor, que viene con su salvación, sus gracias, sus luces, los regalos inéditos, recién salidos de la factoría del Espíritu Santo, que todo lo hace nuevo y que está siempre inventando maravillas para nuestras necesidades y problemas, enfermedades y dolencias, alegrías y fiestas" (Alberto Iniesta).
Sí, el Adviento es una trompeta que nos anuncia una llegada: la del Emmanuel hecho carne por amor a nosotros. Sólo que yo me pregunto si su sonido tiene la fuerza suficiente como para despertar nuestra fe adormecida y trascender las estridencias de otros anuncios. Hay, en el mundo, sonidos atronadores que pueden eclipsar la dulce música de este tiempo de la Iglesia: hace semanas, por ejemplo, que los grandes almacenes han anticipado la Navidad y nos contagian las fiebres típicas del consumo navideño. ¿Recordamos que apenas hoy comienzan cuatro semanas de esperanza vigilante y preparación? Sí, cuatro semanas de oportunidad para recrear, con cuidado y mucho amor, un hogar para que nazca el Emmanuel en lo más profundo de nuestras vidas.
Adviento debería ser siempre, puesto que el Señor viene siempre. Pero los días en que ahora entramos son un kairós especial, un tiempo para reavivar la esperanza. Cada uno sabe qué "sueños" debe sacudirse para correr, despierto, a la cita con su Dios.
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Nuestra Señora del Adviento, madre de todas nuestras esperas, tú que has sentido tomar en tu seno la esperanza del pueblo, la Salud de tu Dios, sostén nuestras maternidades y paternidades, carnales y espirituales.
Madre de todas nuestras esperanzas, tú que acogiste el poder del Espíritu, para dar carne a las promesas de Dios, que seamos capaces de encarnar el amor que es signo del Reino de Dios en todos los gestos de nuestra vida.
Nuestra Señora del Adviento, madre de todas nuestras vigilancias, tú que diste un rostro a nuestro futuro, fortalece a los que dan a luz dolorosamente un mundo nuevo de justicia y de paz.
Tú que contemplaste al niño de Belén, haznos atentos a los signos imprevisibles de la ternura de Dios.
Nuestra Señora del Adviento, madre del crucificado, tiende tu mano a todos los que mueren y acompaña su nuevo nacimiento en los brazos del Padre.
Nuestra Señora del Adviento, icono pascual, haznos capaces de la gozosa vigilancia que discierne, en la trama de lo cotidiano, los pasos y la venida de Cristo, el Señor. Amén.
(Tomada de Homilética, 1999/6) |
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Mª Concepción López, pddm (España)
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