1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

El texto evangélico de este domingo  (Mc 10, 35-45), viene inmediatamente después del tercer anuncio de la Pasión revelado por Jesús a sus discípulos, mientras “iban de camino, subiendo a Jerusalén”. Marcos subraya que el Maestro iba delante de ellos, y que “los que lo seguían tenían miedo” (v. 32.

        Para confiar a los suyos lo que le espera en Jerusalén, llama aparte a los Doce y les anuncia en detalle la pasión, muerte, resurrección que vivirá en la Ciudad santa. 

Acto seguido, el evangelista Marcos presenta a los hijos de Zebedeo, que se acercan a Jesús y le piden que haga lo que ellos le van a pedir.

Nos resulta extraña esta actitud de los dos discípulos predilectos. Porque parece que el anuncio doloroso que Jesús les acaba de manifestar no les ha impactado; es casi como si no lo hubiesen escuchado. 

Es más, su petición muestra con claridad cómo el discurso de la cruz no había sido asimilado por Santiago y Juan. Ni, con mucha probabilidad, por ninguno de los otros diez discípulos. En este momento, les interesa lo que les interesa. Y, quizás sin caer en la cuenta ni ser conscientes de ello, dejan completamente solo al Maestro que, camino de Jerusalén, se prepara para la entrega definitiva de su vida, para la redención de todos nosotros, en obediencia filial a la voluntad del Padre.

En el texto paralelo de Mateo (20, 20-28), quizás para tutelar la fama de los dos hermanos, el evangelista hace presentar la petición de recomendación por la madre.

Tanto en el pasaje narrado por Marcos como en el paralelo de Mateo, es admirable la comprensión del Maestro Jesús. No les reprende con severidad, no les echa en cara la indiferencia o el caso omiso que hacen ante el anuncio de algo que tenía que interesarles y afectarles profundamente.

Ante todo, les dirige una pregunta que quiere clarificar, poner a fuego la petición: “¿Qué queréis que os conceda?” En varias otras perícopas evangélicas, encontramos una pregunta semejante por parte del Maestro Jesús, que casi desea que quien suplica y pide algún favor (ordinariamente se trata de curaciones), tome conciencia clara de lo que está solicitando. “¿Qué quieres que te haga o que haga por ti?” le pregunta Jesús en este mismo capítulo de Marcos al ciego Bartimeo (v. 51).

        Escuchada la petición concreta, el Maestro replica a los “hijos del trueno”: "No sabéis lo que pedís”. En otro momento, cuando los mismos hermanos habían pedido a Jesús si quería que ordenasen que bajase fuego del cielo sobre los samaritanos que no habían querido acoger al Señor “porque se dirigía a Jerusalén”, el mismo Jesús parece que les llega a decir: “No sabéis qué espíritu tenéis o de qué espíritu sois”.

        Aquí Jesús, en la pregunta-respuesta que dirige a los dos, intenta hacerles  comprender que lo que les debe importar no es el tener privilegios, sino el compartir el destino de su Maestro y Señor. Ésta ha ser la verdadera preocupación de todo aquel que quiera decirse discípulo suyo: seguirle a él, ir detrás de él, su Maestro, realizando en sus vidas el mismo estilo y ejemplo de servicio, dejando a un lado todo lo que pueda sonar a ambición de honores y primeros puestos. 

         Para hablar de su destino, en la pregunta que dirige Cristo a Santiago y Juan, Jesús acude a dos imágenes: beber el cáliz y ser bautizados con el bautismo.

         Las dos  evocan una perspectiva de sufrimiento y muerte. Y el Señor es consciente de ello. Ya lo anunció por tres veces a los apóstoles.

         Y los dos discípulos protagonistas de la escena evangélica, más o menos conscientes del verdadero contenido de aquello a lo que se comprometen con su respuesta, se declaran decididos y dispuestos a compartir plenamente el destino del Señor. 

         Era de esperar que la petición ambiciosa de Santiago y Juan suscitase malestar e indignación en los condiscípulos.

         Entonces Jesús vuelve a convocar a los Doce, los reúne en torno a sí, y con bondad les ofrece y nos ofrece una enseñanza de gran importancia sobre el significado de los roles en la comunidad cristiana y el sentido verdadero de su muerte poco antes anunciada: “El hijo el hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; se burlarán e él, lo matarán... El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida como rescate por muchos” (vv. 33. 45). 

         Me suena con una interpelación particularmente fuerte la afirmación de Jesús, al hablar del estilo de ejercicio de la autoridad por parte de los jefes de las naciones. Se dirige directamente a los Apóstoles y les dice, casi les ordena: “¡No va a ser así entre vosotros!”

            El modelo que Jesús deja a los suyos y, en ellos, a la Iglesia, es el de su propia vida, caracterizada por el servicio y la entrega gratuitas. Los parámetros del mundo, contrarios a las Bienaventuranzas, están basados en la carrera al poder y al dominio de los unos sobre los otros. Jesús se muestra aquí firme y casi categórico: “¡Pero entre vosotros no va a ser así!”

         Todo camino que no sea el seguido por Jesús queda fuera de opción para quienes quieran ser discípulos suyos, para su Iglesia. No se trata, pues, de una opción de libre elección. El seguimiento de Cristo Jesús, ser discípulos suyos, supone necesariamente una opción fundamental que es la del servicio, la de la participación, no sólo en su misión, sino también en el estilo de la misma. 

        

3. Oramos

 

a) De la Via Humanitatis (Beato Santiago Alberione)

b) Salmo 32,4-5.18-19.20.22

 

a) De la Via Humanitatis (Beato Santiago Alberione)

 

“Apóstoles, en todo tiempo y lugar, anuncian al mundo la buena noticia; muchos hombres acogen la palabra de la salvación; muchos otros permanecen indiferentes o persiguen a los que la anuncian.

Te bendigo, Maestro Divino,

porque me has dejado oír

tu palabra de verdad.

Ella me ha iluminado,

ha suscitado en mí el arrepentimiento;

y me ha llenado de confianza y amor.

Que resuene en toda la tierra.

Haz que los corazones sean dóciles a ella,

para que produzcan el treinta, el sesenta,

o el ciento por uno.

Prepara los corazones, María,

y obtén para ellos el Espíritu Santo”.

 

 

 

 

 

 

Concepción González, pddm (España)