1.
Es muy significativo que el relato de la Transfiguración venga después del
primer anuncio de la pasión y de la invitación a tomar la propia cruz.
Con esto, el evangelio nos quiere decir que la cruz y la muerte no tienen la última
palabra, sino la resurrección. La transfiguración es prenda y anticipo de la
gloria que un día se nos descubrirá: una gloria que viene únicamente del
Padre.
¿Vives tus sufrimientos y cruces desde la desesperanza o desde la fe y la
esperanza en El que es capaz de transfigurarnos y resucitarnos?
Medita:
"Sin experiencias de Luz es muy difícil vivir con gracia, sin amargura y
resentimiento, las experiencias de cruz".
2.
Considera y contempla cómo Jesús, frecuentemente, buscaba espacios
adecuados para la oración, para encontrarse con Dios Padre. A veces, madrugaba
y se iba Él solo a un lugar solitario (cf. Mc 1,35). Otras veces, como hoy, o
como la noche de Getsemaní, llevaba con Él a sus discípulos. Allí quedaba
lleno de la luz de Dios y escuchaba su Palabra: “Tú eres mi Hijo amado”.
¿Buscas tú esos espacios de soledad y de oración?
Quizá tu ciudad cuenta con espacios privilegiados para dedicar una mañana o
una tarde de oración en “una montaña alta”. ¿Has probado alguna vez a
dedicar unas horas a la contemplación y el encuentro con Dios en alguna
montaña conocida?
La
oración tiene que ayudarnos a vivir: “subir” ante Dios tiene que
enseñarnos a “bajar” adonde Dios ha querido bajar en su encarnación:
a lo corriente y normal, a lo cotidiano y sencillo, a lo doméstico y laboral, a
lo desapercibido y sencillo, a lo pobre e insignificante. Y bajar, llevando
con nosotros la Luz con que Dios nos baña, su mandamiento de amar, su
estilo de vida pobre, manso, pacífico, alegre... ¿Nos enseña la oración a
vivir “transfigurados” a imagen de Jesús o nos deja como estamos?
Normalmente sucede que no nos gusta “bajar” de donde estamos “encumbrados”.
No nos gustan los lugares de “abajo”. Sin embargo, seguimos a un Maestro que
“se despojó” de su categoría de Dios y “se rebajó”
hasta someterse a una muerte de cruz. ¿De qué “cumbres” hemos de aceptar
“bajar” para parecernos a Jesús?
Dale gracias
al Padre por Jesús, nuestro Salvador y nuestra Luz.
Dale gracias por
la promesa de resurrección que nos anima y nos da esperanza en todo momento.
Dale gracias
por las experiencias que hayas vivido en que su Luz ha llegado hasta ti y te ha
sacado de un pozo de angustia, tristeza, preocupación...
Puedes
terminar rezando la siguiente oración, compuesta por versículos de salmos que
hablan de Dios como Luz:
Señor, Tú
eres mi Luz y mi Salvación, ¿de quién o de qué tendré miedo?
Tú
eres la Fortaleza de mi vida, ¿quién me hará temblar?
Tu
bondad es grande, Señor. Por eso me refugio
a
la sombra de tus alas,
me
sacio de los bienes de tu casa,
bebo
del torrente de tus delicias, de tu fuente viva,
y,
en Ti, quedo lleno de Luz.
Haz brillar
sobre nosotros el resplandor de tu Rostro,
envíanos
tu Luz y tu Verdad:
que
ellas nos guíen en nuestro peregrinar hacia Ti.
Haz
que nuestra senda sea como lo la luz de la aurora
que
va aumentando hasta convertirse en pleno día.
Que la luz
que recibimos de Ti brille con alegría.
Que
nuestra lámpara, puesta sobre el candelero,
alumbre
a todos los de la casa
y
a quienes están envueltos en densa oscuridad.
Tú, que eres Luz
sin tiniebla alguna,
cúbrenos
con tu manto radiante de misericordia
y
ayúdanos a ser una humilde encarnación
de
tu compasión y tu ternura hacia el prójimo.
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Mª Concepción López, pddm (España)