La celebración litúrgica de este domingo del Tiempo Ordinario pone en boca de cada uno de nosotros, los creyentes, una pregunta: «¿Entonces, quién puede salvarse?» No es fácil para ninguno de nosotros entrar en la lógica de la sabiduría de la cruz, de aquel amor desarmado y desarmante que es la debilidad de Dios en Jesucristo. Entrar en su lógica es, sobre todo, un DON.
Podemos confrontarnos con algunas preguntas que podrán ayudarnos a interiorizar más la Palabra en nuestra vida:
¿Como sigo a Cristo, sabiduría del Padre?
¿Estoy dispuesto a dejar seguridades materiales, espirituales, psicológicas,
para entrar en el nuevo modo de concebir la relación con el Señor?
¿Creo que el cristianismo, antes de ser un esfuerzo, es un fiarse y confiarse
totalmente a Cristo?
En mi camino de respuesta y de adhesión, ¿creo que son más importantes mis
esfuerzos o el poder de Dios que obra en mí?
Dejemos que el Señor Jesús ponga, una vez más, sobre nosotros/as su mirada de amor; dejémonos mirar, porque sólo el ACONTECIMIENTO de un encuentro es lo que puede "trastornar" totalmente nuestra existencia y hacernos exclamar con el apóstol Pablo:
«Lo que era para mí ganancia
lo he juzgado pérdida, a causa de Cristo.
Y más aún: todo lo estimo pérdida,
comparado con la excelencia del conocimiento
de Cristo Jesús, mi Señor.
Por él lo perdí todo,
y todo lo estimo basura,
con tal de ganar a Cristo, y existir en él,
no con una justicia mía -la de la ley-,
sino con la que viene de la fe en Cristo,
la justicia que viene de Dios,
y se apoya en la fe.
Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección,
y la comunión con sus padecimientos,
muriendo su misma muerte,
para llegar, un día, a la resurrección de entre los muertos.
No es que ya haya conseguido el premio,
o que ya esté en la meta:
yo sigo corriendo.
Y aunque poseo el premio,
porque Cristo Jesús me lo ha entregado, hermanos,
yo a mí mismo me considero
como si aún no hubiera conseguido el premio.
Sólo busco una cosa:
olvidándome de lo que queda atrás
y lanzándome hacia lo que está por delante,
corro hacia la meta,
para ganar el premio,
al que Dios, desde arriba,
llama en Cristo Jesús.
(Flp 3,7-14)
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Doriana Giarratana, pddm (Italia)