1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

1. Es muy significativo que el relato de la Transfiguración venga después del primer anuncio de la pasión y de la invitación a tomar la propia cruz. Con esto, el evangelio nos quiere decir que la cruz y la muerte no tienen la última palabra, sino la resurrección. La transfiguración es prenda y anticipo de la gloria que un día se nos descubrirá: una gloria que viene únicamente del Padre.

¿Vives tus sufrimientos y cruces desde la desesperanza o desde la fe y la esperanza en El que es capaz de transfigurarnos y resucitarnos?

Medita: "Sin experiencias de Luz es muy difícil vivir con gracia, sin amargura y resentimiento, las experiencias de cruz".

2. Considera y contempla cómo Jesús, frecuentemente, buscaba espacios adecuados para la oración, para encontrarse con Dios Padre. A veces, madrugaba y se iba Él solo a un lugar solitario (cf. Mc 1,35). Otras veces, como hoy, o como la noche de Getsemaní, llevaba con Él a sus discípulos. Allí quedaba lleno de la luz de Dios y escuchaba su Palabra: “Tú eres mi Hijo amado”.

  ¿Buscas tú esos espacios de soledad y de oración?

  Quizá tu ciudad cuenta con espacios privilegiados para dedicar una mañana o una tarde de oración en “una montaña alta”. ¿Has probado alguna vez a dedicar unas horas a la contemplación y el encuentro con Dios en alguna montaña conocida?

  3. Tras haber gozado de la aparición de Elías y Moisés, y la manifestación del Padre en la densa nube, toca “bajar” de la montaña. Vamos a hacer dos consideraciones sobre este “bajar”:

  La oración tiene que ayudarnos a vivir: “subir” ante Dios tiene que enseñarnos a “bajar” adonde Dios ha querido bajar en su encarnación: a lo corriente y normal, a lo cotidiano y sencillo, a lo doméstico y laboral, a lo desapercibido y sencillo, a lo pobre e insignificante. Y bajar, llevando con nosotros la Luz con que Dios nos baña, su mandamiento de amar, su estilo de vida pobre, manso, pacífico, alegre... ¿Nos enseña la oración a vivir “transfigurados” a imagen de Jesús o nos deja como estamos?

  Normalmente sucede que no nos gusta “bajar” de donde estamos “encumbrados”. No nos gustan los lugares de “abajo”. Sin embargo, seguimos a un Maestro que “se despojó” de su categoría de Dios y “se rebajó” hasta someterse a una muerte de cruz. ¿De qué “cumbres” hemos de aceptar “bajar” para parecernos a Jesús?

 

3. Oramos

Dale gracias al Padre por Jesús, nuestro Salvador y nuestra Luz.

  Dale gracias por la promesa de resurrección que nos anima y nos da esperanza en todo momento.

  Dale gracias por las experiencias que hayas vivido en que su Luz ha llegado hasta ti y te ha sacado de un pozo de angustia, tristeza, preocupación...

  Puedes terminar rezando la siguiente oración, compuesta por versículos de salmos que hablan de Dios como Luz:

 

Señor, Tú eres mi Luz y mi Salvación, ¿de quién o de qué tendré miedo?

Tú eres la Fortaleza de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Tu bondad es grande, Señor. Por eso me refugio

a la sombra de tus alas,

me sacio de los bienes de tu casa,

bebo del torrente de tus delicias, de tu fuente viva,

y, en Ti, quedo lleno de Luz.

 

Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu Rostro,

envíanos tu Luz y tu Verdad:

que ellas nos guíen en nuestro peregrinar hacia Ti.

Haz que nuestra senda sea como lo la luz de la aurora

que va aumentando hasta convertirse en pleno día.

 

Que la luz que recibimos de Ti brille con alegría.

Que nuestra lámpara, puesta sobre el candelero,

alumbre a todos los de la casa

y a quienes están envueltos en densa oscuridad.

 

Tú, que eres Luz sin tiniebla alguna,

cúbrenos con tu manto radiante de misericordia

y ayúdanos a ser una humilde encarnación

de tu compasión y tu ternura hacia el prójimo.

 

 

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)