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Oración para disponer el corazón
Con
San Pablo, doblamos las rodillas ante el Padre para que nos conceda, según los
tesoros de su gloria, fortalecernos en el hombre interior por medio de su Espíritu,
y acoger a Cristo en nuestros corazones por medio de la fe, para que, enraizados
y fundados en el amor, logremos conocer el Amor de Cristo que trasciende todo
conocimiento, y así nos llenemos de la total plenitud de Dios (cf. Ef 3,14-19).
Marcos 9,38-43.45.47-48
En aquel tiempo, 38 dijo Juan a Jesús:
- Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.
39 Jesús respondió:
- No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. 40 El que no está contra nosotros está a favor nuestro.
41 El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. 42 El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que el encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. 43 Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la Vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga.
45 Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la Vida que ser echado con los dos pies al abismo.
47 Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado al abismo con los dos ojos, 48 donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.
Orientaciones para la lectura
El evangelio de este domingo es la continuación del pasaje del domingo anterior. Jesús está atravesando las regiones de Galilea, enseñando a sus discípulos (cf. Mc 9,30). En el evangelio de hoy, Juan, en nombre de los demás discípulos, le cuenta al Maestro cómo había un hombre expulsando demonios en nombre de Jesús y se lo han querido prohibir (v.38). Este diálogo de los discípulos con Jesús muestra cómo los discípulos suelen exponer ante el Maestro sus decisiones y actitudes para que sean juzgadas-verificadas por Él. Los discípulos están llenos de buena voluntad en la obra de colaboración con Jesús para construir el Reino de Dios, pero, como en otros momentos, sucede que aún no han entrado lo bastante profundamente en la mentalidad de Jesús y por eso sus decisiones y actitudes no son conformes con los deseos de Cristo, es decir, con el designio del Padre. Este desajuste se revela en situaciones como la de hoy o como la precedente, cuando los discípulos discutían entre sí sobre quién había de ser el mayor (cf. Mc 9,34).
Juan indica, como motivo de la prohibición, que este hombre "no es de los nuestros", como dice la traducción litúrgica. Literalmente, el texto dice: "porque no nos sigue". Este pertenecer al grupo que sigue a Jesús es, para los discípulos, un aspecto muy importante y parece decisivo para poder realizar milagros en Su Nombre. Pero, en esta ocasión, resulta que, de nuevo, sus pensamientos no son los del Señor, y sus caminos no son los suyos (cf. Is 55,8).
Jesús les responde que no prohíban a los hombres realizar obras buenas en Su Nombre, porque ninguno de éstos que obran así puede, después, hablar mal de Él (v.39). Con estas palabras, Jesús está abriendo el corazón de sus discípulos para que acojan las diversas manifestaciones de la acción del Espíritu, que a veces se dan precisamente allí donde no se esperan. Porque el Espíritu de Dios sopla donde quiere (cf. Jn 3,8) y distribuye sus dones a cada cual como quiere (cf. 1 Co 12,11). El hombre debe someterse a la sorprendente acción del Espíritu, y no puede controlar o limitar su actuación con sus propias normas. A cada uno de nosotros ha sido concedida la gracia según la medida del don de Cristo (Ef 4,7). Y esta medida del don de gracia ha sido establecida por Dios, no por nosotros mismos. En su respuesta, Jesús subraya que la relación con Él constituye el criterio justo para verificar las obras de los demás. Si alguno realiza un milagro en el Nombre de Jesús, quiere decir que se ha abierto a su Espíritu y cumple estas obras con su poder. Nadie puede servir a dos señores (Mt 6,24). Por ello, quien ha acogido a Jesús como Señor y en su Nombre realiza milagros, no puede, al mismo tiempo, estar en su contra. Como en Jesús no hay "sí" y "no" (cf. 2 Co 1,19), así tampoco en los que le pertenecen y, de diversos modos, le siguen. Nadie movido por el Espíritu de Dios puede decir: "Anatema sea Jesús" (1 Co 12,3). Si una persona maldice a Jesús, esto quiere decir que antes, en su corazón, se ha separado de Él y después, como fruto, surgen palabras y obras malas.
En efecto, "quien no está contra nosotros, está con nosotros" (v.40). Jesús ensancha las perspectiva y aprecia toda expresión de bien. Incluso aunque este bien no haya sido realizado en plena unidad con la comunidad de los discípulos de Jesús, igualmente edifica la Iglesia, porque es signo de la acción del Espíritu en los corazones de estos hombres y mujeres. Quien no está con Jesús está contra Él, y quien no recoge con Él, desparrama (Lc 11,23). A veces, incluso inconscientemente, el hombre se declara, con su vida, o con Jesús o contra Él.
