Dejamos
atrás el discurso del Pan de vida, que recoge el capítulo sexto del evangelio
de Juan; éste ha guiado nuestros pasos en los cinco últimos domingos y ahora
volvemos a retomar el de Marcos, que nos acompañará hasta el penúltimo
domingo del tiempo ordinario de este ciclo B.
Una vez más, Jesús se ve rodeado de fariseos y
letrados “bienintencionados” que se le acercan; sin duda, más de uno estará
atraído, cuestionado por este personaje tan fascinante que es Jesús, pero les
cuesta reconocerlo, dejarse seducir y dar su brazo a torcer. Prefieren que su
dureza de corazón y sus numerosos reglamentos orienten y dominen sus vidas y
desde ahí miran a los hombres y los juzgan, y no digamos a Jesús y a sus
seguidores.
Los fariseos se acercan para juzgar, para condenar
la actitud de los discípulos, o mejor dicho, los actos, porque ellos sólo
pueden ver externamente y, además, su mirada es corta. Resulta que algunos discípulos
de Jesús comen sin lavarse las manos y esto es muy grave para los judíos,
mientras que los discípulos ya han experimentado el cambio que supone seguir a
Jesús, han comprendido lo banal de las apariencias, lo inútil de los puros
actos externos.
Los fariseos se restriegan bien las manos antes de
comer, no se trata de un mero lavado de manos... podemos imaginarnos la escena
de estos hombres frotándose con fuerza, detalladamente, a fondo... hasta llegar
a cada pliegue de sus dedos y manos. La pureza externa es muy importante para
ellos. Dos veces seguidas cita el texto el verbo "aferrarse" unido a
“las tradiciones”. Son los numerosos mandamientos y leyes que han recibido
de sus mayores. ¡Qué importante es lavar los vasos, las jarras y las ollas! ¡Cómo
cuentan la limpieza, el orden, las apariencias! ¡Qué bien tiene que estar todo
ante los ojos!
Y llevados por su obstinación y sus valores no
dudan en preguntar al Maestro por lo que hacen los discípulos. ¿Cómo puede
ser que sus seguidores, siendo judíos, nacidos en la tierra judía, habiéndose
criado en la ley judía, no sigan unas tradiciones tan relevantes que les han
comunicado sus padres y se han trasmitido por generaciones?
Y Jesús recurre al profeta Isaías que, ya en su tiempo, tuvo que enfrentarse a un público similar. Y llamándoles “hipócritas” con toda claridad les recuerda la Escritura:
“Este
pueblo me honra con los labios
pero
su corazón está lejos de mí.
El culto que me dan está vacío.”
Honran con los labios. ¡Qué fácil es honrar con
los labios! ¡Qué sencillo es abrir nuestra boca y dirigir palabras a Dios,
hablarle, pedirle e incluso pedir perdón y justificarse! ¡Cuántas veces
nuestras oraciones son meras palabras, fruto de la rutina, de la costumbre, del
cumplimiento e incluso de la apariencia!
En ocasiones nuestro corazón puede estar muy lejos
del Dios al que decimos adorar e invocar. Tal vez nuestra voluntad recorra
senderos distintos a aquellos por los que caminan los designios de Dios. Quizás
mis deseos se inflamen con anhelos muy contrarios a los sueños de Dios sobre mí.
Entonces mi culto estará hueco porque mis palabras y mis obras discurren
paralelos y nunca llegarán a encontrarse.
De nuevo alguien reprocha a los judíos un culto
vacío. Jesús pronuncia las palabras del profeta abiertamente. La adoración
que el verdadero Dios, el Padre, espera es la del corazón, gestos acordes con
las palabras, hechos empapados de misericordia y verdad, y no de apariencias.

«... amar al prójimo como a sí mismo
vale más que todos los holocaustos y sacrificios»
(Mc 12, 33b)
El culto de los fariseos es una pura farsa; ya nos
avisó Jesús en otra ocasión: “haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis
lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen” (Mt 23,3).
Se puede honrar a Dios con los labios pero estar
bien lejos de reconocerlo y amarlo, como se puede honrar a los otros y
pronunciar palabras distantes y contradictorias con nuestro corazón.
Ya lo advirtió Isaías: “El día de ayuno buscáis
vuestro interés; ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad.
No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces” (Is 58,
3b-4). ¿Acaso son éstos el ayuno y los sacrificios que Dios desea? ¿Agrada
esto al Dios de la Vida y de la misericordia? ¿Puede complacer al Dios de los
pequeños y de los pobres que se juzgue a los hombres por el número de normas
cumplidas?
“Su corazón está lejos de mí”-dice el Señor,
porque “el ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, dejar
libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento,
hospedar a los pobres sin techo... y no cerrarte a tu propia carne” (Is 58,
6-7). Sólo el que no se aparta de su prójimo y se preocupa de su vida mantiene
su corazón cercano al Señor. Entonces las oraciones van directas al corazón
de Dios y sus oídos escuchan nuestras súplicas incluso sin que lleguemos a
pronunciarlas.
