Un día de los de clase de lengua italiana que recibí en Bilbao (España), en agosto de este verano, pregunté a una compañera española: “¿Por qué no has preferido estudiar italiano en Roma? Hubiera sido más fácil aprenderlo allí, porque habrías tenido más personas con quienes hablar.” Ella me respondió: “Cecilia, ¡no sabes cómo me duele dejar a mi familia! Quiero estar con mis padres y mis hermanos al menos un mes más antes de irme allí a estudiar.” Le dije: “Sí, te comprendo. Lo he experimentado también. Y, de vez en cuando, aún me viene este mismo sentimiento de dolor, a pesar de que ya llevo tres años en España.” (soy filipina y llevo tres años estudiando en Barcelona).
Mientras meditaba el evangelio de este domingo, recordé esta conversación
con mi compañera. Como a mi compañera, a Jesús le dolía también dejar a su
familia (supongo que sí). Además, le dolía seguramente el saber que “sería
entregado en manos de los hombres y le matarían” (v.31). Junto a eso, creo
que su dolor fue aún mayor por no haber sido comprendido por sus discípulos,
que estuvieron muy cerca de él y a los que enseñó muy íntimamente.
Pero Jesús no fue como mi compañera, que quería reducir su dolor
estando más tiempo con su familia. Jesús se fue cuando le pareció oportuno.
Dejó a su familia y cumplió la misión que el Padre le entregó.
Por otra parte, comprendo muy bien a mi compañera. Estar lejos de los seres queridos es, de verdad, una experiencia de “pasión”, y no es nada fácil. Al estar en España tres años, he aprendido a ser una discípula de Jesús que siempre le escucha para saber lo que me quiere enseñar en cada momento, en cada situación, sobre todo de dolor, sacrificio y sufrimientos. En silencio, me enseña, de la misma manera que enseñaba a sus discípulos. Sus palabras me consuelan, sus ejemplos me inspiran, sobre todo en momentos en que me siento muy “débil” y “pequeña”.
Jesús añadió: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos
y el servidor de todos.” (v.35) ¡Qué enseñanza tan difícil de entender!
Hoy día, casi todos quieren ser los primeros. ¿Cómo se puede aceptar que hay
que ser el último? Jesús lo hizo estando con los/las que la sociedad de su
tiempo consideraba los/las últimos/as: los “niños”, las mujeres, los
enfermos, los extranjeros, los pequeños, los débiles. En algunas partes del
evangelio, podemos encontrar cómo Jesús mostró su amor a las mujeres y a los
niños, a los pobres y enfermos. Éstas son las personas a las cuales
consideraban "últimos", pequeños y débiles. No confían en ellos, y
hubo ocasiones en que les rechazaban (a los leprosos, por ejemplo), por creer
que habían sido condenados por Dios.
Incluso al final de su vida, Jesús estuvo con los pequeños, fue considerado último por haber sido crucificado en la cruz con dos criminales a su lado. Todo fue una consecuencia de su deseo de servir a los demás, de las palabras de “salvación” que les anunció, de las obras de “liberación” que hizo con ellos.
Ser último, servir a todos...¡qué difícil de hacer! Pero fue posible
para Jesús, el Maestro que sigue enseñando a sus discípulos.
En tu vida aquí y ahora, ¿cómo ves que Jesús te quiere enseñar? ¿Cuáles
son las prioridades de tu vida? ¿Quiénes son los pequeños y débiles a
quienes estás llamad@ a servir? ¿Has experimentado alguna vez cómo ser el/la
último/a, cómo ser débil y pequeño/a? ¿Por qué? ¿Fue por darte a los demás?
Date más tiempo de silencio. Saborea más la Palabra y sigue preguntándote: ¿Qué
o quién dio a Jesús la inspiración y perseverancia de servir a todos hasta la
última hora de su vida? ¿De dónde vino su fuerza para poder superar todo,
incluso el ser crucificado?
Según las respuestas que te lleguen, ¿puedes decir que de algún modo has
tenido también la inspiración y fuerza que tuvo Jesús? ¿Cómo y cuándo? Si
no te viene ninguna respuesta, mantente en silencio, imagina que estás en la
escena del relato del evangelio de este domingo. Espera..., escucha como una
discípul@ atent@ a la enseñanza del Maestro.
Oración personal (Cecilia Payawal, pddm)
¿Ser
la última?
Algunas
veces no lo comprendía, Señor.
¿Cómo
puedo seguir tu enseñanza de ser la última?
Creo
que nadie quiere ser el último.
Todos
quieren ser los primeros, los mejores,
los
más perfectos de todos.
Pero
cuando recorrí el relato de tu vida,
descubrí
que nos diste el ejemplo
de
ser el “primero” siendo el “último”.
Por
tus palabras de “salvación”,
por
tus obras de “liberación”,
te
entregaron y te mataron.
Así
fuiste el “último”,
por
estar con los “últimos.”
Todo
fue por tu amor a los “niños”,
por
tu cuidado a los débiles, pobres y pequeños.
Fuiste
el “último”,
pero
al final fuiste el “primero”
porque resucitaste al tercer día,
el
primero de todos.
Fuiste
el “primero” entre los “últimos”, resucitado, liberado,
a
pesar de ser entregado y matado.
Gracias,
Señor, por haberte dado a los “niños” y pequeños;
por
haber servido a todos sin reserva y con perseverancia.
Gracias
también por el don de ser tu discípula.
Ayúdame
a seguir tu ejemplo,
a
escucharte más y a contemplarte más profundamente.
Para
que pueda encontrarte
en
la persona de los pequeños;
para
que pueda experimentar
la
felicidad abundante de darse a los demás;
para
que cada día de mi vida no sea sólo una lucha continua,
sino
más bien una “resurrección” compartida con los otros,
una
bendición derramada con paz y alegría. Amén.
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Cecilia Payawal, pddm (Filipinas)