Jesús promete que no se perderá ningún gesto de bondad, y menos aún si está realizado en su Nombre: "quien os dé a beber un vaso de agua en mi nombre tan sólo porque sois de Cristo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa" (v. 41). En este dar de beber un vaso de agua se puede ver un símbolo de todo gesto bueno hacia el prójimo para sostenerlo en el camino de la vida, así como el agua renueva las fuerzas del sediento. Y del mismo modo que en el texto anterior Jesús enseñaba a sus discípulos a convertirse en siervos de todos y a crecer en la acogida a los niños en su Nombre (9,35ss), así también aquí los discípulos deben dejar a los demás que realicen hacia otros gestos de bondad en nombre de Jesús. De este modo, los hombres podrán servir a Jesús y expresar su amor hacia Él (cf. Mt 25,40). El bien debe ser realizado por todos. Todo hombre debe dar su propia contribución en el servicio y en el amor por el bien común de todos.
El versículo 42 es la continuación del discurso de Jesús. Pero, entre el 41 y el 42 hay un giro un tanto áspero en el tono de las palabras de Jesús: de la alabanza del bien cumplido hacia los que pertenecen a Jesús se pasa a la admonición acerca de no escandalizar a "uno de estos pequeños que creen". Y, como en la primera situación, a los que realizan el bien Jesús les promete recompensa.
Es, en este momento, cuando Jesús pronuncia palabras llenas de dureza hacia el hombre que guía a otros, a menudo a los más débiles, hacia el mal. Ser para otros motivo de pecado quiere decir ser la causa de su autodestrucción a todos los niveles (natural, espiritual, social...). Quiere decir conducirles a la muerte, no sólo presente, sino también eterna. No se trata aquí de un mal ejemplo en el plano moral, sino que el escándalo al que se alude es algo mucho más grave. Es una conducta que amenaza a los pequeños, es decir, a los que son todavía débiles en la fe. Las palabras tan fuertes de Jesús indican la necesidad radical del rechazo del pecado y de mantenerse alejados de todo tipo de mal (cf. 1 Ts 5,25).
Los versículos siguientes (43.45.47) afirman que este pasar del bien al mal se realiza primero en el corazón y en la vida de cada uno de nosotros. Desde el v.43, Jesús se dirige directamente a mí y a ti, para que, mirándonos atentamente a nosotros mismos, cortemos todos lo que haya en nosotros de escándalo. Dios, Señor de la vida, nos ha creado a su imagen (cf. Gn 1,27); por ello, también nuestro cuerpo debe estar al servicio de la vida. Él nos ha dotado de los varios miembros que forman nuestro cuerpo para que podamos desarrollarnos para su gloria y el bien de los otros y, de este modo, alcancemos la plenitud de la vida en el Reino de Dios. Pero debemos recordar que somos carne, vendidos como esclavos del pecado y que en nuestros miembros obra la ley del pecado (cf. Rm 7,14.23). En esta situación, Cristo no nos deja solos, y no solamente nos enseña la novedad de la vida según el Espíritu de Dios, sino que nos libera del estado de pecado y nos hace capaces de caminar bajo el soplo del Espíritu (cf. Gál 5,16). Por consiguiente, la expresión: "cortar la mano o el pie", o "sacar el ojo" no se puede comprender literalmente, sino que, como nos invita San Pablo, debemos, con la fuerza que viene de Cristo, hacer morir los miembros terrenos: "fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, que es una idolatría" (cf. Col 3,5). La repetición de las expresiones: "es mejor para ti entrar manco (... cojo, tuerto) en la vida que ir con todos tus miembros al abismo", hace ver a dónde pueden conducirnos, definitivamente, las pequeñas elecciones del bien o del mal. Luchar contra el mal en nosotros mismos y en el mundo y hacer crecer el bien nos llevará a alcanzar la plenitud del bien en Dios, en la eterna felicidad. Pero la tolerancia y el consentimiento del mal, incluso de aquel escondido en nuestro corazón, nos hace entrar en un camino que, finalmente, podría conducirnos a la perdición.
El versículo 48 parece subrayar aún más que este ir al abismo no terminará jamás, sino que durará eternamente. Si esto es así, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su propia vida? (Mc 8,36).
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