1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

«Effetá... ¡Ábrete!» es la palabra que me ronda la cabeza y el corazón desde que, hace días, me puse a orar con este evangelio de Marcos.

        Contemplo en Jesús a una persona totalmente abierta y despierta, y se enciende más aún mi deseo de parecerme a Él. Jesús es el hombre de los cinco sentidos alerta, puestos en la realidad, atentos a la voz del Padre y a las necesidades de los otros.

        Oído, boca, ojos y manos están estrechamente vinculados.

        

        En primer lugar, Jesús es el hombre del oído atento. La Escritura ve cumplido en Jesús el Salmo 40, que dice: «No has querido sacrificio ni oblación, pero me has abierto el oído» (cf. Sal 40,7; Hb 10, 5-9). El oído de Jesús escucha, como un discípulo, la enseñanza del Padre y nos la da a conocer (cf. Jn 15,15). Y su oído, como el del Padre, escucha también el clamor de su pueblo, que pide curación y salvación de los males que lo oprimen. En el episodio de la zarza ardiente del libro del Éxodo, Dios dice: «He escuchado el clamor [de mi pueblo] y conozco sus sufrimientos» (Éx 3,7). También en nuestro evangelio, Jesús escucha las súplicas de quienes le presentan al sordomudo para que le cure.

 

        Jesús no tiene oído para otra cosa que no sea la voz del Padre y de los hombres y mujeres necesitados de salvación.

 

        Jesús oye y ve. No está ciego para no darse cuenta de la realidad de su pueblo, de su ansia de vida plena y de su necesidad de liberación. Como el Dios del Éxodo, Jesús «ve la aflicción de su pueblo» en el "Egipto" de una religión institucional incapaz ya de salvar, o de unas vidas amenazadas por la desdicha. ¡Cuántas veces dice el evangelio que Jesús "ve", "se fija", "mira"! (cf. Mc 2,5.14; 5,32; 12,41). El escrito sapiencial de Qohélet dice literalmente que el sabio "tiene sus ojos en la cara" (Qo 2,14), es decir, tiene una visión profunda de la realidad, cae en la cuenta, está despierto. Así pues, el sabio Jesús tiene ojos para ver y escrutar la realidad.

 

        A través de los ojos y los oídos, Jesús sale fuera de sí, se trasciende a sí mismo, deja atrás la preocupación por su propia vida, por su seguridad y su realización personal. Pero además, Jesús, no sólo sale fuera de sí, sino que el mundo le entra a Jesús en el corazón, le llena la vida y se la "complica" hasta límites intolerables, o, más bien, sin límite alguno. De hecho, su entrega no tuvo límite.

 

        Ojos y oídos están vinculados a otros sentidos: el gusto (la boca) y el tacto. Lo que Jesús oye y ve del Padre es su alimento (cf. Jn 4,32), lo saborea, lo rumia y lo convierte en carne de su carne y en palabra. Todo el cuerpo de Jesús dice: «Aquí estoy, Padre, para hacer tu voluntad» (cf. Sal 40,8). Su boca anuncia palabras de vida, y sus manos tocan todo lo que de muerte hay en nosotros para sanarnos y hacernos criaturas nuevas, nueva creación.

 

        Cuando contemplo a Jesús entre la gente, en los caminos de Galilea, y este modo suyo de ser, deseo ser como Él, vivir como Él. Y es como si hoy me dijera, en las palabras que dirige al sordomudo: 

 

«¡Ábrete!

Abre las puertas y las ventanas de tu vida y deja entrar la luz.

Deja entrar la fe en un Dios Padre-Madre, que te ama sin condiciones.

Deja entrar la frescura vivificante de su Palabra. 

Deja entrar las voces y los reclamos de la gente,

que te ayudarán a ser más tú.

 

Ábrete y sal de ti misma,

de tus miedos y tus preocupaciones.

Ábrete, y presta tu voz a palabras de denuncia y de anuncio,

presta tu voz a la justicia, a la esperanza, a la ternura que sana.

 

Aprende a hablar las palabras de Dios y no te las guardes.

Proclámalas a los cuatro vientos.

