1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

Si tienes oportunidad y tiempo, te puede ayudar en la meditación la contemplación del proceso que ha tenido el pan antes de estar servido en la mesa. Puedes coger un trocito de pan, ponerlo delante de ti, y meditar en silencio cómo ha sido hecho... y, ahora, compartido. Este ejercicio te podrá ayudar a entender mejor el simbolismo del pan como representación de Jesús. El pan empezó con un grano metido en la tierra, en la oscuridad, con “pasión”, con dolores. Después se multiplicó en las espigas de trigo y hubo de pasar aún por el proceso de ser arrancado, triturado, amasado y cocido para llegar a ser un pan compartido para dar vida a los demás.

        Así fue también la vida de Jesús. Jesús tuvo también su pasión a causa de las contradicciones y persecuciones que recibió de los judíos que no creyeron en su Palabra, en su Sabiduría, que no querían comer del PAN que Él les ofrecía. Pero, a pesar de todo, Jesús siguió su misión de ser pan, compartido para los demás, entregado por la vida del mundo, dado para dar vida a todos.

 

        En tu vida hoy, ahora, aquí, ¿cómo ves que Jesús es tu pan? ¿Puedes decir que su Palabra, su Sabiduría es lo que te alimenta para poder “vivir para siempre”? ¿Puedes decir que Jesús es el pan que de verdad puede “saciar” tu “hambre”, tus anhelos, tu ansiedad y cansancio? 

        Ahora, ponte en silencio, por fuera y por dentro. Escucha... y pregúntate: ¿Qué o quién es mi “pan”? ¿Qué me alimenta? ¿Qué me puede dar vida?  

 

        “Yo soy el pan.” ¿Puedes decir que Jesús es tu pan? ¿Por qué no? ¿Qué te impide  o bloquea para que sea tu pan? Si él es tu pan, te invita Jesús a ser un “pan” como él. ¿Cómo puedes ser un pan para los demás, para los que están a tu alrededor sobre todo?

 

3. Oramos

 

ORACIÓN A JESÚS, PAN DE VIDA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Yo soy el pan.”

A veces me cuesta creer, Señor, 



que eres mi pan.

Tengo anhelos, deseos, que me alejan de ti.

Pienso en muchas cosas que te impiden entrar en mí.

 

“Yo soy el pan.”

A pesar de todo, sigues ofreciéndote.

Tus Palabras de cada día me revelan tu presencia,

me envuelven con tu paciencia.

 

“Yo soy el pan.”

Me siento tan pequeñ@  por tu perseverancia.

Parece como si fuera un@ sord@,

como si mi cuerpo estuviera dormido

y mi corazón fuera una piedra.

 

“Yo soy tu pan.”

Tengo hambre, anhelos, ansiedades, preocupaciones.

Pero no encuentro nada, ni a nadie que me pueda alimentar.

Me siento perdid@, cansad@ de buscar algo o a alguien

que da “vida para siempre”.

 

En silencio he descubierto:

“Oh Señor, eres mi pan.”

Siento el tiempo perdido



en buscar a otro que nunca he encontrado.

Perdona por los ojos y oídos que han sido cerrados a tu Palabra,

al pan verdadero de la vida.

 

Con manos abiertas, te acepto, Señor.

Te tomo como “pan para siempre”.

Toma mi cuerpo, mi “carne”, mi ser, mi persona.

Haz de mí un pan compartido que da vida,

una palabra hecha carne”,

un alimento vivo, tomado, bendecido, partido, entregado...

por y para la vida del mundo.

 

 

 

 

 

Cecilia Payawal,  pddm (Filipinas)