Esto era lo que preocupaba a Jesús, que el culto
de los hombres fuera pleno; su interés es hacer descubrir a los judíos y a
todos nosotros que los preceptos humanos pueden apartarnos de Dios, las normas
multiplicadas pueden desviarnos del Dios de la vida en abundancia. Podemos dejar
de lado tranquilamente el mandamiento de Dios para aferrarnos a la tradición de
los hombres. ¡Es tan fácil! Ya le ocurría a los fariseos, quienes “liaban
fardos pesados e insoportables y se los cargaban a la gente en los hombros” (cfr
Mt 23,4). Resulta tan cómodo multiplicar las normas y cumplirlas para sentirnos
a gusto y llenos de méritos con los que complacer a Dios. Pero Jesús fue bien
claro en su tiempo y lo repite hoy: “Amar al Señor con todas las fuerzas y al
prójimo vale más que los holocaustos y sacrificios” (cfr Mc 12,33)
Sólo una cosa nos pide el Maestro, sólo una cosa cuenta ante el Padre: amar con pasión, amar con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro ser, amar con todo nuestro yo a Dios y al hermano. Ésta es la única ley del Dios de Jesucristo, el único precepto que cuenta ante sus ojos. Por eso Jesús no puede quedar indiferente ante los que presumen y se enorgullecen de cumplir normas y preceptos humanos y de estar llenos de méritos ante el único Dios. Este Dios no existe, es un invento judío y de todos los tiempos; por eso es preciso “volver al Señor”, reconocer la vaciedad de nuestras obras y ritos y “no volver a llamar dios nuestro a la obra de nuestras manos” (cfr Os 12,3-4); es necesario “quitarnos de encima nuestros delitos y estrenar un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (cfr Ez 18,31).
Y para terminar, Jesús se dirige nuevamente a la gente. Nos pide que
escuchemos, que nos abramos a su palabra, que nos pongamos en su onda, que
acojamos con el corazón y con gusto lo que nos va a decir porque las suyas son
palabras de verdad y vida.
Nada de lo que procede de fuera puede convertirnos
en seres impuros, ningún lavado, ninguna purificación, ningún ritual hecho o
dejado de hacer puede dañar al hombre. Ninguna norma hecha por hombres puede
herir nuestro corazón y enfrentarnos con Dios. Nada externo al ser humano puede
malograrlo y convertirlo en bueno o malo. Nunca el abandono o el olvido de una
norma puede enturbiar nuestro ser.
Sólo aquello que nace de nosotros, de nuestras
intenciones y deseos nos convierte en seres más o menos hermosos. Es lo que
proviene de nuestro propio corazón lo que nos afea y oscurece nuestra belleza
de hijas e hijos de Dios nacidos para la libertad y el amor.
Sólo la maldad que a veces dejamos que en nosotros venza nos aleja del proyecto de Dios sobre nuestra vida. Somos nosotros mismos, con los propósitos que brotan de nuestro interior, los que nos distanciamos del sueño de Dios. Es hora de abandonar la excesiva fe en las normas porque nunca nos salvarán y su cumplimiento jamás nos dará la paz. ¡Sólo Él es nuestra paz! (cfr Ef 2,14). Es hora de cuidar nuestro jardín interior para que en él sólo crezcan hermosos frutos, deseos y proyectos que nos mantengan cercanos al corazón de Dios y de los hermanos.
Súplica al Señor de la Vida:
Hoy
más que nunca vengo a pedirte VIDA, Señor;
de
mi corazón brota a borbotones,
con
fuerza, incluso con ímpetu,
como
una vieja oración
que
me acompaña desde hace mucho tiempo:
¡VIVIFÍCANOS!
Vivifícanos,
Señor,
y
purifícanos de las obras muertas;
de
los ritos que repetimos llenos de vaciedad y sinsentido;
de
las palabras que pronuncian nuestros labios pero no tienen vida;
de los gestos que articulamos pero no llevan pasión.
Vivifícanos,
Señor.
¡Que
nuestra vida esté repleta de Vida!
¡Que
seamos seres humanos en plenitud!
¡Que
no durmamos ante cada día nuevo!
¡Que llenemos de vida y no de rutina nuestra jornadas!
Queremos
que nuestro corazón esté cercano al tuyo
por
el amor y por una vida apasionada.
Líbranos,
cada día, de nuestras obras muertas.
Danos
fuerza para huir de la mera repetición y la dejadez,
de
lo fácil y de lo de siempre sin saber por qué.
Así
nuestras vidas serán un himno a ti,
nuestros
cuerpos serán un cántico al Creador,
nuestra
caridad permanecerá viva en tu presencia
y nuestras oraciones estarán siempre ante tus ojos.
¡VIVIFÍCANOS,
Dios de la Vida,
Dios
de nuestras vidas,
Dios
de mi vida!
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Mª del Pilar Casarrubios Lucas,pddm (España)