1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

Pistas para la meditación:

 

  Hasta este momento de tu vida, ¿cómo ha sido tu experiencia religiosa de la Cuaresma a lo largo de los diversos años litúrgicos?:

- ¿Qué emociones te suscita este tiempo fuerte de la Iglesia? ¿negativas? ¿positivas? ¿cuáles y por qué?

- ¿Realizas prácticas religiosas que no haces en ningún otro momento del año? ¿cuáles? ¿qué significan para ti?

- ¿La cuaresma opera en ti alguna transformación de la que seas consciente?

  ¿Te resulta significativa la imagen del desierto para simbolizar la Cuaresma? ¿Por qué?

  ¿Has vivido la experiencia de encontrarte en un desierto real o simbólico? ¿Cómo ha sido esa experiencia? ¿Qué sentiste?

  ¿Crees que el desierto puede ser un espacio de encuentro privilegiado con Dios? ¿Has tenido experiencia de ello?

 

3. Oramos

 

a) En el desierto, con Jesús

b) Contemplación de Jesús en el desierto, a la luz del sal 91

 

 

a) En el desierto, con Jesús

 

La siguiente oración está escrita para ser orada pausadamente, casi rítmicamente, según el compás marcado por la respiración, haciendo silencios contemplativos cuando lo indican los puntos suspensivos.

 

 

Miro a Jesús, empujado por el Espíritu al desierto,

el Espíritu que había tomado posesión de Él

el día de su bautismo,

el Espíritu que rasgó el cielo

y descansó sobre Él,

como descansa un pájaro en su nido,

como habiendo encontrado su casa...

 

Miro a Jesús forzado por el Espíritu

a entrar en un desierto no deseado.

¿Quién de nosotros/-as desea

perderse en un desierto?

¿Quién desea permanecer 

en un desierto de soledad,

día tras día, 

semana tras semana,

sin ver un rostro humano,

sin una conversación amiga,

completamente solo/-a,

a merced del sol abrasador del día

y del gélido frío de la noche.

¿A quién no le sacude el miedo las entrañas

ante la posibilidad de permanecer, días y días,

en el desierto, 

en soledad,

esperando...?

 

Miro a Jesús, empujado por el Espíritu al desierto,

para encontrarse consigo mismo

y con su Dios,

sin otra cosa que hacer

que pararse a escuchar...

 

Y pasa un día, y pasan dos días,

y el hambre comienza a apoderarse

de la quietud satisfecha de ese cuerpo de hombre.

Y la sed deja seca la garganta, como una teja,

y el hombre Jesús desea un pozo, un manantial,

un oasis en el que descansar,

tomar alimento,

saciar su sed,

y recuperar sus fuerzas...

 

Pero Jesús 

permanece en el desierto.

Permanecer.

Permanece apoyado en su Dios y su Padre,

esperando...

 

Permanece día tras día,

así, hasta cuarenta,

soportando el calor y el frío,

a la espera de una palabra de su Dios.

«Le llevaré al desierto

y hablaré a su corazón»...

 

¿Qué palabras habrá escuchado Jesús

en el silencio de su desierto?

¿Qué experiencia habrá tenido Jesús

de la cercanía de su Abbá?

¿Qué noticia, en su corazón?

...

 

Cuarenta días, cuarenta noches.

La tentación del cansancio

y la murmuración.

Y Jesús permaneció en el desierto

a la espera de una palabra de su Dios.

 

¿Fue el desierto un lugar de encuentro para Jesús?

De allí, Jesús salió hacia Galilea

impulsado, quizá también, por la fuerza del mismo Espíritu.

Y comenzó a proclamar: 

«El Reino de Dios está cerca.

Convertios y creed».

«El Reino de Dios está cerca.

Convertios y creed»...

 

¿Fue el desierto el lugar donde se gestó ese anuncio?

Probablemente el Padre le llevó al desierto

y le habló al corazón por medio del Espíritu.

Y el Hijo Amado salió de aquel espacio de confidencias y secretos

a contar lo que había visto y oído.

El Hijo dio testimonio

de lo que oyó de labios del Padre.

El Hijo realizó, por los caminos,

lo que vio hacer al Padre...

 

En el calor abrasador del desierto,

Jesús experimentó

que sólo el Padre

era la sombra bajo la que cobijarse.

En la noche helada

experimentó al Padre

como su refugio seguro,

su hogar cálido, su fuego y su descanso.

En su hambre y su sed,

confió en que el Dios de la Vida

le amaba más de lo que Él podía pensar y esperar,

y en que cuidaría de Él

como una madre cuida del hijo de sus entrañas...

En la soledad de su desierto

experimentó un amor

capaz de llenar su corazón

hasta hacerlo desbordar de júbilo.

En la soledad de aquel espacio vacío,

de aquellas noches silentes,

escuchó de nuevo aquella voz que ya no podría

dejar de oír hasta su encuentro definitivo con el Padre:

«Este es mi Hijo Amado».

 

Jesús, empujado por el Espíritu al desierto.

(nuestro nombre)... empujado/-a por el Espíritu al desierto

para, lejos de toda presencia,

lejos de todo proyecto,

lejos de toda tarea,

privado/-a de toda distracción

que entretiene nuestros días,

escuchemos una voz,

sintamos una presencia,

nos veamos expuestos

al pánico de salir huyendo,

o al gozo de permanecer

en el Único capaz

de alimentarnos y saciarnos

como pide nuestro corazón.

 

 

b) Contemplación de Jesús en el desierto, a la luz del sal 91

 

 

A ti, Jesús, que moras en el secreto del Altísimo,

a ti, que pasas la noche a la sombra del Omnipotente,

diciendo a tu Dios: «¡Mi refugio y fortaleza,

mi Abbá, en quien confío!»

 

Él te cubrirá con sus plumas,

bajo sus alas te refugiará,

su brazo será, para ti, escudo y armadura.

 

En el inhóspito desierto,

no te alcanzará el mal,

porque a sus ángeles ha dado órdenes,

para que te guarden en tus caminos.

 

Ellos te llevarán en sus manos,

para que tu pie no tropiece en la piedra,

caminarás sobre áspides y víboras,

pisotearás leones y dragones.

 

Pues te has abrazado a Él, Él te librará,

te exaltará, porque conoces su nombre,

le invocarás: «¡Mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora!»,

y Él te responderá,

te defenderá, te glorificará

y te hará ver su salvación.

 

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)