El
texto evangélico de este domingo (Mc
10, 35-45), viene inmediatamente después del tercer anuncio de la Pasión
revelado por Jesús a sus discípulos, mientras “iban de camino, subiendo a
Jerusalén”. Marcos subraya que el Maestro iba delante de ellos, y que “los
que lo seguían tenían miedo” (v. 32.
Para confiar a los suyos lo que le espera en Jerusalén, llama aparte a los Doce
y les anuncia en detalle la pasión, muerte, resurrección que vivirá en la
Ciudad santa.
Acto
seguido, el evangelista Marcos presenta a los hijos de Zebedeo, que se acercan a
Jesús y le piden que haga lo que ellos
le van a pedir.
Nos
resulta extraña esta actitud de los dos discípulos predilectos. Porque parece
que el anuncio doloroso que Jesús les acaba de manifestar no les ha impactado;
es casi como si no lo hubiesen escuchado.
Es
más, su petición muestra con claridad cómo el discurso de la cruz no había
sido asimilado por Santiago y Juan. Ni, con mucha probabilidad, por ninguno de
los otros diez discípulos. En este momento, les interesa lo que les interesa.
Y, quizás sin caer en la cuenta ni ser conscientes de ello, dejan completamente
solo al Maestro que, camino de Jerusalén, se prepara para la entrega definitiva
de su vida, para la redención de todos nosotros, en obediencia filial a la
voluntad del Padre.
En
el texto paralelo de Mateo (20, 20-28), quizás para tutelar la fama de
los dos hermanos, el evangelista hace presentar la petición de recomendación
por la madre.
Tanto
en el pasaje narrado por Marcos como en el paralelo de Mateo, es admirable la
comprensión del Maestro Jesús. No les reprende con severidad, no les echa en
cara la indiferencia o el caso omiso que hacen ante el anuncio de algo que tenía
que interesarles y afectarles profundamente.
Ante
todo, les dirige una pregunta que quiere clarificar, poner a fuego la petición:
“¿Qué queréis que os conceda?” En varias otras perícopas evangélicas,
encontramos una pregunta semejante por parte del Maestro Jesús, que casi desea
que quien suplica y pide algún favor (ordinariamente se trata de curaciones),
tome conciencia clara de lo que está solicitando. “¿Qué quieres que te haga
o que haga por ti?” le pregunta Jesús en este mismo capítulo de Marcos al
ciego Bartimeo (v. 51).
Escuchada la petición concreta, el Maestro replica a los “hijos del
trueno”: "No sabéis lo que pedís”. En otro momento, cuando los
mismos hermanos habían pedido a Jesús si quería que ordenasen que bajase
fuego del cielo sobre los samaritanos que no habían querido acoger al Señor
“porque se dirigía a Jerusalén”, el mismo Jesús parece que les llega a
decir: “No sabéis qué espíritu tenéis o de qué espíritu sois”.
Aquí Jesús, en la pregunta-respuesta que dirige a los dos, intenta hacerles
comprender que lo que les debe importar no es el tener privilegios, sino
el compartir el destino de su Maestro y Señor. Ésta ha ser la verdadera
preocupación de todo aquel que quiera decirse discípulo suyo: seguirle a él,
ir detrás de él, su Maestro, realizando en sus vidas el mismo estilo y ejemplo
de servicio, dejando a un lado todo lo
que pueda sonar a ambición de honores y primeros puestos.
Para
hablar de su destino, en la pregunta que dirige Cristo a Santiago y Juan, Jesús
acude a dos imágenes: beber el cáliz y ser bautizados con el bautismo.
Las dos evocan una
perspectiva de sufrimiento y muerte. Y el Señor es consciente de ello. Ya lo
anunció por tres veces a los apóstoles.
Y los dos discípulos protagonistas de la escena evangélica, más o
menos conscientes del verdadero contenido de aquello a lo que se comprometen con
su respuesta, se declaran decididos y dispuestos a compartir plenamente el
destino del Señor.
Era de esperar que la petición ambiciosa de Santiago y Juan suscitase
malestar e indignación en los condiscípulos.
Entonces Jesús vuelve a convocar a los Doce, los reúne en torno a sí,
y con bondad les ofrece y nos ofrece una enseñanza de gran importancia sobre el
significado de los roles en la comunidad cristiana y el sentido verdadero de su
muerte poco antes anunciada: “El hijo el hombre será entregado a los sumos
sacerdotes y a los escribas; se burlarán e él, lo matarán... El Hijo del
hombre ha venido para servir y dar su vida como rescate por muchos” (vv.
33. 45).
Me suena con una interpelación particularmente fuerte la afirmación de
Jesús, al hablar del estilo de ejercicio de la autoridad por parte de los jefes
de las naciones. Se dirige directamente a los Apóstoles y les dice, casi les
ordena: “¡No va a ser así entre vosotros!”
El
modelo que Jesús deja a los suyos y, en ellos, a la Iglesia, es el de su propia
vida, caracterizada por el servicio y la entrega gratuitas. Los parámetros del
mundo, contrarios a las Bienaventuranzas, están basados en la carrera al poder
y al dominio de los unos sobre los otros. Jesús se muestra aquí firme y casi
categórico: “¡Pero entre vosotros no va a ser así!”
Todo camino que no sea el seguido por Jesús queda fuera de opción para
quienes quieran ser discípulos suyos,
para su Iglesia. No se trata, pues, de una opción de libre elección. El
seguimiento de Cristo Jesús, ser discípulos suyos, supone necesariamente una
opción fundamental que es la del servicio, la de la participación, no sólo
en su misión, sino también en el estilo de la misma.
a) De la Via Humanitatis (Beato Santiago Alberione)
a) De la Via Humanitatis (Beato Santiago Alberione)
“Apóstoles,
en todo tiempo y lugar, anuncian al mundo la buena noticia; muchos hombres
acogen la palabra de la salvación; muchos otros permanecen indiferentes o
persiguen a los que la anuncian.
Te
bendigo, Maestro Divino,
porque
me has dejado oír
tu
palabra de verdad.
Ella
me ha iluminado,
ha
suscitado en mí el arrepentimiento;
y
me ha llenado de confianza y amor.
Que
resuene en toda la tierra.
Haz
que los corazones sean dóciles a ella,
para
que produzcan el treinta, el sesenta,
o
el ciento por uno.
Prepara los corazones, María,
y obtén para ellos el Espíritu Santo”.
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Concepción González, pddm (España)