Lectura orante

Marcos 9,2-10

oración inicial - leemos - meditamos - oramos 

 

 

Éste es mi Hijo Amado; escuchadle

 

Oración para disponer el corazón: A María, en la transfiguración

 

María, Madre de la Palabra,

mujer de la escucha atenta y de la oración constante,

ruega por nosotros

para que guardemos en el corazón

las palabras de tu Hijo

y las meditemos hasta que se hagan una sola cosa con nosotros.

Ruega para que el Evangelio configure

nuestro modo de pensar, sentir, hablar y actuar.

 

Mujer llena de Luz,

ruega para que hoy nos dejemos inundar

por la Luz de Cristo Transfigurado,

y envolver por la densa nube de la presencia cierta de Dios.

 

Mujer llena de fe,

ruega para que creamos en las palabras del Padre,

que hoy nos dice:

“Éste es mi Hijo Amado, escuchadle”.

 

Mujer comprometida con la historia,

ruega para que bajemos de la montaña del encuentro,

con el rostro radiante y el corazón dispuesto

a anunciar, por todas partes,

el Evangelio de la Gracia y de la Vida.

 

 

1. Leemos la Palabra

 

Marcos 9,2-10 

En aquel tiempo, 2Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. 3Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

4Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. 5Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:

- Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

6Estaban asustados, y no sabía lo que decía.

7Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:

- Éste es mi Hijo amado; escuchadle.

8De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

9Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

- No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

10Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos”.

 

  Orientaciones para la lectura 

 

 

Una vez más, un evangelista utiliza imágenes y relatos del Antiguo Testamento para “contar a Jesús” en la oración y la liturgia. El relato de la trasfiguración hace alusión al de Moisés en la montaña (Éx 33,12-34), cuando se encuentra con el Señor y el contacto con su gloria lo convierte en alguien resplandeciente (...)

También Elías tuvo un encuentro con Dios en lo alto del monte (1 Reyes 19). Por eso son precisamente Moisés y Elías los testigos de que la gloria de Dios resplandece en el rostro de Jesús. Su presencia en la escena hace del relato de la transfiguración una confesión de la divinidad de Jesús, atestiguada por la ley y los profetas, a la vez que nos comunica algo de la experiencia pascual de los discípulos.

La blancura de los vestidos de Jesús evoca la venida del Hijo del hombre: “Su vestido era blanco como nieve, su cabellera, como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas...” (Dn 7,9-10).

Como contraste, aparece el simbolismo de la nube, siempre vinculada en la Biblia a la proximidad de Dios. En el Sinaí, la nube oscura posada sobre la cima hacía visible, escondiéndola al mismo tiempo, la presencia de Yahveh, y durante la travesía del desierto, Él caminaba delante de su pueblo en una columna de nube (Ex 13,21), signo que, a la vez, velaba y revelaba su presencia: “Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó la morada. Moisés no podía entrar en la tienda del encuentro, porque la nube estaba encima de ella y la gloria del Señor llenaba la morada. Durante el tiempo de su caminar, los israelitas se ponían en marcha cuando la nube se levantaba de la morada. Si la nube no levantaba, no partían hasta el día en que se levantaba, porque la nube del Señor se posaba de día sobre la morada y de noche brillaba como fuego a la vista de todo Israel, durante las etapas del camino”.

Estamos ante un símbolo que expresa la imposibilidad de dominar el ámbito divino: dentro de ella, o rodeados de una densa niebla, no es posible ver, pero sí escuchar, y eso sitúa a Israel en el ámbito correcto de su relación con Dios. La nube no es obstáculo para hacer la experiencia de la proximidad de lo invisible, sólo impide al creyente ejercer su deseo de dominio y control sobre Dios, proponiéndole a cambio otro modo de acceso a Él, desde la receptividad que implica sentirse privado de saber. 

La escena de la transfiguración ocurre en tres tiempos: en el primero predomina lo visual y los discípulos contemplan a un Jesús envuelto en luz y siendo punto de encuentro de dos personajes emblemáticos de la historia de Israel. Si Pedro pide hacer una tienda para Jesús, Moisés y Elías, es porque la situación no es “habitable” para ellos, que se encuentran fuera de ella.

En un segundo momento, desaparece todo lo visual a favor de lo auditivo, y ya no hay más punto de referencia que la voz del Padre, que revela su relación con su Hijo en términos de complacencia y amor. El imperativo que reciben no es ver, sino escuchar una voz que no se sabe de antemano lo que va a decir. Tendrán que fiarse en obediencia, día a día, sin saber dónde les llevará.

En un tercer momento, sus cuerpos postrados son tocados por Jesús, que les invita a levantarse y a no tener miedo. El efecto final es que salen de su postración y se ponen en pie gracias a Jesús, dispuestos a reemprender su camino. 

(Lectura tomada de Dolores Aleixandre, Contar a Jesús, CCS 20033)

 

        

 

meditamos - oramos

 

 

 

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