Invocación al Espíritu (Himno de la Liturgia de las Horas)
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1. A nuestros corazones, la hora del Espíritu ha llegado, la hora de los dones y del apostolado: lenguas de fuego y viento huracanado.
2. Oh, Espíritu, desciende, orando está la Iglesia, que te espera; visítanos y enciende, como la vez primera, los corazones en la misma hoguera. |
3. La fuerza y el consuelo, el río de la gracia y de la vida derrama desde el cielo; la tierra envejecida renovará su faz reverdecida.
4. Gloria a Dios, uno y trino: al Padre Creador, al Hijo amado, y Espíritu divino, que nos ha regalado; alabanza y honor le sea dado. Amén. |
19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
22Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo, 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
24Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- Hemos visto al Señor.
25Pero él les contestó:
- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
26A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- Paz a vosotros.
27Luego dijo a Tomás:
- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
28Contestó Tomás:
- Señor mío y Dios mío.
29Jesús le dijo:
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
30Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Orientaciones para la lectura
Según la tradición evangélica, la aparición del Resucitado al grupo de los discípulos reunidos juega un papel fundamental para la existencia y el futuro de la comunidad eclesial.
También nosotros/as queremos leer este pasaje con una convicción: la de encontrarnos con Jesucristo Resucitado, que quiere edificar nuestra comunidad y prepararla para el testimonio.
vv.19-20:
La escena se desarrolla en Jerusalén. El relato no precisa el lugar,
pero la tradición lo identifica con el Cenáculo, es decir, con la sala del
piso superior en la que fue instituida la Eucaristía (Lc 22,12), donde también
estaban reunidos los discípulos antes de Pentecostés (Hch 1,13). En el
pasaje de hoy, Juan presenta la situación de la comunidad tras la muerte de
Jesús:
- Las puertas están cerradas;
- la comunidad tiene miedo a los judíos.
Los discípulos saben que los fariseos los buscan para acusarlos de ser los amigos del Crucificado y de haber robado el cadáver (Mt 28,13). La comunidad, por tanto, está cerrada y no tiene vida.
En esta situación de angustia, viene Jesús. Así se realiza el anuncio del primer discurso (Jn 14,18.28). ¿Qué Jesús nos muestra Juan?
- se puso en medio de ellos: esta posición del cuerpo muestra el triunfo sobre el estado del yacer, que significa la muerte (Jn 20,12). Jesús se manifiesta como el Señor de la vida, el centro de la comunidad.
- dijo: "¡Paz a vosotros!": Jesús trae el don prometido (Jn 14,27), que se realiza a través de su victoria pascual. La paz es el don mesiánico prometido a Israel (Is 9,5-6; Mi 5,4).
- les mostró las manos y el costado: son los signos de su victoria. Más aún: son los signos de su amor, que acepta la muerte para salvar a sus amigos. Las heridas son la unión de su divinidad con nuestra debilidad y pobreza. Jesús se manifiesta como aquel que realmente ha sido crucificado, ha muerto y ha resucitado. El encuentro con el Señor, con el Rey de la vida, suscita una inmensa alegría, una alegría que nadie puede quitarles, semejante a la de la eternidad.
vv.
21-23: Jesús toma la iniciativa. Con sus palabras da comienzo un
tiempo nuevo. Otra vez renueva el don de la paz y confía a los apóstoles el
don de su misión, recibida del Padre. Las palabras vienen acompañadas por el
gesto que transmite el don del Espíritu Santo: "exhaló su aliento
sobre ellos". En el día de la creación del hombre, Dios sopló
sobre sus narices un aliento de vida (Gn 2,7). También ahora Jesús re-crea
al hombre a través de su misterio pascual. El don es, al mismo tiempo, tarea
y misión: "a quienes les perdonéis los pecados les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". Con
el don de la paz, de la vida y del perdón del Resucitado, los discípulos se
han convertido en verdaderos apóstoles: son enviados a llevar este don a los
hombres. La misión proviene de Dios, que quiere dar la vida al mundo. Desde
el tiempo de los profetas, Israel esperaba el don de la purificación y la
remisión de los pecados (Ez 36,25-27). Este relato de la aparición del
Resucitado a los discípulos delinea la nueva condición del mundo. Gracias al
don de la paz y a la comunicación del Espíritu, la comunidad, primero
cerrada y asustada, se convierte en portadora de vida para el mundo. A
través de ella se actualiza la presencia permanente del Señor, que ha
triunfado sobre la muerte.
vv.
24-25: En este momento, llega Tomás, anteriormente ausente. ¿Quién
es Tomás? Tomás (hebreo: to'am; arameo: tom'; griego: didimos, significa gemelo)
es uno del grupo de los Doce (Gn 6,67; Mt 10,13; Hch 1,13). Juan nos dice que
este discípulo estaba dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte (Jn 11,16).
Después se queja a Jesús de que éste no les indica el camino que Jesús
mismo iba a recorrer, el camino al Padre (Jn 14,5). Tomás permanece en la
memoria común como "el que duda". La duda de Tomás está
relacionada con el testimonio de la comunidad. Él siente la necesidad del
encuentro personal con el Resucitado, para arrojar de sí el miedo a la muerte,
que llevaba dentro. La condición es ésta: ver y tocar las heridas
de Jesús, que son el signo de su victoria sobre la muerte.
vv. 26-29: La escena continúa ocho días después, es
decir, el domingo siguiente. Jesús viene de nuevo. El autor narra la misma
situación. Pero aparece un elemento nuevo: Jesús responde a la exigencia de
Tomás y, no sólo esto, sino que le invita a dejar su actitud de incredulidad
y a crecer en la fe. La presencia del Resucitado abre el corazón de Tomás,
que confiesa: "¡Señor mío y Dios mío!". Tomás confiesa
su fe en el Señor Resucitado y glorioso, que es el único y verdadero Dios.
Es importante este hecho: que Jesús se convierte en "mi" Señor
y "mi" Dios para Tomás. Esta confesión muestra la fe como
una relación profunda, personal e íntima. Jesús, sin embargo, pone
de relieve que es mejor creer sin ver: "¡Dichosos los que crean sin
haber visto!". Jesús dirige estas palabras no sólo a Tomás, sino a
todos los hombres y mujeres que, a través de los siglos, lo buscan sin verlo
(1 Pe 1,8-9)
vv.
30-31: En estos versículos se encuentra la clave de todo el evangelio
de Juan. La persona de Jesús, su vida, sus signos, no pueden caber en un
libro. Sus discípulos dan testimonio de él. El sentido de la Escritura
es que todos los hombres y mujeres acojan esta buena noticia con fe y
puedan, así, llenarse de la vida de Jesús.
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