1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

Si miramos a nuestro alrededor, la verdad es que descubrimos pocos matrimonios que mantengan encendida la llama del amor primero durante mucho tiempo. Cada vez es más frecuente que las parejas no deseen casarse y, si se casan, hay un porcentaje muy elevado de parejas que se separan en los primeros años de matrimonio. De las parejas que logran conservar su matrimonio, muy pocas están realmente felices con su opción. No estoy casada, pero he oído con pena a muchas mujeres de mi entorno familiar y social lamentar su elección. No están satisfechas con el modo como han vivido su condición de esposas y madres, y su actitud de cara al futuro es de resignación y de aguante "hasta que la muerte los separe". Eso, por no hablar del deplorable fenómeno de la violencia doméstica, que ha ido en aumento en los últimos años.

 

        Da la sensación de que el matrimonio como institución social y religiosa se hubiera desintegrado. Si el hombre y la mujer están hechos el uno para el otro, si lo natural es que se busquen y se complementen, algo muy importante está fallando para que tan pocos matrimonios funcionen como es de desear.

 

        En tiempos de Jesús, la situación no era muy distinta: rara vez dos personas se unían por amor, puesto que no existía un tiempo de conocimiento previo de la pareja, ni una elección libre, sino que eran los padres quienes apalabraban la unión de sus hijos, como se podía apalabrar un contrato de compra-venta. Recordemos, en la historia de Israel, cómo Abrahán envía a su criado a buscar esposa para su hijo Isaac (cf. Gn 24), o cómo Ágar buscó una mujer egipcia para su hijo Ismael (cf. Gn 21,21). Siendo así la situación, no es extraño que, en muchas ocasiones, no surgiera un afecto espontáneo ni un amor capaz de sostener esa unión contra viento y marea.

 

        La legislación mosaica, patriarcal, favorecía en todo al varón, quien podía repudiar a su mujer en caso de que «descubriera en ella algo que le desagradara» (Dt 24,11), ya fuera un defecto físico, un carácter incompatible o una torpeza doméstica. Esa ley justificaba que cualquier cosa pequeña sirviera de pretexto para repudiar a una esposa no deseada.

        La palabra de Jesús pone al descubierto la injusticia que se esconde en esa legislación y cómo esta ley es fruto de la distorsión que introduce el pecado (dureza de corazón) en el proyecto original de Dios. El sueño original de Dios está recogido en Génesis 1-2. En el primer relato de la creación, el hombre y la mujer son creados a imagen y semejanza de Dios, Padre y Madre (Gn 1,27). Si esto es así, ambos son capaces de amar con el mismo amor creador de Dios. Fruto de su unión amorosa será su fecundidad creadora (Gn 1,28). Esa unión es tal que ambos se harán una sola carne. Cuando Adán descubrió ante sí a Eva, exclamó: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2,23). Éste es el proyecto original de Dios al que Jesús alude: un proyecto de unión, de armonía y amor entre todos los seres humanos y, de un modo singular, entre el hombre y la mujer vinculados esponsalmente. El mismo "hacerse una sola carne" en el abrazo esponsal debería ser símbolo de la com-penetración profunda e indestructible de dos seres que se aman y caminan como compañeros durante toda su vida y en la eternidad. 

        Jesús nos dice hoy que esta unión esponsal es un don de Dios y sólo viviéndola en Él y alimentando el amor creativamente, todos los días, puede ser eterna.

 

3. Oramos

 

a) La Palabra de hoy hace que este día sea una ocasión especial para dar gracias a Dios por nuestro esposo o nuestra esposa, si estamos casados. 

- Recuerda todas las cosas buenas que has vivido con él/ella y da gracias.

- Cae en la cuenta de los dones de esa persona amada y da gracias a Dios por ella.

- Pide a Dios la gracia de que te enseñe a cuidar vuestra unión y a amaros mutuamente, según el Evangelio, todos los días de vuestra vida.

 

b) Oración por las familias:

 

Te damos gracias, Señor, por todas las familias cristianas, pequeñas iglesias domésticas en donde se vive y se siembra el Evangelio, en donde se aprende el amor y la fraternidad, en donde Dios es alabado y bendecido como Padre, Madre y Amor.

Te damos gracias por el amor que une a los esposos, sacramento del amor de Cristo a la humanidad, levadura que puede hacer crecer una nueva civilización en la que todos reconozcamos en el prójimo, cercano y lejano, a un hermano «hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne».

Te damos gracias por el don de los hijos, fruto de un amor que se entrega y se trasciende. Te damos gracias porque ellos son la humanidad nueva para un futuro que deseamos más justo y solidario.

Y también, hoy, nos atrevemos a pedirte, Señor. Conocemos a muchos esposos y esposas que no se aman, que están aburridos y cansados de estar juntos, que no dialogan, que sólo se gritan o se ignoran, Señor. Vemos familias cuyos hogares son verdaderos campos de batalla en los que la injusticia y la violencia produce heridas físicas y psicológicas irreparables. Sabemos que muchos niños son abandonados, aborrecidos y maltratados... Tú lo conoces, lo ves, lo sabes también. Dinos, Señor, qué podemos hacer por ellos. Cuida y protege a las víctimas de los seres que deberían amarles más... Y ayúdanos a nosotros/as, Señor, a hacer cuanto esté en nuestra mano para hacer de nuestras familias, grupos y comunidades, un hogar para el descanso, el amor y la alegría, contigo y en Ti. Amén.

 

c) Jesús nos dice hoy: «El que no reciba el Reino como un niño, no entrará en él». Deseamos acallar nuestras ambiciones y nuestra desconfianza, que nos impide abandonarnos en el Buen Padre Dios como un niño, orando con el salmo 131:

 

 

Señor, mi corazón no es ambicioso 

ni mis ojos altaneros.

No pretendo grandezas que superan mi capacidad,

sino que acallo y modero mis deseos

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor,

ahora y por siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)