Oración inicial - leemos - meditamos - oramos

Espíritu
Santo, Tú que eres el gran “precursor” de Jesús,
tú
que descendiste sobre María para cubrirla con el poder del Padre,
ven, introdúcenos en la contemplación
del
misterio del nacimiento de Jesús.
Ilumina nuestra mente, santifica y purifica nuestros corazones
para que la Palabra ”acampe” hoy en nuestra vida,
se
haga carne en ella,
y desde aquí, por tu acción, se irradie sobre el mundo.
Juan 1,1-18
1En el principio y existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
2La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
3Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
4En la Palabra había vida,
y la vida era la luz de los hombres.
5La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.
6Surgió un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan:
7éste venía como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que por él todos vinieran a la fe.
8No era él la luz,
sino testigo de la luz.
9La Palabra era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre.
10Al mundo vino y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
11Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
12Pero a cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre.
13Éstos no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.
14Y la Palabra se hizo carne,
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.
15Juan da testimonio de él y grita diciendo:
- Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo».
16Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: 17porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
18A Dios nadie lo ha visto jamás:
El Hijo único, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer.
Orientaciones para la lectura
El contexto litúrgico de este evangelio
La Palabra de Dios que escuchamos en las misas de Navidad (noche, aurora, día)
parece que intenta responder, desde perspectivas diferentes, a una misma
pregunta: ¿cuál es el sentido de la
Navidad?
En ellas, el profeta
Isaías y san Pablo preparan el alegre anuncio de los evangelios.
En la lectura de la “misa del
gallo”, Is 9, 1-3.5-6 promete una luz que brillará
para el pueblo y los pueblos que “caminan en las tinieblas”. Esta luz
es el “Niño que nos ha nacido”, que será “el Dios fuerte, el Padre
eterno, el Príncipe de la Paz”. El Niño será luz, salvación, no sólo para
el pueblo elegido sino para todos los pueblos de la tierra, porque “el
amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará”.
El apóstol, en pocos versículos de la carta al discípulo Tito, anuncia la gran Noticia: “Se ha manifestado la bondad de Dios, que quiere salvar a todos los hombres...” (Tt 2, 11-14).
Lucas se fija en el anuncio del nacimiento histórico de Jesús a los pastores, quienes se convierten así en los primeros testigos – naturalmente después de María y José - del acontecimiento más importante de la historia humana: “Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (2,11). Este Mesías aparece en la realidad de un niño pobre “envuelto en pañales, acostado en un pesebre” (2,12).
En la misa del día de Navidad, las
lecturas dejan ya el relato del evento histórico del nacimiento del Señor,
para centrarse en el mensaje teológico y profundo y ofrecernos así una honda
meditación del gran acontecimiento de la Encarnación.
Con la profecía de Isaías 52, 7-11, la Iglesia se abre a un gozo desbordante, que se convierte casi en un estallido de júbilo ante el cumplimiento de la promesa de la venida del Mesías, anunciado en los siglos pasados.
El autor de la Carta a los Hebreos, con su “prólogo”,
presenta al “Hijo” con las mismas palabras del “Padre”: “Tú
eres mi hijo, Yo te he engendrado hoy” (1,5).
Y este “prólogo” introduce otro “Prólogo”, el de Juan en el texto evangélico (Jn 1,1-18), un texto tan propio del tiempo de Navidad que la liturgia nos lo ofrece en la misa de la Navidad, el día 31 de diciembre y el domingo II de Navidad, día 5 de enero.
El texto
La lectura evangélica de hoy constituye el
pórtico del evangelio de san Juan, conocido generalmente como el “Prólogo”.
Se trata con probabilidad de parte de un himno cristológico de la Iglesia apostólica, entre los varios cánticos o himnos, tomados de la liturgia de la época, que encontramos en todo el nuevo Testamento. Citamos sólo entre otros: el cántico de Efesios 1, 1-14, Colosenses 1,1-20, Filipenses 2, 6-11, 1 de Pedro 2,21-24.
Al texto del himno, ciertamente el evangelista le ha añadido matices importantes. Resulta así un texto propio del estilo de Juan: teológico y profundo, síntesis meditativa del misterio de la Navidad.
Los textos paralelos se remontan nada menos que a la creación (Gen 1), cuando la Palabra de Dios hizo salir del caos el cosmos, la vida, el mundo, el hombre y la mujer. Juan nos sitúa “en el principio” (“en arché”), la palabra con que se abre la Escritura sagrada para afirmar la creación de todo lo que existe.
En ese “principio” ya existía la Palabra, el Verbo de Dios ya estaba “hacia Dios” porque el Verbo, la Palabra “era Dios”. En este primer versículo del Prólogo de Juan se condensa la profunda teología del cuarto evangelio.
La Palabra orientada hacia el Padre desde la eternidad, mirando hacia él, al encarnarse, “se vuelve” “mira” hacia la humanidad e irrumpe ya para siempre en nuestra historia.
El poder de la Palabra del Padre creador se
manifiesta aquí en la Palabra engendrada del Padre: Cristo Jesús. Su
existencia es anterior al tiempo, es eterna, existía
en el principio, estaba junto a Dios, era Dios.
Porque todo ha sido creado por él y para él.
Del misterio trinitario, Juan desciende a nuestro mundo, desciende hasta el hombre, con aquellas palabras que constituyen el núcleo del mensaje evangélico y del misterio que celebramos hoy: “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. No se puede expresar de forma más realista el misterio del Dios que entra en la historia del hombre y del mundo creado.
La Palabra que llamó todo a la existencia es Jesús,
el Verbo, la Palabra que se hizo carne y estableció su morada, su tienda en
medio de nosotros, hombre entre los hombres, semejante en todo a nosotros menos
en el pecado. Él, la Palabra poderosa, resplandor de la gloria del Padre e
impronta de su ser, es hoy
un hombre, nos habla como hombre, en el lenguaje de los humanos, con
nuestro mismo lenguaje.
¡Oh, misterio inefable!
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