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Santiago
y Juan se acercan a Jesús con una petición extraña: ocupar los puestos de
honor junto a él. «No saben lo que piden». Así les dice Jesús. No
han entendido nada de su proyecto al servicio del reino de Dios y su justicia.
No piensan en «seguirle», sino en «sentarse» en los primeros
puestos.
Al
ver su postura, los otros diez «se indignan». También ellos alimentan
sueños ambiciosos. Todos buscan obtener algún poder, honor o prestigio. La
escena es escandalosa. ¿Cómo se puede acoger a un Dios Padre y trabajar por un
mundo más fraterno con un grupo de discípulos animados por este espíritu?
El
pensamiento de Jesús es claro. «No ha de ser así». Hay que ir
exactamente en la dirección opuesta. Hay que arrancar de su movimiento de
seguidores esa «enfermedad» del poder que todos conocen en el imperio de
Tiberio y el gobierno de Antipas. Un poder que no hace sino «tiranizar»
y «oprimir».
Entre
los suyos no ha de existir esa jerarquía de poder. Nadie está por encima de
los demás. No hay amos ni dueños. La parroquia no es del párroco.
La Iglesia no es de los obispos y cardenales. El pueblo no es de los teólogos.
El que quiera ser grande, que se ponga a servir a todos.
El
verdadero modelo es Jesús. No gobierna, no impone, no domina ni controla. No
ambiciona ningún poder. No se arroga títulos honoríficos. No busca su propio
interés. Lo suyo es «servir» y «dar la vida». Por eso es el
primero y más grande.
Necesitamos en la Iglesia cristianos dispuestos a gastar su vida por el proyecto de Jesús, no por otros intereses. Creyentes sin ambiciones personales, que trabajen de manera callada por un mundo más humano y una iglesia más evangélica. Seguidores de Jesús que «se impongan» por la calidad de su vida de servicio. Padres que se desviven por sus hijos, educadores entregados día a día a su difícil tarea, hombres y mujeres que han hecho de su vida un servicio a los necesitados. Son lo mejor que tenemos en la Iglesia. Los más «grandes» a los ojos de Jesús.
José Antonio Pagola
http://svicentemartir-abando.org
Dale
gracias a Jesús por ser AMOR Y SERVIDOR de la Vida. Dale gracias
mientras haces memoria de episodios de su vida en los que se puso al
servicio de los demás: curando, enseñando, ofreciendo palabras de perdón,
acogiendo a los pobres, compartiendo las fiestas con sus amigos pecadores y
rechazados socialmente...
Pídele
que te dé sus mismos sentimientos de humildad y bondad, y que aparte de ti
los deseos de poder y de dominar sobre los otros.
Puedes
terminar tu oración rezando el salmo 130/131:
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Señor, mi corazón no es ambicioso ni
mis ojos altaneros; no
pretendo grandezas que
superan mi capacidad, sino
que acallo y modero mis deseos como
un niño en brazos de su madre.
Espere Israel en el Señor ahora y por siempre.
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Mª Concepción López, pddm (España)