1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

En este segundo domingo de Adviento, tanto Isaías (40,9-11) como Juan Bautista (Mc 1,1-8) nos van a hacer una llamada apremiante a la conversión: a prepararle el camino al Señor en los siguientes términos: 

“En el desierto, preparadle un camino al Señor;

allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios;

que los valles se levanten,

que los monten y colinas se abajen,

que lo torcido se enderece,

y lo escabroso se iguale”. 

Si nos fijamos bien, este texto de Isaías está pidiendo una inversión total de la realidad:

Que en el desierto, lugar inhóspito e inhabitable, haya un camino para que pase Dios;

que lo que está hundido, humillado, sometido, empobrecido... se levante, “resucite”, renazca, se renueve, recupere su dignidad...;

que lo que está elevado, enaltecido, lo arrogante y con complejo de superioridad, se abaje;

que lo torcido, lo perdido, lo equivocado, lo doblegado, ... se enderece;

que lo escabroso, lo áspero, lo que hiere y es punzante, se iguale, se suavice...

 

Para la meditación

¿Qué desiertos encuentras en el barrio, en nuestro mundo, donde aparentemente Dios no está, pero podríamos hacer algo para que estuviera: “construirle un camino”?

¿Qué hay sometido, hundido, humillado, olvidado... en tu persona, en tu vida y a tu alrededor que necesita ser recuperado y levantado? ¿Qué puede hacer tú para sacar esa realidad de su postración? 

¿Qué descubres de arrogante y autosuficiente en ti, que necesita ser abajado?

  

El segundo domingo de Adviento, nos sale al paso con el precioso libro de la consolación de Isaías (40 y siguientes): “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; habladle al corazón de Jerusalén y gritadle: que está cancelada su condena...”. Lo cual orienta nuestra modo de vivir en una doble dirección:

Dejarnos consolar. Desear salir de nuestro papel de víctimas. Aceptar que la vida es esencialmente positiva (no un valle de lágrimas, aunque en ocasiones tengamos que llorar). Acoger el consuelo de Dios y de los otros, aprendiendo a mostrarnos débiles y vulnerables, no duros y autosuficientes. Aceptar ser perdonados gratuitamente y aprender a perdonarnos a nosotros mismos.

Consolar a los otros, con el mismo consuelo que nosotros recibimos de Dios.

Isaías nos ofrece la imagen de Dios como un pastor que apacienta el rebaño, que toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres. Un Dios que nos cuida y se preocupa de nosotros. Este Dios nos enseña a cuidarnos de los demás como Él cuida de nosotros.

 

 

 

 

 

Isaías 40, 1-2a.9-11:

 

1 Consolad, consolad a mi pueblo,

dice vuestro Dios,

2 hablad al corazón de Jerusalén

y decidle bien alto

que ya ha cumplido su servicio,

y está pagada su culpa (...)

9 Súbete a un alto monte,

alegre mensajero de Sión,

clama con voz poderosa,

alegre mensajero de Jerusalén,

clama sin miedo.

Di a las ciudades de Judá:

“Ahí está vuestro Dios”

10 El Señor llega con poder

y su brazo manda.

Viene con él su salario

y su recompensa lo precede.

11 Como pastor, apacienta su rebaño:

recoge en brazos los corderitos,

en el seno los lleva,

y trata con cuidado a las madres”.

 

Para la meditación

¿Es el Evangelio una fuerza liberadora para ti, un consuelo y una buena noticia o tienes dificultad para creer que la salvación que anuncia está afectando a tu vida hoy?

¿Se podría decir de ti que eres un mensajero de buenas noticias, o más bien un “pájaro de mal agüero”? ¿Eres profeta de parabienes o de desgracias? 

 

 

  3. Oramos

 

Gracias, Señor Jesús, por el evangelio de hoy.

Ha sido el inicio de la “alegre noticia” que eres tú mismo:

Mesías, Cristo, Ungido de Dios, Hijo de Dios.

Con estos títulos conocemos tu misión y tu identidad:

eres el enviado por el Padre,

el Mesías que espera tu pueblo,

el verdadero Hijo de Dios,

el que realiza la voluntad del Padre,

el que ama y alegra la vida como Dios mismo.

 

¿Cuántos nos hemos estremecido hoy al escuchar:

“COMIENZA EL EVANGELIO DE JESUCRISTO,

HIJO DE DIOS”?

¿Serás tú, Cristo Jesús, “noticia alegre” para mí?

¿Se alegran mis entrañas al saber de ti?

¿Encuentra mi corazón tu fuerza amorosa?

¿Estoy siendo “empapado” con el Espíritu al creer en ti?

 

Tenemos la Navidad a la vista;

el comercio está orquestando su campaña;

las luces han empezado a salpicar las calles;

soñamos con la posibilidad de cambiar.

Pero todos sabemos que es sólo un sueño:

la injusticia sigue haciendo brotar el hambre;

nuestro corazón sigue creyendo en la fuerza

del dinero, del poder, de la gloria.

 

Cristo Jesús:

ábrenos los ojos para mirar bien la realidad;

destapa nuestros oídos para escuchar la verdad;

suaviza el tacto para acariciar las heridas;

afina el olfato para oler su presencia sencilla;

enriquece nuestro gusto con los sabores de tu Reino.

 

(Rufo González)

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)