 

Abre tu espíritu y tu cuerpo a la vida,

y aprende de mí:

de mis oídos y mis ojos, abiertos al Padre y al clamor del mundo,

de mis manos dispuestas siempre a la proximidad y al servicio,

de mi boca, que contenía una constante palabra de aliento

para el abatido,

y una perenne y amorosa bendición

para mi Padre

 

Ábrete y aprende de mí.»

 

3. Oramos

 

a) Petición de un ciego y sordo (Henri Nouwen, Palabra de amor, Lumen, Argentina, 2003, 35)

b) ¡Abre el corazón de tu pueblo, Señor! (Oración a partir de Is 35,1-10)

 

a) Petición de un ciego y sordo (Henri Nouwen, Palabra de amor, Lumen, Argentina, 2003, 35)

 

Oh, Señor, otórgame un corazón puro de manera que pueda verte y escucharte en el esplendor de la liturgia santa. ¡Cuántas veces canto los salmos pero sigo sordo! ¡Cuántas veces veo el pan y el vino y, sin embargo, sigo ciego! ¿Por qué, oh Señor, esperas tanto para llevarme hacia la cima de la montaña, para mostrarme la luz de tu transfiguración y permitirme escuchar las palabras que se dijeron allí?

 

Lo sé, lo sé. Mi corazón no es puro. Estoy lleno de mis propios deseos egoístas, de mis rumias, mis introspecciones mórbidas. Y, por lo tanto, sigo ciego y sordo, no te veo ni te escucho a ti, que deseas ser visto y escuchado. Señor, realmente quiero ver, pero mi lucha para llegar a algún grado de pureza de corazón parece muy fútil. A menudo, parecería que estuviese rodeado de trampas; cuanto más lucho, más enredado en ellas estoy. Oh, Señor, Tú eres el único que me puede guiar fuera de esta trampa. Tómame de la mano y guíame hacia la cima de la montaña. Purifica mi corazón y muéstrame tu luz. No tengo que ir muy lejos. Tú me has dado las palabras para escucharte, y el pan y el vino para comerte. Entonces, ven, Señor. Abre mis sentidos a tu presencia. Déjame reconocerte donde estás. Amén.

 

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b) ¡Abre el corazón de tu pueblo, Señor! (Oración a partir de Is 35,1-10)

 

¡Abre el corazón de tu pueblo, Señor!

 

Señor, he visto el desierto sembrado

en medio de las calles de Bagdad y Jerusalén,

por medio de bombas suicidas y asesinas.

 

He visto cuerpos mutilados de seres humanos,

sembrados en los paseos de una ciudad

que podría ser la nuestra.

 

He visto y he oído el clamor de mujeres

llorando a sus muertos,

que no regresarán jamás.

 

¡Abre el corazón de tu pueblo, Señor!

 

He visto el miedo dibujado en el rostro de los niños,

manos débiles y rodillas temblorosas

a causa de la sed y del hambre

que nadie quiere ver.

 

Y he visto la indiferencia atroz

de quienes permanecen ciegos y sordos

al ruido ensordecedor de las armas

y a los lamentos de huérfanos y viudas, 

ojos y oídos embotados

por el afán de bienestar

o de supremacía militar y política.

 

¡Abre el corazón de tu pueblo, Señor!

 

He visto lenguas que profieren mentiras

para justificar la violencia y la destrucción,

y lenguas atadas para denunciar

y adiestradas para consentir injusticias.

 

Lo he visto, Señor,

¡ven tú en persona!

 

Abre mi corazón y el de tu pueblo,

para que trabajemos por convertir

el desierto de nuestras casas y ciudades

en vergel,

por fortalecer las manos débiles

y poner en pie las rodillas que vacilan.

 

Abre nuestros oídos para escuchar

los sonidos de la muerte,

y danos un corazón recto,

para no camuflarlos ni justificarlos.

 

Desata nuestra lengua

para proclamar palabras de vida,

y nuestros dedos para tocar 

con el mismo roce amoroso de Jesús.

 

¡Que sembremos vida y paz, Señor!

¡Que haya regocijo y alegría en tus hijos e hijas

por la nueva creación

que todos estamos llamados a alumbrar!

 

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)