Estaba en el metro. Mi carpeta se cayó al suelo y un señor la recogió y me la dio. Me miró con una sonrisa y me preguntó qué hacía, a qué me dedicaba. Después de responderle, le devolví la pregunta. Me dijo que llevaba sólo dos meses en España. Era de Ecuador y tenía unos sesenta años. Todavía no había encontrado trabajo. Su mujer había sido operada y por ello él estaba aún parado. Tenían una hija, que tampoco tenía trabajo porque estaba enferma.
Al principio, no podía imaginarme cómo podría vivir esta familia con gozo y paz. Pero el señor ecuatoriano me sorprendió al decirme: «Pero sabes, vivimos en paz. No porque no suframos, sino porque yo sé que nuestro Señor Jesús ha sufrido más que nosotros. Lo que experimentamos ahora no es nada en comparación con lo que Él sufrió. Además, creo que el Señor está con nosotros, en medio de nuestro sufrimiento. Y si queremos seguirle, ¿no es verdad que tenemos que pasar también por el camino del sufrimiento?». Por supuesto, no creo que él quisiera decir, con eso, que tenemos que buscar sufrimientos, sino que tenemos que aceptar que "el sufrimiento forma parte del proceso de vivir".
No esperaba estas frases. Rara vez he sido testigo de esta manifestación de fe, sobre todo viniendo de gente que experimenta mucho dolor en la vida. Al contrario, en vez de creer en Dios, que nunca nos deja solos en medio del sufrimiento, a menudo gritamos: «¿Dónde estás, Señor? ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué me pasa esto a mí? ¡No lo comprendo y me cuesta aceptarlo!»
Fue lo que le pasó a Pedro. Le costó aceptar un mesías que tenía que sufrir, ser rechazado y morir. Se encerró en la creencia en un mesías victorioso, que no padecería dolor ni derramaría su sangre. A pesar de la experiencia de la transfiguración del Señor, de la manifestación de su gloria, tampoco Pedro comprendió.
Mientras reflexionaba sobre la incomprensión de Pedro, me surgió una pregunta: ¿Es verdad que Pedro no comprendió? A lo mejor, él no quiso comprender ni aceptar que el maestro, el mesías al que él seguía, tenía que sufrir y morir. Porque, como discípulo del maestro, él tenía que seguirle hasta el final, incluso en medio del sufrimiento y de la muerte. Y ¿quién quiere sufrir y morir? ¿Quién agradece experiencias dolorosas? ¡Seguramente nadie!
Pero la vida nos enseña que el sufrimiento forma parte del proceso de vivir. Incluso en la más hermosa experiencia de amar, el sufrimiento viene sin quererlo ni esperarlo. Sea cual sea nuestro estado de vida (casado/-a, soltero/-a, religioso/-a), nuestra condición económica (de pobreza o riqueza), o nuestra profesión, siempre hay algo por lo que sufrimos y luchamos. Sea pequeña o grande esa lucha, es seguro que algunas veces pasamos por el camino del sufrimiento. Y allí, solemos encontrar al "mesías" que nos comprende más que nadie, que quiere manifestar su presencia a través de cosas, situaciones y, sobre todo, su rostro a través de personas. A pesar de nuestra incomprensión sobre cómo es posible "resucitar de entre los muertos", el Señor nos sigue dando experiencias de resurrección, nos sigue dando vida, ánimo, fuerza. A menos que seamos sensibles a las manifestaciones de su rostro en nuestra vida cotidiana, nunca podremos salir de la "muerte" y experimentar la "resurrección".
¡Escuchadle!
En la vida, el Señor nos suele invitar también a subir a la montaña para que podamos ver más claramente el "valle" de nuestra vida, para que con la experiencia de su presencia, de su "transfiguración" ante nosotros, podamos escucharle mejor y comprender mejor su mensaje. Pero ¿cuántas veces nos paramos a escuchar?
En resumen, podemos reflexionar lo siguiente:
Como Pedro, en la vida somos incapaces de comprender, sobre todo cuando hay dificultades. Dios no cesa de revelarse a nosotros, de mostrarnos su rostro, de dejarnos experimentar su "transfiguración". Pero tenemos que tener una actitud de ESCUCHA para poder obtener la fuerza de "bajar de la montaña" y no quedarnos allí, mirando absortos/-as, sin hacer nada. Hay que afrontar las luchas de la vida, sin perder el gozo, manteniendo la felicidad de saber que Cristo siempre se queda con nosotros, a pesar de que, a veces, no podamos comprender esa presencia.
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En medio de las tareas de cada día,
a veces no encuentro nada más que lucha.
No lo comprendo, Señor.
¿Por qué hay que luchar?
¿Por qué hay que sufrir?
A veces, quería rendirme ya
y dejar todo sin terminar.
Me duele todo: el cuerpo, el corazón, la cabeza.
¿Merece la pena luchar,
si, en el fondo, no sabes dónde y cuándo terminará todo?
Dicen que la vida es un "CAMINAR" y no un "LLEGAR".
Dicen que nunca llegaremos donde queremos.
Después de terminar una tarea,
empezaremos otra vez a hacer otra.
¿Hasta cuándo?
¿Dónde encontraremos descanso?
El sufrir forma parte del proceso de vivir.
Es difícil comprender,
y aún más difícil creer que "para vivir hay que morir".
En medio de mis incomprensiones,
ayúdame a creer en ti, Señor;
ayúdame a confiar en las posibilidades
y capacidades que me has regalado.
Muéstrame tu rostro,
para que vea y experimente tu presencia y amor;
para que, al final, pueda decir:
"¡Estoy aquí, Señor!"
Nunca he comprendido,
pero al menos he creído en ti,
en ti he confiado.
Por eso te sigo
y me entrego a ti. Amén.
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Cecilia Payawal, pddm (Filipinas)