En este segundo domingo
de Adviento, tanto Isaías (40,9-11) como Juan Bautista (Mc 1,1-8) nos van a
hacer una llamada apremiante a la conversión: a prepararle el camino al Señor
en los siguientes términos:
“En
el desierto, preparadle un camino al Señor;
allanad
en la estepa una calzada para nuestro Dios;
que
los valles se levanten,
que
los monten y colinas se abajen,
que
lo torcido se enderece,
y
lo escabroso se iguale”.
Si
nos fijamos bien, este texto
de Isaías está pidiendo una inversión total de la realidad:
Que en el desierto, lugar inhóspito e inhabitable, haya un camino para que pase
Dios;
que lo que está hundido, humillado, sometido, empobrecido... se levante,
“resucite”, renazca, se renueve, recupere su dignidad...;
que lo que está elevado, enaltecido, lo arrogante y con complejo de
superioridad, se abaje;
que lo torcido, lo perdido, lo equivocado, lo doblegado, ... se enderece;
que lo escabroso, lo áspero, lo que hiere y es punzante, se iguale, se suavice...
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Para
la meditación
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Isaías nos ofrece la imagen de Dios como un pastor que apacienta el rebaño, que toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres. Un Dios que nos cuida y se preocupa de nosotros. Este Dios nos enseña a cuidarnos de los demás como Él cuida de nosotros.
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Isaías
40, 1-2a.9-11: 1
Consolad, consolad a mi pueblo, dice
vuestro Dios, 2
hablad
al corazón de Jerusalén y
decidle bien alto que
ya ha cumplido su servicio, y
está pagada su culpa (...) 9
Súbete
a un alto monte, alegre
mensajero de Sión, clama
con voz poderosa, alegre
mensajero de Jerusalén, clama
sin miedo. Di
a las ciudades de Judá: “Ahí
está vuestro Dios” 10
El
Señor llega con poder y
su brazo manda. Viene
con él su salario y
su recompensa lo precede. 11
Como
pastor, apacienta su rebaño: recoge
en brazos los corderitos, en
el seno los lleva, y trata con cuidado a las madres”. |
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Para
la meditación
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Gracias, Señor Jesús, por
el evangelio de hoy.
Ha sido el inicio de la “alegre noticia” que eres
tú mismo:
Mesías, Cristo, Ungido de
Dios, Hijo de Dios.
Con estos títulos conocemos tu misión y tu
identidad:
eres el
enviado por el Padre,
el Mesías que espera tu pueblo,
el verdadero Hijo de Dios,
el que realiza la voluntad del Padre,
el que ama y alegra la vida como Dios mismo.
¿Cuántos nos hemos
estremecido hoy al escuchar:
“COMIENZA EL EVANGELIO DE JESUCRISTO,
HIJO DE DIOS”?
¿Serás tú, Cristo Jesús,
“noticia alegre” para mí?
¿Se alegran mis entrañas al saber de ti?
¿Encuentra mi corazón tu fuerza amorosa?
¿Estoy siendo “empapado” con el Espíritu al creer en ti?
Tenemos la Navidad a la
vista;
el comercio está orquestando su campaña;
las luces han empezado a salpicar las calles;
soñamos con la posibilidad de cambiar.
Pero todos sabemos que es sólo un sueño:
la injusticia sigue haciendo brotar el hambre;
nuestro corazón sigue creyendo en la fuerza
del dinero, del poder, de la gloria.
Cristo Jesús:
ábrenos los ojos para mirar bien la realidad;
destapa nuestros oídos para escuchar la verdad;
suaviza el tacto para acariciar las heridas;
afina el olfato para oler su presencia sencilla;
enriquece nuestro gusto con los sabores de tu Reino.
(Rufo González)
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Mª Concepción López, pddm (España)