1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

En el Evangelio de hoy vemos a Jesús como el que conoce el corazón del hombre. Podemos acudir a Jesús para pedirle: hazme conocer mi corazón, mis pensamientos más escondidos... La palabra que Jesús nos dirige es muy exigente. A menudo experimentamos que es difícil acogerla plenamente. ¿Cuál es nuestra actitud hacia la palabra del Maestro? ¿Qué dicen nuestros corazones? ¿La aceptamos como Pedro o la rechazamos a causa de su dureza?

 

        El escándalo por el Evangelio no es algo extraño, incluso en la vida de los creyentes. El texto nos invita a escuchar la palabra de Dios, que se revela en muchos acontecimientos de nuestra vida, escuchar con corazón abierto y libre, buscar la profundidad escondida... Sólo en Él nuestros corazones encuentran descanso... Entonces, ¿a quién podemos ir?

 

        En la persona de Pedro reconocemos la acción del Espíritu Santo. Pedro descubre que sólo Jesús puede dar plenitud a la vida del hombre. La palabra acogida brilla en el corazón y nos hace capaces de dar testimonio.

 

        Oremos para que el Señor forme en nosotros un corazón abierto a su palabra y acción.

 

3. Oramos

 

Oramos hoy con el salmo 139,1-18.23-24:

 

 

Señor, tú me sondeas y me conoces,

me conoces cuando me siento o me levanto,

de lejos penetras mis pensamientos;

distingues mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares.

 

No ha llegado la palabra a mi lengua,

y ya, Señor, te la sabes toda.

Me estrechas detrás y delante,

me cubres con tu palma.

Tanto saber me sobrepasa,

es sublime y no lo abarco.

 

¿Adónde iré lejos de tu aliento,

adónde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás tú;

si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,

si emigro hasta el confín del mar,

allí me alcanzará tu izquierda,

me agarrará tu derecha.

 

Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,

que la luz se haga noche en torno a mí»,

ni la tiniebla es oscura para ti,

la noche es clara como el día.

 

Tú has creado mis entrañas,

me has tejido en el seno materno.

Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente,

porque son admirables tus obras;

conocías hasta el fondo de mi alma,

no desconocías mis huesos.

 

Cuando, en lo oculto, me iba formando,

y entretejiendo en lo profundo de la tierra,

tus ojos veían mis acciones,

se escribían todas en tu libro;

calculados estaban mis días

antes que llegase el primero.

 

¡Qué incomparables encuentro tus designios,

Dios mío, qué inmenso es su conjunto!

Si me pongo a contarlos, son más que arena;

si los doy por terminados, aún me quedas tú.

 

Señor, sondéame y conoce mi corazón,

ponme a prueba y conoce mis sentimientos,

mira si mi camino se desvía,

guíame por el camino eterno.

 

 

 

 

 

Judyta Pudelko, pddm (Polonia)