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Oración para disponer el corazón
Señor
Jesús, Dios y Salvador nuestro,
que
vienes siempre a nosotros
en
cada persona y en cada acontecimiento,
llena
nuestro corazón con la Esperanza del Adviento.
Convierte
nuestros desiertos en oasis en los que no falte
tu
Agua Viva;
haz
que nuestros sequedales florezcan y se vistan de alegría.
Haz
brotar manantiales en nuestra tierra baldía.
Si
nuestras rodillas tiemblan
y
nuestros pasos vacilan, detenidos por mil miedos,
llena
nuestro corazón, Señor, con la Esperanza del Adviento.
Cura
nuestra cegueras para que sepamos reconocerte
en
el prójimo cercano:
en
el esposo, en la esposa, en los hijos,
en
los vecinos, tantas veces ignorados.
Abre
nuestros ojos para que podamos verte
en
el prójimo lejano, necesitado de pan
y
hambriento de ser considerado “hermano”.
Tú,
Señor, que eres Luz sin oscuridad alguna,
ilumina
nuestra mirada con la Esperanza del Adviento.
Abre
nuestro oídos, sordos a tu Evangelio de Alegría,
sana
nuestras parálisis, nuestra pereza e indiferencia,
para
que nuestras manos preparen un camino a tu venida.
Pon
en nuestra boca muda un canto nuevo
para
alabar y contar tus maravillas.
Sácanos
de la costumbre y la rutina
y
haznos Adviento,
centinelas
esperanzados
de tu constante venida.
Marcos 1,1-8
1
Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
2
Como está escrito en el profeta Isaías:
Mira,
yo envío a mi mensajero delante de ti
para
que prepare tu camino.
3
Una voz grita en el desierto:
Preparadle
el camino al Señor,
allanad
sus senderos,
4
apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de
conversión para el perdón de los pecados. 5 Acudía a él gente de
toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, confesaban sus pecados y él
los bautiza en el Jordán.
6
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura
y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. 7 Y proclamaba:
- Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo, y yo no soy digno de desatarle, agachándome, la correa de sus sandalias. 8 Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Orientaciones para la lectura
Hoy es
el día del “mensajero de la Alegría, de las buenas noticias”. En
hebreo tiene el nombre de “Mebasser” o “Mebasseret” (nombre femenino y
colectivo). Del Mebasser habla la primera lectura (Isaías 40). En
aquellos tiempos, Mebasser era el mismo profeta que escribió el texto,
el Segundo Isaías: un profeta radicalmente distinto de otros; ellos, profetas
de desgracias, él, "profeta de la buena noticia", mensajero
del consuelo para un pueblo que ha sufrido demasiado...
En griego, el nombre de
Mebasser se traduce por “evangelizador”. En el Evangelio de
este día, quien inicia la Buena Noticia, el Evangelio, es Juan Bautista.
Impregnado de este espíritu, el autor de la segunda carta de Pedro, también se
torna "mebasser" y anuncia la llegada de un cielo nuevo y una
tierra nueva; invita a acelerar este acontecimiento.
En
ambientes de crispación ¡qué necesario se hace anunciar la Buena Noticia!
Cuando uno pierde las ilusiones, cuando los problemas se acumulan, cuando parece
que todo sale mal, cuando uno se encuentra como encarcelado, ¡qué
importante es encontrar un camino de salida!
Cuando los que gobiernan no son de nuestro agrado, de nuestra cuerda o tendencia, la mirada crítica se agudiza. ¡Todo lo hacen mal! Llevan a la humanidad, o al grupo humano que dirigen hacia la catástrofe. Cuando miramos a nuestro alrededor con los ojos de la envidia, o de la soberbia, o de la ira, o de la ambición, ¿quién se salva, a quién absolvemos en ese tribunal en el que nos constituimos como jueces implacables?
Característica de una
comunidad que se sabe agraciada con la herencia de los grandes profetas, de los
grandes apóstoles, de Juan Bautista y, sobre todo de Jesús, Evangelio de Dios, es
que sea mensajera de buenas noticias, de la Buena Noticia. Y lo
sea con credibilidad. Ha de mostrar un rostro amable, alegre, confiado,
sereno, pacificador. No un rostro torvo, una mirada sombría, un gesto
adusto y condenatorio. Hay que cuidar la imagen pública de los que tenemos por
vocación ser "Mebasser", mensajeros de la Alegre Noticia.
Anuncia
la buena noticia aquella comunidad que aplaude el bien y no da importancia al
mal. Anuncia la buena noticia aquella comunidad que en lugar de sospechar y
condenar, confía y disculpa. Anuncia la buena noticia aquella comunidad
que no sólo detecta enfermedades, sino que además ofrece la medicina de la
curación fácil, posible, rápida.
Nosotros, esta gran comunidad mundial que es la Iglesia católica, ¿tenemos el rostro de mujeres y hombres de la Buena Noticia? ¿Somos portadores de un mensaje alegre y esperanzador para los pobres de la tierra, los excluidos de los procesos de transformación, los matrimonios en crisis los jóvenes indiferentes a la fe, las nuevas generaciones, los ancianos, los marginados, los disminuidos? ¿Condenamos o más bien ofrecemos alternativas, comprensión, caminos de salida?
La figura de Juan el
Bautista adquiere, en este contexto, toda su grandeza. ¡El preparó el
camino! ¡No lo bloqueó! Descubrió soluciones. ¡No puso más
problemas! Anunció la Buena Noticia. No contribuyó a la crispación
de su sociedad. Jesús tuvo que contar con la oposición a su camino: no pocos
querían impedir que siguiera adelante. En una ocasión, hasta el mismo Pedro
fue una piedra de tropiezo para Él, y Jesús tuvo que gritarle: “¡quítate
de mi vista, Satanás!”. Sin embargo, Juan “le preparó el camino”. Preparó
a la gente para entrar en el ámbito de la Buena Noticia. Y lo hizo desde
una humildad que impresiona: “¡no soy digno de desatarle la correa de la
sandalia!”. Juan estaba abrumado ante la Grandeza de Aquel a quien anunciaba.
Ser mensajeros de la Alegría de Dios, del Dios que cumple sus
promesas, del buen Futuro, implica sembrar Paciencia. No hemos de ser
“menesterosos impacientes”, sino menesterosos que “confían” en las
manos de su Señor y saben que en el momento oportuno nos dará lo que
necesitamos. La espera “paciente” glorifica a nuestro Dios y nos
dignifica a nosotros. Sí: hay futuro y no tardará en llegar. Hay futuros parciales,
que llenan nuestro camino de sentido, que anticipan el final y nos estimulan a
seguir hacia delante. ¡Nuestro Dios camina a nuestro lado!
Sí,
podemos preparar el camino del futuro aplicándonos una sencilla
terapia:
1)
purificar la mirada del corazón para “ver de otra manera”;
2)
poner en hora el reloj de la Paciencia y confiar en el sabio ritmo de Dios;
3) hacer fácil el camino a los demás: con nuestra súplica a Dios, con nuestra comprensión, con nuestra benevolencia a prueba de mal, con nuestra crítica constructiva, con nuestra disponibilidad a ayudar, con nuestra alegría, conscientes de la verdad de aquel aforismo: “quien te cree, te crea”.
(José Cristo Rey García Paredes, cmf)
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