El texto de Juan, más que objeto de meditación, se ofrece para la mirada
contemplativa que ve, a través de estas palabras, el gran misterio de un Dios
encarnado, que se hace uno de nosotros, “carne de nuestra misma carne”.
Recuerdo las palabras con las que Juan Pablo II felicitaba la Navidad a toda la
Iglesia, el año 2002: “Con María
contemplemos el rostro de Cristo”.
Las semanas que han precedido a esta Navidad no se ha visto libres de una pesada carga de preocupación y sufrimiento en nuestro país y también en muchas otras partes del mundo.
La Palabra de Dios en los cuatro domingos de Adviento nos ha repetido una y otra
vez: “Estad
siempre alegres en el Señor. Os lo repito: estad alegres... El Señor está
cerca” (Flp 4,4).
En la semana que ha precedido a la Navidad también hemos escuchado de la Palabra de Dios mensajes de aliento y esperanza: "José, hijo de David, no temas en llevarte a María..."; "No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado..."; "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios".
¿Cómo conciliar estas invitaciones a la alegría, a la confianza en el Dios fiel, con el dolor de tantos hermanos y hermanas, precisamente en estos días?
Hoy celebramos la “nova Nativitas”, la actualización del nacimiento del Señor Jesús. Sabemos que la liturgia no es un puro “recuerdo” de acontecimientos pasados en la historia de los tiempos; es la actualización en el “hoy” del Misterio de Cristo. Por eso, tenemos la certeza de que “hoy” el Señor Jesús viene a nosotros, “nace” en su Iglesia, en cada mujer y hombre que se abre a su venida.
“Hoy” “la Palabra se hace carne y pone su morada entre nosotros”.
Contemplando este Misterio, el Rostro del Hijo de Dios encarnado, del Hijo de María, la Virgen-Madre, siento una llamada fuerte, una urgencia a que también yo me “encarne” en la realidad de la historia de la Iglesia y del mundo de nuestro tiempo.
El “rostro de Cristo Jesús” aparece en esta Navidad en el rostro de niños felices, de adultos esperanzados, y en el rostro de niños desnutridos, de adultos que otean un futuro incierto, de mujeres y hombres que sufren las consecuencias de las guerras, de la violencia, de la riqueza mal repartida...
La contemplación de estos “rostros”, junto al rostro del Niño-Dios, no conduce a la desesperanza, a la amargura, a una tristeza propia de “los que no tienen esperanza”. Me invita a hacer lo que yo pueda y sepa, a orar para que dejemos a Dios actuar en nuestro mundo a través de los muchos hombres y mujeres de buena voluntad, a través de esas personas que parece que tienen como ideal de su vida el servicio, la misión de construir un mundo más humano, de hacer realidad esa “civilización del amor” soñada por todos.
En esta contemplación que me lleva a la acción y a la oración ante el Misterio de la Navidad, mi vida adquiere hoy un sentido vivo y fecundo.
Con y como María, quiero “decir hoy que sí al amor de mi Dios”, para poderlo comunicar e irradiar.
¡Gracias,
Padre, por tu Hijo!
Él se encarnó para decirnos que tú nos amas,
que quieres que vivamos con talante de hijos tuyos
y de hermanos entre nosotros.
¡Gracias por María, la Madre,
que con su docilidad a tu Palabra
fue la Madre y la discípula
que hizo posible la encarnación de tu Verbo!
¡Gracias por los ángeles que cantaron tu gloria
sobre la gruta de Belén y que anunciaron
a los pastores la buena Nueva del nacimiento de Jesús!
Y ¡gracias, Padre, por los muchos ángeles silenciosos
que hoy siguen, con sus esfuerzos
por la paz y la fraternidad,
anunciando al mundo que es posible ser felices!
Hoy nosotros también cantamos con esperanza y alegría:
¡GLORIA a Dios en el cielo y en la tierra PAZ!
Que el poder de tu Espíritu
siga suscitando profetas valientes,
hombres y mujeres entregados a construir
una sociedad conforme a tu Proyecto de amor.
¡Amén, Padre!
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Concepción González, pddm (España)