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Oración para disponer el corazón: A María, en la transfiguración
María, Madre
de la Palabra,
mujer
de la escucha atenta y de la oración constante,
ruega
por nosotros
para
que guardemos en el corazón
las
palabras de tu Hijo
y
las meditemos hasta que se hagan una sola cosa con nosotros.
Ruega
para que el Evangelio configure
nuestro
modo de pensar, sentir, hablar y actuar.
Mujer llena de
Luz,
ruega
para que hoy nos dejemos inundar
por
la Luz de Cristo Transfigurado,
y
envolver por la densa nube de la presencia cierta de Dios.
Mujer llena de
fe,
ruega
para que creamos en las palabras del Padre,
que
hoy nos dice:
“Éste
es mi Hijo Amado, escuchadle”.
Mujer
comprometida con la historia,
ruega
para que bajemos de la montaña del encuentro,
con
el rostro radiante y el corazón dispuesto
a
anunciar, por todas partes,
el
Evangelio de la Gracia y de la Vida.
Marcos 9,2-10
En aquel tiempo, 2Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. 3Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
4Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. 5Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
- Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
6Estaban asustados, y no sabía lo que decía.
7Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:
- Éste es mi Hijo amado; escuchadle.
8De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
9Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
- No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.
10Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos”.
Orientaciones para la lectura
Una vez más, un
evangelista utiliza imágenes y relatos del Antiguo Testamento para
“contar a Jesús” en la oración y la liturgia. El relato de la trasfiguración
hace alusión al de Moisés en la montaña (Éx 33,12-34), cuando se
encuentra con el Señor y el contacto con su gloria lo convierte en alguien
resplandeciente (...)
También Elías tuvo un encuentro con Dios en lo alto del monte (1 Reyes 19). Por eso son precisamente Moisés y Elías los testigos de que la gloria de Dios resplandece en el rostro de Jesús. Su presencia en la escena hace del relato de la transfiguración una confesión de la divinidad de Jesús, atestiguada por la ley y los profetas, a la vez que nos comunica algo de la experiencia pascual de los discípulos.

La blancura de los vestidos de
Jesús evoca la venida del Hijo del hombre: “Su vestido era blanco como nieve,
su cabellera, como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas,
llamaradas...” (Dn 7,9-10).
Como contraste, aparece el simbolismo
de la nube, siempre vinculada en la Biblia a la proximidad de Dios. En el
Sinaí, la nube oscura posada sobre la cima hacía visible, escondiéndola al
mismo tiempo, la presencia de Yahveh, y durante la travesía del desierto, Él
caminaba delante de su pueblo en una columna de nube (Ex 13,21), signo que, a la
vez, velaba y revelaba su presencia: “Entonces la nube cubrió la tienda
del encuentro y la gloria del Señor llenó la morada. Moisés no podía
entrar en la tienda del encuentro, porque la nube estaba encima de ella y la
gloria del Señor llenaba la morada. Durante el tiempo de su caminar, los
israelitas se ponían en marcha cuando la nube se levantaba de la morada. Si la
nube no levantaba, no partían hasta el día en que se levantaba, porque la nube
del Señor se posaba de día sobre la morada y de noche brillaba como fuego
a la vista de todo Israel, durante las etapas del camino”.
Estamos
ante un símbolo que expresa la imposibilidad de dominar el ámbito divino:
dentro de ella, o rodeados de una densa niebla, no es posible ver, pero sí
escuchar, y eso sitúa a Israel en el ámbito correcto de su relación
con Dios. La nube no es obstáculo para hacer la experiencia de la proximidad de
lo invisible, sólo impide al creyente ejercer su deseo de dominio y control
sobre Dios, proponiéndole a cambio otro modo de acceso a Él, desde la receptividad
que implica sentirse privado de saber.
La escena de la transfiguración ocurre
en tres tiempos: en el primero predomina lo visual y los
discípulos contemplan a un Jesús envuelto en luz y siendo punto
de encuentro de dos personajes emblemáticos de la historia de Israel. Si Pedro
pide hacer una tienda para Jesús, Moisés y Elías, es porque la situación no
es “habitable” para ellos, que se encuentran fuera de ella.
En
un segundo momento, desaparece todo lo visual a favor de lo auditivo,
y ya no hay más punto de referencia que la voz del Padre, que revela su
relación con su Hijo en términos de complacencia y amor. El imperativo
que reciben no es ver, sino escuchar una voz que no se sabe de antemano lo que
va a decir. Tendrán que fiarse en obediencia, día a día, sin saber dónde
les llevará.
En
un tercer momento, sus cuerpos postrados son tocados por Jesús, que les
invita a levantarse y a no tener miedo. El efecto final es que
salen de su postración y se ponen en pie gracias a Jesús, dispuestos a
reemprender su camino.
(Lectura
tomada de Dolores Aleixandre, Contar a Jesús, CCS 20033)
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