Jesús Resucitado está presente en la comunidad de la Iglesia. Nos ofrece su paz y su perdón. Cada celebración eucarística es un encuentro con el Señor de la Vida. Así tenemos vida en abundancia (Jn 10,10). Él vence nuestro miedo y nuestras cerrazones. Pero debemos recordar que el don ha de convertirse en misión. Como testigos del Resucitado, somos enviados/as a anunciar el Evangelio de la Vida, cada cual según su condición.
Para que el testimonio sea auténtico, es necesario encontrarse personalmente con el Maestro. No podemos estar en la Iglesia como si fuéramos una parte de una gran masa anónima e impersonal. Tenemos la necesidad de una relación personal y profunda con el que conoce nuestras dudas y nos interpela por nuestro nombre, como Jesús hizo con Tomás. La duda de Tomás nos muestra la gran necesidad que tenemos de encontrarnos con el Señor. Hoy podemos acoger su presencia a través de la fe: ¡Dichosos los que crean sin ver!
- Oramos con las palabras de la primera carta de Pedro (1Pe 1,3-9), que corresponde a la segunda lectura del domingo de hoy, ciclo A:
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Bendito
sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que,
en su gran misericordia, por
la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos
ha hecho nacer de nuevo para
una esperanza viva, para
una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo.
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Judyta Pudelko, pddm (Polonia)