oración
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oramos
Oración para disponer el corazón
Cuarenta días
y cuarenta noches,
para
acercarme más a menudo a tu silencio.
Cuarenta días
y cuarenta noches,
para
postrarme ante Ti y escuchar tu
Palabra todos los días.
Cuarenta días
y cuarenta noches,
para
sentir hambre y sed de Ti, de transformación y de liberación.
Cuarenta días
y cuarenta noches,
para
darme cuenta de todo cuanto me esclaviza.
Cuarenta días
y cuarenta noches,
para
dar un paso significativo de conversión a Tu voluntad.
Cuarenta días
y cuarenta noches,
para
aprender a ser pobre, a vivir desde el “no-tener” y el “no-poder”.
Cuarenta días
y cuarenta noches,
para
aprender a vivir de un modo más simple y a reír como un niño.
Cuarenta días
y cuarenta noches,
para
asimilar la buena noticia de que soy un hijo amado del Padre.
Cuarenta días
y cuarenta noches,
para
disponer el corazón a celebrar,
cuando
nos llegue la Luz de la Pascua,
que
no somos un caso perdido
y
que la Vida, el Perdón y el Amor del Padre
siempre triunfan sobre el pecado y sobre la muerte.
Marcos 1,12-15
12 En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.
13 Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.
14 Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:
- 15 Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.
Orientaciones para la lectura
La liturgia de la Palabra del primer domingo de Cuaresma nos ofrece el relato de
Jesús en el desierto y de las tentaciones, según la versión
breve y sobria del evangelista Marcos. Quizá nos sean más conocidas las
narraciones más extensas de Mateo (4,1-11) y Lucas (4,1-13). Y tal vez las
preferiríamos, porque parecen ofrecer más "materia" para nuestra
meditación. Sin embargo, la versión de Marcos tiene matices interesantes, no
recogidos por los otros evangelistas
En el evangelio de hoy, distinguimos claramente dos partes:
A) vv. 12-13: Jesús es llevado al desierto y es tentado.
B) vv. 14-15: Jesús comienza su predicación en Galilea.
Vamos a centrarnos, sobre todo, en la primera parte.
El evangelio de Mc 1,12-13 es precedido por el relato del bautismo del
Señor, en el que se nos cuenta que los cielos se rasgaron y el Espíritu
se posó sobre Jesús como en su nido, según la profecía de Isaías:
"Reposará sobre él el Espíritu de Yahveh" (cf. Is 11,2). Pues bien,
es ese mismo Espíritu el que empuja a Jesús al desierto, en donde
permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás.
Esta conjunción: agua (en el bautismo de Jesús)-desierto-número
cuarenta-tentación nos lleva a pensar, inevitablemente, en el episodio del
paso del Mar Rojo y del camino a través del desierto hasta llegar a la tierra
prometida que protagonizó el pueblo de Israel al salir de Egipto. Jesús es
como el nuevo Israel que, empujado por el Espíritu, es llevado a revivir la experiencia
de su pueblo: el paso por el mar (símbolo del bautismo), la tentación
en el inmenso desierto (él, durante cuarenta días; el antiguo Israel, durante
cuarenta años -cf. Dt 8,2-6), y la llegada a la tierra prometida, símbolo de
su nueva vida resucitada. Sólo que Jesús, contrariamente a Israel, muestra, en
esta experiencia de desierto, que su corazón pertenece enteramente a Dios.
Jesús no se rebela, no murmura, no desconfía...
Marcos es sorprendentemente parco en su narración. Nos cuenta poco, y
deja nuestra curiosidad anhelante e insatisfecha. Nos dice, simplemente, que, en
aquellos cuarenta días, Jesús fue tentado por Satanás. Pero no nos dice en qué
consistió esa tentación, ni cómo respondió Jesús a ella. Pero quizá
nuestra contemplación no necesite más noticias y le baste saber que Jesús fue
tentado como uno de nosotros, según dice el autor de la carta a los
hebreos: "Jesús, el Hijo de Dios... ha sido probado en todo como
nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4,16).
Los cuarenta días y las cuarenta noches nos remiten también al
tiempo que pasó Moisés en el Sinaí, "sin comer pan y sin beber
agua", escribiendo en las tablas las palabras de la alianza (cf. Éx
34,28), y al tiempo que caminó Elías por el desierto hacia el encuentro
de Dios en Horeb (1Re 19,8). Moisés y Elías aparecen, así, como figuras de
Jesús, y Jesús, por su parte, se nos presenta en continuidad con la tradición
profética de Israel, aunque como algo más que un profeta: como la Palabra última
y definitiva de Dios a los hombres (Hb 1,1-3).
Por otra parte, el versículo 13 nos dice algo que no nos dicen ni Mateo
ni Lucas, y es que Jesús "estaba entre los animales del campo"
(las "alimañas", según la versión litúrgica). ¿No nos extraña
esta noticia, si imaginamos a Jesús en un desierto solitario? ¿Qué quiere
decirnos Marcos al hablar de "animales del campo"?
En primer lugar, notemos que, mientras que las tradiciones sobre el desierto que tuvo que atravesar Israel hacen alusiones a animales peligrosos (serpientes y escorpiones, aullidos amenazantes...; cf. Dt 8,15; 32,10; Nm 21,6), las "bestias salvajes" a que alude Marcos no parecen peligrosas para Jesús. Por el contrario, da la sensación de que Jesús convive en armonía con ellas: escorpiones y víboras, cabras salvajes y gacelas, hienas y chacales.
¿Qué personaje bíblico recordamos que tuviera esta relación "ecológica" y positiva con los animales del campo? Sin duda, Adán antes de su pecado, según el hermoso relato yahvista de la creación (Gn 2,4-25). Lo que Marcos nos está diciendo, por tanto, es que Jesús es el nuevo Adán que inicia una nueva historia, el nuevo comienzo (fijémonos en que el evangelio de Marcos comienza con la palabra griega arché, "principio", al igual que Gn 1,1) de una humanidad nueva reconciliada con Dios y con el cosmos.
Otros personajes bíblicos que viven en armonía con los animales salvajes son los niños de Isaías 11,6-8. Esta armonía prefigura la paz mesiánica:
«Serán
vecinos el lobo y el cordero,
y
el leopardo se echará con el cabrito,
el
novillo y el cachorro pacerán juntos,
y
un niño pequeño los conducirá.
(...)
Hurgará
el niño de pecho en el agujero del áspid,
y
en la hura de la víbora
el
recién destetado meterá la mano.
Nadie
hará daño, nadie hará mal
en
todo mi monte Santo...».
Jesús,
viviendo en armonía con las bestias del campo, cumple la profecía de esa
paz mesiánica porque Él mismo es nuestra paz (cf. Ef. 2,14).
El versículo 13 descansa en una noticia que quizá
nos pase inadvertida por su brevedad: "y los ángeles le servían".
Como el profeta Elías fue alimentado por un ángel en el desierto,
camino del Horeb (cf. 1Re 19,5-8), así Jesús tenía su única fuerza y
alimento en Dios, como dice en Jn 4,32-34: «Yo tengo para comer un
alimento que vosotros no sabéis (...). Mi alimento es hacer la voluntad del que
me ha enviado y llevar a cabo su obra».
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